Por su sana distancia, hoy a nadie le importa
Francisco Javier Estrada
La ciencia política es sabia y enseña que todo presente tiene sus reglas. Quienes las desconocen o las ignoran por mala fe y soberbia pagan al paso del tiempo con el olvido de los pueblos, esto es frecuente para gobernantes, presidentes, dictadores o reyes y emperadores. Se dice fácil. Estas palabras, para aquellos que se sienten todopoderosos y de pronto, al dejar el cargo o el poder político que ostentan al día siguiente en que dejan el cargo son olvidados.
No hay gobernante que no pague al dejar el cargo con la valoración que hace su pueblo del resultado de su comportamiento. Ejemplos en la ciencia política son infinitos. Pero debo decir que la mayoría de nuestra clase política lo ignora y, por ello, esa mayoría recibe su merecido al ser olvidados al paso de los meses que dejan el cargo en su comunidad: sean estas autoridades municipales o en el gobierno estatal y a nivel presidencial.
La primera reflexión que debiera tener quien aspira a gobernar o a representar al país, a su entidad o a nivel de presidencia municipal, sindicatura o regiduría, es el alejamiento de aquellos que les dan la mano, o el voto, para llegar al cargo de representación.
No debe ser olvidado con sólo recibir la constancia de mayoría; ya que basta con sólo recibir dicha encomienda del pueblo, para que con vergonzoso comportamiento los malos políticos olviden a sus electores y vecinos, como consta en la historia del país. Es necesario que los políticos reflexionen que ser político es ser un servidor de la comunidad o del pueblo, hacerlo en serio, y entendiendo que la soberbia es la peor consejera para practicar el mando con aquellos que merecen estar junto a ellos.
Ejemplos hay muchos, y ahora que está en el mundo de las noticias Ernesto Zedillo Ponce de León —quien fuera presidente de México de 1994 a el año 2000— puedo ver claramente que a poca gente le interesa cuál es su destino. A muy poca gente, y en particular a los militantes del PRI, poco les ha importado si desde que dejó la presidencia ha vivido en el país o en el extranjero; pues en la historiografía de este partido, la presencia de Zedillo ha sido uno de los más grises ejemplos en este cargo que haya surgido del PRI. Esa es la realidad.
En la historia de este partido hay muchos ejemplos, pienso, por ejemplo, en Adolfo Ruiz Cortines, del cual se habla en el mundo de la política como una muestra de sabiduría política: sus dichos son parte, no sólo de la cultura priista, sino de la cultura de la política mexicana. O pienso en el general Manuel Avila Camacho, del cual es recordable en varios de los hechos gubernamentales, aunque ciertamente no hubiera sido uno de los presidentes más apreciados por la vida y la historia de nuestro pueblo. Ya sabemos que como el general Lázaro Cárdenas del Río no hubo muchos ejemplos en cien años de presidencialismo mexicano.
Zedillo ha sido uno de los presidentes menos apreciados por el priismo nacional. Y al revisar sus hechos, se encuentra con un rasgo que le distinguió, pues fue el que señaló que con su partido, el que le había llevado a ser presidente del país, iba a mantener “sana distancia” durante su gobierno. Y así fue.
Me contaba hace años don Carlos Barrios Honey, un político y politólogo destacado del Estado de México —quien fuera secretario particular del gobernador Gustavo Baz Prada— que existía una tradición de reuniones de un grupo reconocido de cuadros y militantes del PRI con el presidente del país cada año. Era una tradición que durante muchos años y sexenios se mantuvo. Sólo con Zedillo dicha reunión fue cancelada. Es decir, el hombre que había llegado por propuesta del PRI a la presidencia de México, por un hecho fortuito y de manera dolorosa, pues no estaba contemplado para ello, ya que surgió como candidato debido al terrible asesinato de Luis Donaldo Colosio.
Zedillo nunca hubiera sido presidente de México si ese magnicidio no sucede. Y es por ello que los personajes de edad, de militancia, de valor reconocido como priistas distinguidos sintieron mucho el desprecio a tales reuniones por quien había recibido su voto para ser presidente del país.
Como vemos en esta actitud, de soberbia y altanería en contra de lo que debiera de ser su partido, se gestaba lo que ahora está cosechando con el olvido en vida, de haber sido un presidente de México que pareciera más acercarse al perfil de un presidente panista y no uno que surgió de las filas del PRI.
Cuando uno plantea la “sana distancia”, sea con los amigos, con la familia o con el partido político que le ha llevado a ocupar el cargo, debe también pensar que el día de mañana, dicho partido político, su familia o sus amigos, le van a aplicar la misma política. “Tú, en el poder, aplicas la «sana distancia», cuando salgas del mismo, nosotros, tus compañeros de partido, tu familia o tus amigos te vamos a aplicar la misma medicina”. Esto lo debieran de atender todos los dirigentes y representantes de los demás partidos políticos en el país, pues esta actitud permea en todas las filas de la clase política.
Estudiar el uso del poder político es importante, el dicho de Zedillo a sus compañeros de partido, de llevar a cabo tal acción, le ha ocasionado al ex presidente que ahora a nadie le importe realmente su presente y su inmediato futuro. Y que nadie se preocupe por los cargos académicos o administrativos que tenga en el extranjero, pues a México no le beneficia en nada.
Y eso es lo triste, pues qué difícil es llegar a ser presidente de un país, para después ser ignorado por las obras buenas que pudo hacer al paso por ese cargo. Ni las obras buenas, ni el cariño que un político debe tener por sus correligionarios.
El tema de la “sana distancia” que con soberbia propuso en su tiempo Zedillo hoy no es más que el resultado de un alejamiento de este ciudadano para con sus contemporáneos, y nos comprueba cómo las leyes de la ciencia política son inamovibles.
Esto me hace recordar la frase de don Benito Juárez, al referirse a quienes son seguidores o adversarios de un político: “Para mis enemigos, justicia; para mis amigos, justicia y gracia cuando esta quepa”; pareciera una frase lapidaria, y sin embargo expresa la necesidad, en ciencia política, de dar a cada quien lo que se merece y no menos. Esto porque ya sabemos que una parte grande de los pésimos y deshonestos políticos que tenemos acostumbran negarles a sus enemigos hasta la justicia que sí se merecen. O a sus amigos hasta la gracia que sí debieran de darles: sólo en muestras de cariño, lo que no es caro, ni se acaba nunca, en afectos y reconocimiento por su lealtad.
Por eso la reflexión en las cosas de la política son fundamentales para quien participa de las cosas del Estado.
Y si los politólogos tienen como tarea reflexionar sobre lo que estudian, uno se pregunta por qué no lo hacen quienes tienen que tomar decisiones que pesan sobre sus pueblos.
La soledad en que se encuentra Zedillo debe de ser un ejemplo para los malos políticos, que se olvidan de aquellos que les han apoyado en su momento. Ya saben que el olvido y a veces el desprecio es lo único que cosechan.
