Alejandro Alvarado

Después de quince años de haber escrito su última novela, Óscar de la Borbolla regresa al género con El futuro no será de nadie (Plaza & Janés), una historia en la que abandona el tono al que nos tenía acostumbrados: picaresco, humorístico. Ahora, en su más reciente novela, muestra a un matemático con expectativas muy altas para las que quizá no está capacitado y una pintora también con expectativas muy altas, que quiere pintar el Paraíso con una pintura en que el color más oscuro sea el blanco. Según ella, con la pérdida del Paraíso se perdió el color y se propone entonces lograr un imposible. Son dos sujetos marcados por una gran ambición, con muy poca capacidad. Los dos personajes quieren más de lo que pueden. Piensan que otro modo de conseguir la plenitud es por medio del amor. Pero como el amor también falla, en el fondo, el fracaso es el centro de la novela.

—Es un fracaso que además está inscrito en un momento de la posmodernidad —menciona el autor—. Eso se nota muy claro en la indecisión del personaje masculino. No es el macho típico que forma parte de un triángulo amoroso y gobierna a las dos mujeres, sino que es un macho inseguro que no sabe ni qué hacer.

La muchachita joven no es la inocente que está esperando que él un día se divorcie y se case con ella. No, ésta es una muchacha como las actuales, que plantea una equidad, una igualdad, y de hecho ella es también la punta de otro triángulo, un triángulo que se desborda. La esposa no es la esposa tradicional que se aguanta por hipócrita y porque no tiene modo de mantenerse a sí misma, sino que ha visto que no es nada fácil encontrar algo que le cure la soledad, y por eso se aguanta. Ella también tiene sus dos-tres escapadas por ahí. En la novela se plantea la posmodernidad encarnada en los personajes.

—Antes de la novela que hoy nos ocupa, su interés literario se daba por los caminos del humor negro, corrosivo, cáustico. ¿Cómo se da el giro para escribir ahora una novela realista de amor?

—Es otra forma de experimentar. Tardé diez años en escribir esta novela; hubo un capítulo que fue el atorón, que duró muchísimo tiempo en resolverse. El capítulo siete me costó sangre escribirlo, porque contra lo que yo había enseñado en la escuela de escritores de la sogem, y contra el sentido común que indica que el amor feliz no tiene historia, me propuse contarlo. No es una novela del amor feliz pero hay un momento en que éste se cuenta, lo cual es imposible según la sabiduría popular. Ése fue el reto. Para Corín Tellado es muy fácil el tema porque sus historias escurren de cursilería; pero yo no puedo permitirme ni la cursilería ni la inverosimilitud, y ésos son los dos peligros que hay cuando te enfrentas a querer contar el amor feliz. Las desventuras del amor todo mundo las relata; es más, éso es lo que se cuenta del amor.
Óscar de la Borbolla, autor del libro de cuentos Las vocales malditas, comenta que ha experimentado con la identidad de los personajes, buscando que en lugar de ser personas con envidias, odios, amor y traiciones, los personajes sean partículas cuánticas, que se atoren, se repelen y se agrupen.

—En Dios sí juega a los dados, pienso a los personajes como si fueran objetos de una disciplina científica. En las novelas eróticas quise hacer un cóctel molotov de los dos ingredientes más subversivos que hay: el humor y el sexo. En cada libro he andado buscando resolver alguna dificultad. En El futuro no será de nadie hay otra diferencia con las novelas anteriores: Yo estaba casado con la estética de la velocidad, y ahora, en cambio, estoy entregado a la morosidad, al regodeo, a la exploración interior, a todas las consecuencias de una maldita palabra. Hay momentos en la novela en que el personaje pregunta por qué; y ella pregunta para qué. La diferencia entre por qué y para qué es la debacle. Es la causa que como efecto mariposa va a provocar toda la separación. Es solamente una palabra la que resuelve todo. Es ahí donde se viene la crisis. El personaje masculino trae un matrimonio fallido desde hace quince años y una frustración profesional porque trabaja de actuario siendo matemático puro; además, él es tan ingenuo que no discierne la causa de que en sus estadísticas para la aseguradora que trabaja se mueran más personas de las previstas. Se le escapa La curva de Gauus. Todos los demás ya se dieron cuenta pero él no. Él cree que son las matemáticas las que le fallan. Es un hombre frustrado como hay muchos, pero no le va tan mal porque no lo convertí en taxista o en vendedor ambulante. Si lo bajaba de categoría ya no me iba servir. Si lo hubiera descrito de esa manera, lo inverosímil se daría ahí porque la muchacha se interesa por ese gañán. Y la trama se hubiera centrado en otro problema. Pero en la que escribí lo puse en otra posición económica, que no es muy destacada. Es de clase media media. No es el rico que llega con el billete por delante.

Hay cosas que escarbé hondo, tratando de experimentarlas, de vivirlas, de sentirlas; y los momentos en que los personajes se van quebrando en una larguísima trama sí me iba como deprimiendo, me iba desvencijando yo también. Hay un momento en que el personaje se va a comprar cigarros —una coartada para salir a telefonear a la amante—, a su regreso la esposa le pregunta que para qué se salió a la tienda si ellos tienen cigarros en casa. Avienta los cigarros en la mesa del desayunador, que es una mesa emblemática. Ese instante en que el personaje se sienta ahí sin saber ni qué, lo sufrí como si yo lo estuviera viviendo en ese preciso momento. Como que rasguñe el sinsentido total. Eran bajones a los que tenía que someterme mientras escribía la novela.