César Arístides
Definir al amor ha sido una de las numerosas inquietudes de los poetas, en todos los tiempos y en todas las regiones; Auden, William Blake, Francisco de Quevedo, Petrarca, Jorge Manrique, Lope de Vega, Antonio Machado… ese “hielo abrasador”, esa “herida que duele y no se siente” ha llenado con versos memorables numerosas páginas para decir qué es el amor, qué demonios invoca, por qué duele tanto si otorga la máxima dicha, qué erotismos impulsa, en qué seno guarda la sensualidad y el veneno de los celos; por qué él bello amor, el endemoniado amor, el inefable amor, nos promete el cielo y su velo de perfumes indecibles nos deja en la tiniebla.
En una ejemplar composición poética que se ha llamado “Contra el amor” el poeta Diego Hurtado de Mendoza reniega de manera divertida de este sentimiento alabado, ataca sin piedad las virtudes amorosas y se lamenta de sus trampas: “Amor, cuerpo de Dios con el merdoso,/ cochino, porquezuelo, malmirado,/ ¿en qué ley halláis vos que un hombre honrado/ esté sujeto a vos? Decid, lendroso”. El poeta, bisnieto de aquel célebre autor de serranillas, el marqués de Santillana, utiliza en su poema un lenguaje atrevido y desatado, reduce con regocijo disfrazado de dolor las glorias del amor y maldice con jovial socarronería sus encantos: “¿Qué fuerza tenéis vos, rapaz, mocoso,/ hijo de una gran puta, malmirado,/ de muy bajo solar, malinclinado,/ chiquito, merdosillo, cegajoso”.
Diversas plumas que rodearon los siglos de oro español se ocuparon de la poesía sarcástica, plena de humor e ironía, con el mismo ahínco y precisión que escribieron composiciones que atienden temas relacionados con la contemplación, las preocupaciones existenciales y místicas, o las paradojas de la historia. El poeta del que hablamos confirma el comentario y en este caso resulta muy graciosa la forma en que aparta de sí el cáliz amoroso para mofarse de las alabanzas que el amor recibe. Para el poeta, la delicadeza afectiva, el temblor súbito del alma y los cuerpos, las miradas que gozan en la misma lumbre, es sólo una sucesión de engaños que deriva en tragedia, y por ser el amor cómplice de inquietudes y turbaciones, debe cuestionarse sin piedad: “¿Por qué os llaman Amor, siendo tan crudo?/ ¿Por qué sois tan cruel, siendo tan tierno?/ ¿Por qué desaboráis, siendo Cupido?/ ¿Por qué sois tan parlero, siendo mudo?/ ¿Por qué os hacéis vos dios, siendo un infierno?/ Amor, Cupido sois; sois escupido”.
Diego Hurtado de Mendoza, también destacado militar e historiador, ofrece en este poema una ruptura divertida con los privilegios del amor, está claro que el poeta reniega pero goza los ataques, su tenaz encabalgamiento logra su cometido: darle una paliza al sentimiento que se cobija en trampas, requiebros y desaires.
