Vicente Francisco Torres

En uno de sus más conocidos ensayos (“Consejos a los estudiantes”), Ezequiel Martínez Estrada invitaba a los jóvenes a buscar un Maestro que los guiara por la vida y por el mundo del saber. Aunque eran años de juventud, me di cuenta que yo ya tenía, al menos, tres: José Revueltas, Montaigne y Germán Arciniegas. A menudo vuelvo a estos autores y este fin de semana, al releer América en Europa (1975), del insigne ensayista colombiano, quedé pasmado.

Arciniegas recordaba que Tomás Moro, el inventor de la Utopía afincada en la geografía americana (en Brasil, para ser exactos), era canciller de Enrique VIII y, antes de publicar, en 1516, su célebre libro, había puesto ante los ojos del rey el desastre social en que se encontraba Inglaterra, mismo que le daría ímpetus para inventar un mundo sin injusticia.

Lo anterior viene a cuento porque América en Europa tiene dos párrafos que parecen una descripción del México actual. Nuestro país se encuentra en un estado de miseria semejante al que propició la concepción de Utopía. Mientras el campo inglés fue devastado para propiciar el pastoreo y obtener lana, nuestro campo languidece y Calderón Hinojosa se niega a apoyar a los agricultores. El comercio de la lana era un monopolio como los que hoy padece México, como los que lo sumen en la ignorancia, en los empleos escasos y mal remunerados.

En Inglaterra se multiplicaban los delincuentes, que daban quehacer a los ejércitos, y los soldados acabaron convertidos en ladrones. En México el narcotráfico da trabajo y altos salarios a los cuerpos represivos; los zetas surgieron entre los militares mejor entrenados. El lujo y el despilfarro de unos cuantos cundían en la patria de Moro; en nuestra patria el dinero abunda entre funcionarios, políticos, banqueros y grandes empresarios. Cito a Arciniegas: “La justicia divina está subordinada a la humana que, irónicamente, la legaliza o autoriza. Se simulan guerras futuras para crear nuevos impuestos y rebajar el valor de la moneda. No hay causa, por mala que sea, que no encuentre algún juez capaz de convertirla en buena. ¡Y la iglesia! Los predicadores ablandan la doctrina del Evangelio para amoldarlo a las malas costumbres de los hombres”.

Si un contexto como el arriba esbozado hizo nacer el famoso libro de Tomás Moro, los mexicanos tenemos las condiciones para imaginar una respuesta contundente a la situación que padecemos.