Dionicio Morales
El tiempo, desleído, borronea
el fiero azul cobalto de la noche
encendida. Atrás quedaron, ciegos,
los primitivos resplandores. En la
sapiente oscuridad vibran los aires
subterráneos que aletean ahítos
las raídas caricias del encuentro.
Las huellas de los cuerpos se ensombrecen.
El nuevo amanecer hunde sus garras
en lo negro. El sol crepita a fuego
lento. El día estalla su granada
y todo sigue igual. Sólo la noche,
el aire y nuestros cuerpos prodigan
en la nada su brutal alarido.
