Ricardo Muñoz Munguía

El amor es el eje motor de El seminarista, novela de Rubem Fonseca. Paradójicamente en medio de traiciones y asesinatos está el poder del amor, el que transforma y empuja al más temible a involucrarse en los gozos de la pureza, donde quedan de lado las deslealtades y demás podredumbre del ser humano para darle paso, en este caso, a un hombre nuevo, o por lo menos el que intenta una vida nueva.

De seminarista trunco a asesino a sueldo profesional. Así, el Seminarista/Especialista, personaje principal de Fonseca, aparece dando cuenta del oficio de asesino a sueldo, el que requiere de la más aguda mirada, de temple firme, de códigos estrictos en su labor —como no enterarse más de lo necesario sobre el “encargo” que le pongan en manos o involucrarse con sus clientes o que ni en lo más mínimo cometa indiscreción— pero nadie escapa de la boca del otro, de la mirada del otro.

Rubem Fonseca retrata a su personaje como el hombre perfecto, al que no se le va ningún detalle, el que estudia el caso, el de estricta disciplina y, por otro lado, describe sus pasiones: las mujeres, las armas. En otro escenario, El especialista recuerda con nostalgia que se veía comprometido con su madre a cumplir su deseo de llegar a ser sacerdote pues ella, en el lecho de muerte, decía irse en paz pues su hijo ya era “un hombre”, y él, con sus quince años de edad, buscó el cargo religioso pero fracasó o cambió lo que eso significaba por dinero y mujeres.

Los guiños sobre temas referidos a la mujer, como en gran parte de la obra de Fonseca, no se hacen esperar en el libro El seminarista; uno de ellos que deja ver la condición del hombre, sobre todo del que tiene un camino largo andado y termina por volverse “práctico” en su merecido egoísmo, como es el caso de El especialista: “Norminha era un volcán: ígnea, magmática, insaciable. (…) Me quedé dos días en su casa. Después ya no aguantaba. Ésa es la diferencia entre nosotros, los hombres, y las mujeres. Al contrario de las mujeres, que quieren siempre más, nosotros, los hombres, nos cansamos, es una mezcla de fatiga y hastío”. Pero más adelante, cuando el amor atrapa al Especialista, éste nos deja la certeza de que por la mujer amada se puede arriesgar la vida.

La mirada de Fonseca sobre la sociedad carioca vuelve a imprimir su sello en las páginas de este volumen, las citas literarias no se hacen esperar y su lectura nos vuelve a dejar como si hubiéramos regresado de un viaje pues la nitidez que nos impregna Fonseca en la memoria es impresionante.El seminarista expone una serie de asesinatos, narrados todos ellos con la prosa ágil que caracteriza al autor de la grandiosa Agosto. Sin embargo, esta novela que hoy nos ocupa del escritor brasileño no tiene asomo entre los mejores libros que ha entregado Fonseca pero sin duda para quienes seguimos de cerca gran parte de su obra es una maravilla encontrarnos con una nuevo ejemplar que, al venir de Rubem Fonseca, exigimos más.

Rubem Fonseca, El seminarista. Cal y arena, México, 2010; 170 pp.