Juan Antonio Rosado

En su reciente novela, Mañana terminaré contigo, Leticia Martínez Gallegos despliega una serie de ideas en constante contrapunto con una historia sentimental donde se descubre el rostro oculto de un funcionario con doble vida, quien piensa en los demás, pero también aprovecha su puesto para viajar, mantener diversas casas y cuidar su imagen. No todo es negativo en el impulsivo y apasionado Germán, luchador social en pro de la educación, de ahí que la novela no peque de maniqueísmo.

Hay mucho de narración iniciática o de aprendizaje en esta obra escrita por una mujer que ha vivido el magisterio desde adentro. Uno de los personajes centrales, Alicia Morán, se transforma de maestra de tercero de primaria en secretaria de un seductor y flojo supervisor de escuelas, pero se halla insatisfecha con su nuevo “trabajo”. Desciende a los infiernos, cruza el umbral y allí, detrás de un espejo opaco, se le revelan cosas ocultas; tendrá que luchar contra el “monstruo” y sobreponerse. Estará a punto de perder su trabajo. La podredumbre escondida tras la apariencia fue demasiada, mas nada que no pueda explicarse: el dinero siempre es, en países como México, el vehículo y la finalidad de la corrupción: desvío de presupuesto a bolsillos individuales, compras inútiles para justificar gastos, proyectos benéficos que nunca se realizan… Alicia, simple maestra de escuela, se halla de repente en un laberinto sin el oficio de liberación que le permitiría retornar a su estado anterior. El único que podría liberarla es su enemigo. No obstante, la mujer pasa la prueba. Primero es forzada a actuar ilegalmente: para huir de la podredumbre, debe falsificar el oficio. Paradojas de la moral: a veces se debe actuar mal para producir un bien que, sin embargo, en este caso, no se cumple: Alicia es descubierta. A pesar esto, sale bien librada. Conoce a Germán Cabrera (su apellido no es gratuito), con quien empezará una relación marcada por el alcohol, los celos, inestabilidad, falsas promesas y compromiso político-social. A la vez, la mujer va creciendo como escritora, de ahí las citas o alusiones a obras clásicas, desde el Quijote hasta 1984. Alicia lucha contra molinos de viento y nada a contracorriente, pero su coraje la hace salir adelante y formarse cada vez mejor como escritora.

La novela narra dos historias paralelas: la primera —en primera persona y con estilo poético— trata de un yo que se dirige a un tú en decadencia. El hospital es alegoría de una enfermedad nacional. El yo desea intervenir en ese cuerpo y lo sentencia: mañana terminaré contigo. En la otra historia —en tercera persona y con estilo a veces prosaico que no escatima la intensidad— el detonante del fin es Carmen, lesbiana-vehículo de la revelación, ángel que anuncia el fin de los sueños o, por lo menos, de una era. El teatro se le cae al mujeriego Germán, y Alicia se fuga hacia el misterio.
Pero la fuerza de la obra radica en su denuncia. Hay un pasaje kafkiano donde se presenta una situación que, desgraciadamente, sigue ocurriendo. Con esta cita doy fin a estas reflexiones:

—Yo ya no entiendo nada —exclamó una mujer—. La secretaría ya autorizó que esta escuela sea reconstruida, desde cuando, pero pide que se haga con recursos de la delegación, y la delegación ya aceptó hacerlo pero pide la autorización por escrito de la secretaría. ¡Y ya cuántos años hace de eso!

Leticia Martínez Gallego, Mañana terminaré contigo. Ediciones Calma, México, 2011; 200 pp.