Juan José Reyes

De pocos poetas mexicanos se ha hablado tanto, entre los críticos y popularmente, como de Ramón López Velarde. Su obra y su figura han seguido atrayendo a numerosos lectores, aunque tal vez pueda decirse que en los días que corren hayan entrado en una especie de paréntesis, de zona neutra, más bien distante de las atenciones principales. Esto le ocurre a todos los poetas, o a casi todos, y uno puede pensar que es natural. Pero en este caso el desplazamiento del centro mayor de interés que ha sido López Velarde acaso obedezca a una modificación de valores culturales no podría ser desdeñada.
Del poeta zacatecano citan algún verso, mal o bien, inclusive los locutores de la radio (ahora tan dados a opinar de todo a la menor provocación). Un extenso lugar común a la vez lo ha situado como el poeta de la provincia, de un México que querría ser eterno en cuanto a que sería el México esencial pero que a los ojos de todos tiende a diluirse o a estallar ante los embates del progreso, la modernidad, y también la corrupción y la incuria. Tal cambio de la realidad y la imagen del país es lo que ha puesto de lado a López Velarde, lo ha marginado, lo ha tornado un emblema vacío de significados concretos.

Más aún: el asunto mismo (la mexicanidad, el ser o el carácter de México y lo mexicano) entró desde hace años en una región de descrédito en lo relativo a las indagaciones que suscitó durante décadas enteras (seis al menos) del siglo pasado. Hacia finales del xx Roger Bartra desmontó tales búsquedas y reveló su carácter ideológico: las pesquisas, por más serio que fuera su andamiaje, serían inútiles, y sólo triunfarían como un entramado cultural puesto al servicio del Estado y los poderosos. Sin embargo, es indudable que existen ciertas zonas en las que la idea de lo mexicano alcanza brillos especiales, que sería absurdo soslayar. Lo cierto es que aquella idea no sólo existió, como todo el mundo sabe, sino que tuvo (¿o tiene?) correlatos de los que no puede dudarse. Quien vio esto con notable perspicacia fue el filósofo y crítico Emilio Uranga (nacido en 1921, el año de la muerte de López Velarde). Más allá del intrincado teclado filosófico que dispone frente a sí y frente al lector, Uranga captó en su Análisis del ser del mexicano al menos dos reflejos vivos de aquella imagen de lo mexicano. Uno de ellos está en la obra del misionero español fray Diego Durán, quien halló el concepto con que los indios definirían su propia condición, su propio carácter. Escribe Uranga: “Se trata… de un modo de ser oscilatorio o pendular que remite a un extremo y luego a otro, que hace simultáneas las dos instancias y que nunca mutila una en beneficio de la otra. El carácter no se instala, por decirlo así, sobre las dos agencias, sino entre ellas. La palabra náhuatl lo acuña con toda perfección, nepantla, en medio, a mitad, en el centro. Tenemos así desprendida en pureza la categoría cardinal de nuestra ontología, sin turbio préstamo de la tradición occidental, autóctona, para regocijo de nuestro afán de originalistas. Los contenidos entre los que se oscila son, por de pronto, indiferentes a su materia, no hay de su parte un límite que invalidara la forma que los engarza. En el caso que sirve de asidero a la ideación, de fray Diego Durán, se trata de las dos leyes, la cristiana y la aborigen, en el de Alfonso Reyes, el esquema lo llenará la hipocresía y el cinismo, y en el de López Velarde, la religiosidad y el amor, para decirlo con la interpretación de Villaurrutia”.

¿Poeta del México provinciano? Lo fue ciertamente López Velarde pero siempre con sus asegunes. Vivió y miró la provincia con ojos diferentes a los de sus antecesores y sus coetáneos. Fue un vecino incómodo, que hablaba otro lenguaje y percibía cosas distintas. Fue el poeta de la zozobra y de una manera peculiar y definitoria. Apunta Emilio Uranga, al recordar la aparición de aquellos dos polos de la oscilación, que no importa tanto cuáles sean aquellas dos puntas (lo decente y lo pelado, lo brutal y lo delicado, lo cristiano y lo aborigen, lo hipócrita y lo cínico) cuanto la propia oscilación y su lógica, distinta a la lógica formal y a la lógica dialéctica. Es una lógica de la pendulación, de vaivén, de zigzag: “…la zozobra es un no saber a qué atenerse, o lo que es lo mismo, un atenerse a los dos extremos, un acumular, un no soltar presa, sino asir los dos cabos de la cadena. El juego incesante de vaivén, la marcha y contramarcha no tiene fin, ‘nuestras vidas son péndulos’, para acuñarlo en expresión de López Velarde…”.
Al representar en sus versos esta “categoría”, la zozobra, el poeta “provinciano” recurre a la realidad que tiene delante. Uranga se detiene en “La tejedora”, en cuatro versos archiconocidos del zacatecano:

Tarde de lluvia en que se agravan
al par que una íntima tristeza
un desdén manso de las cosas
y una emoción sutil y contrita que reza.

