El país de las mentiras
René Avilés Fabila
Todavía no acaba de quedarme claro qué es peor en México: la falta de memoria histórica, la ingenuidad de ciertos medios y sus seguidores o su notable perversión o la necesidad de tener un caudillo salvador. El caso es simple: de pronto, Andrés Manuel López Obrador pasó de duro caudillo, redentor de espada flamígera, como dicen los cursis, a una versión patética de Gandhi, como dijo una querida amiga en su muro de Facebook. Es imposible que alguien pueda creerle que su carácter brutal se ha hecho dulce y que su resentimiento por lo que él considera un despojo (las elecciones donde resultó ganador por escaso margen Felipe Calderón) se haya hecho pura felicidad. Que es un hombre duro y hasta brutal, evidente hasta para quienes apenas lo conocen. ¿Ya olvidaron sus violentos discursos, la toma de Reforma por él y un puñado de seguidores fanatizados, sus ofensas a todos aquéllos que no están de acuerdo con sus extrañas posturas políticas? Al parecer sí.
Los intelectuales orgánicos a su servicio, que no son pocos y que apenas han logrado cultivarlo superficialmente, en vano tratan de entender lo que el caudillo tabasqueño trata de decirnos con su república del amor, se hace líos, da explicaciones de enorme simplismo. Ah, pero si uno se atreve a criticarlo, viene el linchamiento. Que padecemos una pésima clase gobernante, que los partidos son negocios sin ideología, no hay duda. La gente parece tener claro todo esto, menos que López Obrador miente una y otra vez, trata de engañarnos, y lo grave es que son millones los que creen en él. El político miente por naturaleza, son muy escasos aquéllos que siempre han recurrido a la verdad, pero aquí es una manía tediosa que va del falso optimismo al ocultamiento de una realidad obvia.
Lo más sorprendente es la necesidad de tener fe en caudillos y no en ideas. Cada tanto, los mexicanos buscan al salvador de la patria, lo mismo en el PRI, el PAN que en el PRD. Y siempre salen chasqueados. El caudillo no sirve para gran cosa, la situación sigue igual o empeora y lo único que nos pone a salvo es la frase de Francisco I. Madero: Sufragio efectivo, no relección, que aparece en los momentos oportunos. Andrés Manuel va en pos de una singular relección: ya fue “presidente legítimo”, fue ungido como tal en pleno Zócalo, tuvo un gabinete y una serie de partidos que dejó empobrecidos moralmente. Ahora dice que no y va nuevamente en pos de la casona presidencial. No agrede a los ricos, ya no todos son malos, los hay buenos y generosos, sin embargo de pronto retoma su mal carácter y deja de ser el gentil fundador de la república amorosa y la emprende a patadas contra sus enemigos, principalmente contra el PRI de Enrique Peña Nieto, olvidando que él fue un terco priísta y que lo rodean muchos que militaron e hicieron fortuna en dicho partido comenzando por él mismo. Pienso en Dante Delgado, en Manuel Camacho, Marcelo Ebrard, Cantón Zetina, etcétera, etcétera, hasta llegar a Manuel Bartlett, a quien se le cayó el sistema para que triunfara Salinas. Hoy a todos ellos los vemos pasar de una “izquierda” rabiosa a ser parte de una serie de acciones amorosas. No puede ser. Estamos en un país regido por el amor a las mentiras.
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