Desearía equivocarme


 

Para Jose, Amlo y Peña, hasta donde veo.

 

Jorge Carrillo Olea

Los días 1/o de diciembre de cada seis años son días de esperanza, de expectativas, de alegría y… de dudas. Estamos a once meses, ni siquiera un año de uno nuevo. Inevitable, se espera el discurso de inauguración por parte del presidente, se anticipa retórico, intentando alguna tranquilización sobre la crisis del momento, siempre hay una. Se exponen proyectos y compromisos generales, se agrega un llamado a la unidad y al esfuerzo, y todos esos lugares comunes, recetas de cocina.

Ya se puede anticipar que en los siguientes meses se irá perfilando, gracias a la evolución de los problemas y de un paulatino proceso de afinación de diagnósticos, una idea del próximo gobierno. De este planteamiento surgirán dos posibilidades: 1. Se decidirá ese gobierno a pasar a la historia por su nivel de valor y honestidad y por su compromiso de proponer una visión de Estado, o 2. Asistiremos un acto de simulación, velación, disimulo y frases bellas para lo que se cree que es un pueblo aletargado.

Creo en la honestidad y profundos sentimientos de los presidentes al momento que asumen, simplemente por creerse el Tonatihu del momento. Llega el grado de enajenación que hasta creen en sí mismos. Entonces quizá el quid esté, además de en su supuesta honestidad, en la insuficiencia de sus diagnósticos, no obstante que no ha faltado el que se arrastre por la frivolidad personalista, como lo hizo Vicente Fox que entró sin ideas, a base de retórica pura y actos circenses.

El gran reto del presidente entrante será la autenticidad de su diagnóstico. No será cosa fácil y la tendencia a la simplificación es la gran amenaza. Demanda para llegar a sus reales dimensiones, que hoy aún sólo son sospechas, de un equipo técnicamente calificado, con la dirección de un  sentido político de Estado de los que no acostumbramos.

Al margen de la indispensable excelencia del diagnóstico, que parece que revelará que todo es más grave de lo que hasta el momento se sabe, desde hoy es evidente que la carga por recibir y su también insospechada complejidad serían suficientes para advertir que contra lo deseable, ese gobierno no puede arrancar a tambor batiente. Tiene que afrontar antes los pasivos que recibe: el vaciamiento y corrosión de las instituciones, la colonización de panistas que han infestado con su sectarismo todo ámbito público, el desgobierno calderonista y sus consecuencias, un ánimo social fracturado.

No se puede gobernar y menos en medio de una guerra fracasada pero viva, demandante y desgastante, con una suprema corte ideologizada, con una cultura de congreso voraz  e ineficiente, con partidos que no representan más que intereses de grupo, sin identidad ni compromiso ideológico y sí una gran corrupción, con esta Procuraduría corrupta e inútil, con esta Secretaría de Gobernación debilitada, con las Fuerzas Armadas en vía de una grave confrontación entre ellos, con gobernadores y presidentes municipales como jeques turcos, voraces, diestros en simular y reírse de la otrora máxima autoridad,  y más.

Al mundo externo le somos ajenos, somos un nombre en la geografía política. No representamos nada. Somos transparentes, mudos, intrascendentes. Así lo determinaron Fox y Felipe Calderón. Nuestra única visión es para nuestro unívoco interlocutor, Estados Unidos, ¡vaya mérito! y lo que representamos ante él es un estorbo. Nuestro voluntario abandono de la multilateralidad en las relaciones exteriores se consumó, hoy somos transparentes e inertes cuando ayer fuimos respetados líderes. Todo este lastimoso paquete se llama ingobernabilidad.

Este grado de desastre no lo ha recibido ningún presidente en los tiempos modernos. Los últimos cataclismos memorables son: político, con Gustavo Díaz Ordaz, y económicos, con Luis Echeverría, José López Portillo y Miguel de la Madrid. No padecieron esos señores del desastre de las instituciones. Los factores del poder funcionaban más que menos razonablemente, aunque haya habido otros costos. Esas situaciones exigían mucho pero había instrumentos eficaces en qué apoyarse.

Además de la visión genérica y reducida anterior, habrá que desentrañar muchos componentes tanto estructurales como coyunturales y sobre todo no buscar soluciones nacionales sino regionales para la educación, la pobreza, la salud, la infraestructura. Las ideas superiores, de formulación científica, reales transformadoras, no están hoy presentes en la pequeñez presidencial.

Las radiaciones que la inseguridad ha provocado en todos los campos, hasta en los insospechados, son progresivas, cada día más intensas y generales. Su diagnóstico preciso es indispensable para un nuevo gobierno que no podrá progresar sin resolver su agobiador pretérito, el heredado por la soberbia, el sectarismo dogmático y la ignorancia. Todo un lastre. ¡Desearía estar equivocado!

hienca@prodigy.net.mx