¿Qué queda de aquel esplendor?

Jorge Carrillo Olea

Así proclamaba el huapango, el que emblematizaba el orgullo, la satisfacción de sentirse hijo de una patria chica con todo lo deseable. ¡Finalmente!, los veracruzanos, sagaces, eludiendo cargos de autoencomio, le colgaron la frase a un papa. Le llamaron en el colmo del cotorreo Santo Papa; según ellos ese santo, justo e infalible señor, fue el autor del salero. Un papa que nadie da razón de cuál fue, la frase es antiquísima, pero sí, a los paisas se les hinchaba el pecho de satisfacción, burla, todo cabía en el tilingolingo.

Veracruz tenía todo para ser un país: territorio, población, historia, políticos liberales, juristas, artistas, recursos naturales, orgullo, calma social, cultura ¾para ellos, modestísimos, Xalapa era la Atenas veracruzana¾. Tenía orquesta sinfónica, héroes, incluido un antihéroe ¾Santa Anna¾, playas, ríos, volcanes, gastronomía, agricultura y ganadería, turismo, pesca, industria, y mucha, mucha alegría. ¡Qué más!

En poquísimo tiempo, ¿qué queda de aquel esplendor? Hoy es uno de los estados más pobres y en vías de seguir empobreciendo, con estructuras gubernamentales ejemplarmente ineptas y corrompidas. Un estado entristecido por el miedo. Ha perdido su supremacía de todo orden en el gran acuerdo nacional. Pero si algo quisiera de vuelta un veracruzano sería la paz social. La tranquilidad anterior está  perdida por efectos del ausentismo e insensibilidad de un gobernador y el narcisismo y la simulación de otro, agréguese la estupidez ya de un año del otro. Ese que llenó las calles de miles de acarreados a costos millonarios para que lo vitorearan el día de su informe. De no estar pagados y con la boca llena de tacos, le hubieran silbado.

Al gobernador le parece que las cosas no se forman con tiempo, que no se cultivan en el espacio y en un proceso, que la generación espontánea sí existe y eso es una vez más como explicación, lo que se quiere argumentar. No hubo un engendro criminal en Veracruz. No, no se organizaron bandas paso a paso, metro a metro, día con día, no se extendieron redes, no hubo complicidad o complacencia gubernamental. No hubo adquisiciones onerosísimas de bienes raíces, colocación de activos bancarios, telecomunicaciones, reclutamiento, arribo de vehículos y sus desparpajados delatores. No hubo un creciente mercado de armas, todo para estructurar la organización criminal. No, nada de eso hubo en más de seis años, nada se vio, nada se supo. La presencia del crimen fue acto de magia.

Hoy en el norte se asaltan autobuses y se masacran pasajeros, en Xalapa el homicidio, el robo, la extorción y el secuestro reinan. En el sur la criminalidad urbana y rural es triunfante, y en el puerto, pues qué decir, qué decir no sólo del crimen que lo asola, sino de la manifiesta incompetencia de autoridades municipales y estatales que estaban hasta ayer, en todo menos en lo suyo.

Es doble la debacle: aquélla impuesta por el crimen al que evidentemente hay que enfrentar, y la otra, aún una más dolorosa porque no significa un enemigo al frente sino que cristaliza a un estado de indefensión: ayuntamientos y gobierno estatal han abdicado.

Han pactado por escrito y públicamente violar la Constitución de la república, art. 115 y las leyes concurrentes del estado que ubican la seguridad pública local como responsabilidad indeclinable de las autoridades del mismo rango. Han pactado echarse para atrás.

Este caso es verdaderamente monstruoso en un Estado de derecho. Se ha abdicado de responsabilidades constitucionales. Ello con la complacencia, si no es que  sugerencia o indicación del presidente de la república, ya que en quien se dio la abdicación es en el Poder Ejecutivo federal, concretamente en la Secretaría de Marina. Todo ello con gran irrespeto a la legalidad. ¿Le gusta? Esto no ha causado mayor reprobación social, Calderón nos está acostumbrando a la ilicitud.

El Presidente es abogado y se dice que un buen egresado de una escuela, la Libre de Derecho, que se dice que es severa con su alumnado. Entonces, ante el pleno conocimiento de lo que se indicaba o autorizaba, ¿por qué se viola la ley suprema y las locales? Será quizá que en los estertores del final, al borde de la caída, ya no distingue el bien del mal. O será que sí, sí lo distingue, pero tampoco le importa mientras eso permita sobrevivir el día de hoy. Puede que sí.

hienca@prodigy,net.mx