Sin más, habrá que advertir que los versos transmiten tristeza, una nostalgia profunda, referida no a una cosa concreta sino más bien sustancial, propia de la vida, de la realidad. Inteligente y sensible, López Velarde consigue el efecto con sólo las tres primeras palabras: “Tarde de lluvia”. Está allí la zozobra, la inescapable desgarradura, “un sufrimiento privadísimo” que es “incurable” porque define la propia condición humana, la existencia. Como si doliera el paso del tiempo, como si desgarrara, reiterara una tras otra vez heridas, quebraduras, morosamente, “mansamente” delante, en medio de este mundo a la mano de todos los días, presente siempre pero sin remedio ajeno. Vale la pena observar cómo interpreta esto el filósofo: “La tarde de lluvia… se empareja con el carácter… cambiando o prestándose significaciones que permiten entender uno por la otra, y a la inversa. Este ‘encuentro’ es azaroso, o mejor sería decir que todo el verso surge como captación de una situación azarosa. La confrontación ‘agrava’, ‘al par’, la inactividad y la emotividad. Los dos rasgos del carácter sufren una potenciación, son lanzados de la corriente mansa a la bravía. La herida ontológica, de que mana la tristeza sentida como íntima, ilumina, nutre, comunica el carácter sentido más primario que el manejado cada día sin acentuación; sumerge en lo originario (…) El sabor de culpa o de deuda que sugiere lo contrito no está echado en el olvido. Esa herida, esa fisura saben a culpa. Ello es inevitable. No podemos con la existencia desgarrada alardear de inocentes. Y de la culpa, sin intermediario de ninguna especie, brota la plegaria, el rezo, la oración…”.

Además de poeta López Velarde fue un articulista desigual y en ocasiones inquietante. El mismo año en que escribió su celebérrimo “La suave Patria”, a petición de la revista vasconceliana El Maestro, dio a conocer también un breve ensayo, de menor fama que el poema pero poseedor de al menos una clave de su visión de la vida y del país: “Novedad de la Patria”. Se trata de un texto de no muy clara escritura pero de sentido transparente. En el fondo, López Velarde percibe, junto al entusiasmo a punto de brotar, el dolor como elemento definitorio. La historia mexicana se ha escrito en zigzag, desde luego, como probarían los recientes años del Porfiriato y los de la violencia revolucionaria. Comienza así el texto lopezvelardiano: “El descanso material del país, en treinta años de paz, coadyuvó a la idea de una patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado. Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa (…) No es que la despojemos de su ropaje moral y costumbrista. La amamos típica, como las damas hechas polvo —si su polvo existe— que contaban el tiempo por cabañuelas… Un gran artista o un gran pensador podrían dar la fórmula de esta nueva patria. Lo innominado de su ser no nos ha impedido cultivarla en versos, cuadros y música. La boga de lo colonial, hasta en los edificios de los señores comerciantes, indica el regreso a la nacionalidad… De ella habíamos salido por inconsciencia, en viajes periféricos sin otro sentido, casi, que el del dinero. A la nacionalidad volvemos por amor… y pobreza…”.

López Velarde no concibe una patria rica; la mira pobre, y a sus habitantes recogidos en sí mismos, ajenos a lo ajeno, cumpliendo los derroteros de su naturaleza dictados morosamente en “la alquimia del carácter mexicano [que] no reconoce ningún aparato capaz de precisar sus componentes de gracejo y solemnidad, heroísmo y apatía, desenfado y pulcritud, virtudes y vicios, que tiemblan inermes ante la amenaza extranjera, como en los Santos Lugares de la niñez temblábamos al paso del perro del mal”.

Culpa, dolor, poesía tejida íntima y sorpresivamente, una moral católica: una nacionalidad que en nuestros días se mira y no se reconoce. A noventa años de su muerte, López Velarde expresa todavía percepciones y emociones que no dejan de conmover.