Juan Antonio Rosado
En una de sus exposiciones sobre Aristóteles, Alfonso Reyes resume: “La democracia procura la libertad; la oligarquía, la riqueza; la tiranía, el bien personal del tirano; la aristocracia, la educación y el mantenimiento de las instituciones”. Aristóteles, quien en su Retórica justificó la tortura en ciertos casos, y quien defendió el sistema esclavista, no es —ciertamente— un buen ejemplo para hablar de la realidad actual que —por lo menos entre cierta intelectualidad— procura cada vez más tolerancia y respeto al otro, a las diferencias, pero al mismo tiempo, a costa de la libertad. La retórica de la democracia actual es justamente la “libertad”, pero es contra ella que se atenta constantemente en nombre de la misma democracia. En el fondo, la estrategia de los llamados gobiernos “democráticos” es anular las libertades, las pocas que se han ido conquistando, a fin de contar con un cada vez mayor control sobre grupos e individuos: desde sus estados higiénicos hasta sus movimientos.
En sí misma, la democracia, en la medida en que teóricamente aparece gracias a los “votos” ciudadanos, no deja de ser una tiranía de masas por lo general incultas y con escasas capacidades para ejercer el razonamiento, de ahí la necesidad del aparato publicitario, atiborrado de imágenes, premisas falsas y sentencias efectistas, pero eficaces; de ahí la necesidad de discursos atiborrados de figuras retóricas y eternos gerundios (“estamos trabajando en esto o en aquello…”). Basta decir que Fulano es “peligroso”, y que si gana las elecciones sería un “peligro” para el país, para que en una buena cantidad de votantes se genere el miedo, y ya sabemos que tanto las religiones como las compañías de seguros viven del Miedo, así, con mayúscula: el pavor a lo desconocido, a la contingencia, al azar, a lo que pueda ocurrir el siguiente sexenio o en “otra vida”. No sólo las alcancías de los sacerdotes y de las compañías de seguros se alimentan del miedo; también la democracia y sus grandes aliados en la actualidad: las ingentes corporaciones. En este sentido, la democracia es un arma para que estos inmensos negocios y corporaciones “asuman” un papel aparentemente secundario, cuando todos sabemos que son ellos los que rigen, los que gobiernan de facto, los que deciden. Lo cierto es que, como en una ocasión afirmó el director de cine Ken Loach, los países que se llaman “democráticos” son los más grandes terroristas. ¿Y qué es el terror si no la expresión paroxística del miedo? Fueron las naciones democráticas las que destruyeron la democracia en Nicaragua y Chile, por mencionar sólo dos ejemplos, y fueron estas naciones democráticas las que respetaron el fascismo de Franco después de la Segunda Guerra Mundial.
El miedo subyace y controla, no la razón. La mayoría de los seres humanos se mueve y actúa mediante emociones, impulsos, sentimientos; requiere certezas y, sobre todo, imágenes y bonitas frases. Al hacer uso de dichas armas, la supuesta democracia se convierte en tirana, ya que el lado irracional es siempre el preponderante, y controlar esa zona es controlar el cuerpo y la mente de los demás. Por ello, muchos “ejecutivos” se dejan seducir por alguien a quien luego favorecen; por ello muchas decisiones ocurren en la alcoba o en los restaurantes, y también se produce el nepotismo; por ello, finalmente, Jonathan Swift —en una carta a Alexander Pope— sostuvo que el ser humano no es un “animal racional”, sino tan sólo capaz de razonar.
