Ricardo Muñoz Munguía
La poesía contiene en su naturalidad la fuerza precisa para meterse en el vientre de la sensación, sensación que sólo puede ser palpable por la estética de la palabra hecha luz. Y la naturalidad de la que hablamos es la esencia transformadora que logra la comunión a través de la forma y del fondo.
El libro de Karen Villeda (Tlaxcala, 1985) tiene sus luces que se distinguen a cabalidad a lo largo de las páginas, mas la irregularidad luminosa provoca cierto desbordamiento, es quedarnos con un sabor a confusión, de haber presenciado un juego que tenía como principal intención abarcar enormes espacios pero que, finalmente, se ubican en los márgenes de la caja poética pues los adornos del verso rebuscado, o del verso que mínimamente se atreve a transformarse para comunicar ese “algo” que todo lector de poesía busca, hace denso el andar por el cuerpo luminoso, quizá con intención: “En Babia, habitamos la necesidad de lobreguez” o “Se exaltan las entrañas de Babia pronunciando una mira de sombras”.
Babia es el territorio que escoge la autora para hurgar en el génesis de su ser, y es a través de sus inquietudes como la memoria despliega sus ramas; de sus deseos que se vuelven roedores desesperados en el laberinto de lo fascinante y lo temeroso. Es, por otro lado, darle presencia al instinto y soltarlo en medio de la raíz, pero en “Babia no hay hallazgos. La imprecisión es una libertad a medias, balbuceo dominándonos”.
Babia, poemario estructurado en tres apartados y trazado desde diversos ángulos, con distintas voces, arroja su memoria a la fuerza de gravedad para jalarla a la seducción de la fe, a la nostalgia del origen, raíz de cicatrices abriéndose paso entre la tierra de nadie hacia la ineludible visita al origen.
Karen Villeda, Babia. Ilustraciones de Mario M. Reyes. Dirección de Literatura / Coordinación de Difusión Cultural (Ediciones de punto de partida), México, 2011; 104 pp.
