Juan José Reyes
En el texto corto suele sugerirse más que lo que se dice. En tal sentido es efectista, emplea un mecanismo que quiere ser el del prestidigitador, sorprenderlo, mediante una astucia más o menos alardeada. Apenas es necesario señalar que me refiero hasta aquí al texto corto en uso, el más corriente, que pretende también poseer tantas profundidades como rasgos de inteligente humor. Empero se trata de un género difícil, de factura que demanda trabajos tan arduos como cualquier otro de los modos literarios. Pocos lo han practicado con maestría en nuestro medio. Pienso en los casos más ilustres: Julio Torri, Juan José Arreola, Augusto Monterroso. A este triángulo no hay duda de que ha de añadirse un nombre más: el de Felipe Garrido, un escritor que ha construido una obra ya más que considerable en volumen y de vuelos muy altos. En Conjuros (muy bonita edición en una casa editorial ilustre, que ojalá animé aún más su producción literaria) ha reunido poco más de trescientos cuentos breves, historias que sugiere, en efecto, y que sin falta son redondas. En pocas líneas Felipe Garrido traza a la perfección ambientes, situaciones y personajes, establece el centro de lo que cuenta y halla desenlaces abiertos al tiempo que perfectos.
Todo lo anterior bastaría para hacer de Conjuros un libro de poderosa seducción pero está lejos de ser todo lo que hay en el conjunto. Está el poder de la mirada como fuente de percepciones inmediatas que han de desplegarse luego en evocaciones siempre con suavidad. Hay un transcurrir perenne de esta flor de miradas al alimón de un deslizamiento sin pausa del lenguaje, que va como una brisa suavemente enérgica, siguiendo ritmos calmos. En no pocos de los cuentos espléndidos de Felipe Garrido no es extraño saber que, sin darnos cuenta, hemos llegado a una realidad única y múltiple: la de la poesía. Un libro que nadie debería perder.
Felipe Garrido, Conjuros. Jus / Centro Universitario de la Costa Sur / Universidad de Guadalajara (Colección Contemporáneos),
México, 2011; 299 pp.
