Entrevista a Eugenia Rico/Soy rebelde porque soy muy mujer
Eve Gil
Summis Desiderantes, bula promulgada por Inocencio VIII en 1484 es un libro que mata. Tantas veces se ha matado por un libro… Este libro es el mal, contiene la locura. Fue un arma cargada contra las mujeres. Fue el libro más leído de su época, aparte de la Biblia.
Aunque seamos malditas (p. 172)
Concuerdo absolutamente con Eugenia Rico (Oviedo, España, 1972) cuando señala que “las novelas se clasifican en «buenas» y «malas». Punto. Por supuesto, las novelas buenas, como las mías, se ocupan de los diferentes, de los débiles, que muy a menudo, por desgracia, siguen siendo las mujeres…”
Autora de Aunque seamos malditas (Suma de letras, México, 2011) Eugenia no sólo ha obtenido importantes reconocimientos como el Premio Azorín de Novela 2002 con La muerte blanca, y ha sido finalista del prestigiado Premio Primavera de Novela 2004 gracias a La edad secreta, sino que ha sido catalogada por la crítica especializada de su país, España, como “creadora de un nuevo género de novela”.
Presiento, sin embargo, que ninguna de sus obras anteriores es tan mágica y novedosa como la que nos ocupa, donde, en forma magistral, entrelaza las historias de dos mujeres en épocas remotas: Selene, una joven curandera acusada de brujería en el siglo XV, y Ainur, una joven de nuestros tiempos que se atreve a denunciar los abusos sexuales de los que ha sido objeto por parte de su jefe, un prominente político. En cierto modo, esta alianza entre ambas protagonistas crea una poética confusión entre ser bruja y ser mujer.
¿Desde cuándo te apasionaste por el tema de la brujería que, salta a la vista leyendo Aunque seamos malditas, es un tema que has perseguido, acariciado y analizado por mucho tiempo?, le pregunto:
“¡Desde siempre! —responde con un dejo de picardía en la mirada—. Realmente decían que mi abuela era bruja, soy medio gallega y medio asturiana y he convivido siempre con la brujería, con los cultos mágicos de los druidas. ¡Yo lo que no entiendo es que no escriba todo el mundo sobre esto! Para las mujeres ser llamada «bruja» puede ser un insulto o un halago. En realidad es una manera de lograr una conexión con el mundo de una manera no patriarcal. Una manera de ser hembra.”
Holocausto de las mujeres
En la novela se alude a un “holocausto de las mujeres” que se relaciona precisamente con la persecución de las brujas en Europa durante gran parte de la Edad Media, por lo que la novela también puede ser leída como una historia de la misoginia, la cual, afirma Eugenia, se sigue ejerciendo como nos lo muestra el caso de Ainur, la heroína contemporánea de la historia. Ante esta situación, señala con natural coquetería, permitir que fluya la feminidad y ser “muy mujer” ha llegado a convertirse en un acto de rebeldía que ella asume felizmente:
“La misoginia se sigue practicando en el mundo literario español. El Premio Nacional de Literatura [en España] lo han ganado sólo dos mujeres en 70 años, con una aplastante igualdad como podrás ver (risas) y en la Academia de la Lengua sólo hay cuatro mujeres. Se sigue pensando que no se puede ser mujer (esto es: hembra) e intelectual. Se te pide, entonces, que intentes parecer un hombre. Y cuando eres madre —yo lo soy— ya no puedes negarte como mujer, y para ir a la guerra —como lo señalo en el libro— hay que llevar el traje de los hombres: la canciller alemana Angela Merkel, pudiendo ser una mujer guapa, se presenta lo más fea y andrógina que le es posible. Por eso yo soy bien mujer: es una manifestación de rebeldía, y la he pagado muy caro pues no sólo soy, muy evidentemente, una mujer, sino que lo parezco, y eso es increíble en una época en la que se supone que la mujer es un ser tan válido como el hombre.”
O buenas o malas
“Cuando un hombre escribe —agrega—, desde el punto de vista que sea, masculino o femenino, su literatura es tomada como una historia universal, pero cuando una mujer asume la voz femenina, es intimista, novela de mujeres. Lo cierto es que las novelas se clasifican en «buenas» y «malas». Punto. Por supuesto, las novelas buenas, como las mías, se ocupan de los diferentes, de los débiles, que muy a menudo, por desgracia, siguen siendo las mujeres, y en México estoy asombrada por la cantidad de mujeres tan fuertes en un mundo que conocí tan machista, porque yo viví muchos años aquí. Estuve muy enamorada de un mexicano y sé de lo que hablo, y de pronto, veo a estas mujeres maravillosas con tanto poder y conciencia, y me da mucha alegría. Creo que el futuro contra la corrupción en México está en las mujeres, porque noto que ellas sí quieren cambiar las cosas. Claro, también hay hombres maravillosos que las quieren cambiar.”
Pero no sólo las mujeres son perseguidas en Aunque seamos malditas: a los hombres también les falta algo que los vuelve centro de suspicacias: “Todos somos perseguidos por algo, cualquiera tuvo experiencia de acoso en el colegio: porque tenemos cuatro ojos, usamos gafas o somos la más alta, la más baja, la más morena, y nos resulta familiar, en mayor o menor grado esta sensación de ser señalados. Creo, incluso, que toda nuestra vida social la manejamos en función de no ser señalados. Por eso este libro enfoca la historia de la humanidad como una historia del acoso, de la envidia, de los señalados, de los perseguidos.”
Malo, el sistema; no los hombres
“Decir que los hombres son los malos —agrega— es una simplificación, aunque en esta novela aparecen hombres verdaderamente despreciables, y una que otra mujer. Malo es el sistema que también reprime a los hombres; de hecho considero que mis personajes más maravillosos son hombres, como en esta novela, Samuel de la Llave, el inquisidor arrepentido. Tiene gran fama como intelectual, siempre ha estado enamorado de Selene y no sabe cómo salvarla cuando es acusada de brujería. Y está inspirado en un personaje real, Salazar Frías, quien escribió contra la persecución de las brujas y acabó con eso. En la actualidad hay también hombres peleando contra la violencia de las mujeres, y es que no tiene que ver con el género, sino con la conciencia”.
“La persecución de las brujas fue algo así como el holocausto de las mujeres —continúa Eugenia—. Cómo pudo ser que casi tres millones de mujeres inocentes fueran torturadas y asesinadas, acusadas de barbaridades. No hay que olvidar también que algunos hombres geniales, como Giordano Bruno, fueron quemados. Me pregunto: ¿cuántos inocentes no estarán quemando ahora en las hogueras de la tecnología, por ejemplo?”.
Le comento a Eugenia de su “cameo”, es decir, su aparición como personaje en su propia novela, y responde riendo: “Quise emular un poco a Velásquez en «Las Meninas»: el pintor se autorretrata pintando y el espectador se ve al fondo. Eso exactamente quise hacer en Aunque seamos malditas, quiero que el lector me vea mientras escribo, reflejándose en el mismo espejo que yo. Definitivamente no es una novela clásica.”
Aunque seamos malditas forma parte de una tetralogía de novelas sobre los cuatro elementos, quienes tengan el privilegio de conocer a esta extraordinaria autora desearán con ansia la aparición de las tres novelas restantes que conforman la obra.
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