Destacado legislador liberal


Marco Antonio Aguilar Cortés

Morelia.- La Constitución Política de 1857 debió ser la gran Carta Magna del liberalismo mexicano; sin embargo, no lo fue. La frenaron los grupos conservadores de la época, junto con los peligrosos moderados de ese tiempo.

Zarco, Mata, Ramírez, y Ocampo, argumentaban con energía progresista para que en esa norma jurídica fundamental se incluyeran las Leyes de Reforma que, actualizadas por esa generación, habían iniciado José María Luis Mora y Valentín Gómez Farías en el 1833.

Empero, la mayoría fue convencida, pues tenía miedo de avanzar, y temor de retroceder. El discurso reiterativo de las conciencias tranquilas fue, en esencia: “No nos equivoquemos; la opinión de las mayorías parlamentarias no es la opinión pública… Una mayoría de esta asamblea que declara en favor de la tolerancia religiosa no daría por esto una ley, ni mucho menos una ley constitucional. El país la repudiaría, y la ley quedaría sólo escrita…”

Así que en ese congreso constituyente quedaron frenados los liberales, y esa Constitución del 57 fue producto de los contemporizadores crónicos, los que provocaron que México más tarde estuviera en grave riesgo, pagando mayor costo.

Sin embargo, en esa asamblea se escuchó un discurso extraordinario, pero fuera de aquel contexto confrontado. La lucha era entre liberales y conservadores, con una tercera fuerza que la formaban los tanteadores del centro, más inclinados a conservar, que a realizar cambios liberales. Y de repente, como un rayo caído por sorpresa, el presidente de la Comisión Constitucional, Ponciano Arriaga, hizo uso de la palabra.

Sólo se le conoce ese discurso; y es curioso que, exclusivamente por él, Ponciano Arriaga sea una figura destacada en la historia del parlamentarismo mexicano: “Se proclaman ideas y se olvidan las cosas… La Constitución debería ser la ley de la tierra… ¿Hemos de practicar un gobierno popular, y hemos de tener un pueblo hambriento, desnudo y miserable?, ¿no habría más franqueza en negar a nuestros cuatro millones de pobres toda participación en los negocios públicos, toda opción a los empleos públicos, todo voto activo y pasivo en las elecciones, declararlos cosas y no personas, y fundar un sistema de gobierno en que la aristocracia del dinero, y cuando mucho la del talento, sirviera de base a las instituciones?…”

Y prosiguió: “Se han desechado reformas políticas que esta comisión había acogido… pero y las reformas sociales… es conducente definir y y fijar el derecho de propiedad, a procurar de un modo indirecto la división de los inmensos terrenos que se encuentran en poder de muy pocos poseedores, a corregir los infinitos abusos que se han introducido y se practican todos los días… la riqueza territorial y agrícola del país, estancada y reducida a monopolios insoportables, mientras que tantos pueblos y ciudadanos laboriosos están condenados a ser meros instrumentos pasivos de producción en provecho exclusivo del capitalista… o a vivir en la ociosidad o en la impotencia, porque carecen de capital para ejercer una industria…”

Arriaga era liberal, es cierto, pero no radical. Y no era ni socialista ni comunista. Simplemente vivía muy cerca del sufrimiento de la gente de ese tiempo.

Deseó, y luchó, por que las Leyes de Reforma tuvieran base normativa en la Constitución del 1857; y al observar con impotencia que la mayoría de los diputados se oponían a ese paso trascendente, se trasladó con su oratoria al fondo del problema.

Con esos conceptos vertidos se colocó a la vanguardia de todos sus colegas, y es posible que la mayoría de ellos ni siquiera captara la hondura de la cuestión social que estaba planteando.

Discurriendo no únicamente sobre la tierra, como recurso productivo, sino del mejor recurso del país: los mexicanos, “los que no son inmorales, ni perezosos ni enemigos del trabajo, sino laboriosos y gente de conducta recta, pero quienes son echados a perder por el sistema económico actual de la sociedad mexicana, pues éste no satisface las condiciones de la vida material de los pueblos… y un mecanismo económico que es insuficiente para su objeto preciso, debe perecer…”

El eco de su admonición llegó hasta el Congreso Constituyente de 1916-1917, y fue, por ende, un pionero de las cuestiones sociales tan debatidas a principios del siglo XX.

Ponciano fue un acusador, frente a su Congreso, de que la Constitución de 1857 carecía de la simiente política liberal, pero que lo más aterrador era que estaba falta de cimientos económicos, y de planteamientos y soluciones en materia de producción y de distribución de la riqueza.

He escrito este artículo en el año 2011, justo para recordar a este liberal de tesis tan sensiblemente sociales, a 200 años de su nacimiento en San Luis Potosí. No desconozco que este trabajo se publicará en el primer día del 2012.

Nada mejor que comenzar, un año nuevo, con los reflexivos y gratificante conceptos de este ilustre mexicano. ¡Feliz Año Nuevo para todos!