Vicente Francisco Torres
(Segunda y última parte)

Rousseau vivió y murió como una contradicción viva: “aseguraba que la literatura y la imprenta eran dañinas para la humanidad, y, sin embargo, él se convirtió en un prolífico autor. Afirmaba que cuando el hombre se distanció del estado animal y empezó a tener ideas, selló su desgracia, y sin embargo, pocos hombres habían tenido más ideas que él (…) Autor de muchas obras dramáticas, fulminó el teatro. Atacaba a los grandes hombres, a los nobles y a los ricos, y dependía de todos ellos para que le proporcionaran protección y cobijo”.

Debajo de sus polémicas ideas siempre estuvo el deseo de que el hombre fuera feliz volviendo, claro, a la naturaleza, encarnada en la vida campestre.

En uno de sus sabios trabajos (Rousseau en México, Grijalbo, 1969), Adolfo Sánchez Vázquez destacó la importancia que para los enciclopedistas tuvo la filosofía, hoy expulsada de los estudios preparatorios mexicanos gracias a la camarilla de Josefina Vázquez Mota, que quiere ser presidenta de nuestro martirizado país. Escribió Sánchez Vázquez: “¿Qué era, pues, lo que llevaba a los enciclopedistas a llamar a su época el siglo de la filosofía? (…) era su concepción misma de la filosofía como arma ideológica cuyos golpes habrían de tener ecos, a la sazón imprevisibles, en la gran tormenta revolucionaria que se estaba gestando. Nunca se había exigido más a la filosofía y nunca habían estado los filósofos como estuvieron entonces, a la altura de los tiempos. Los grandes filósofos del siglo XVIII llamaron filosófico a este siglo porque eran conscientes de la función transformadora y revolucionaria de su quehacer”.

En efecto, las ideas de Rousseau resultaron revolucionarias, pero sus enemigos (o malquerientes, como el propio Sir Gavin de Beer, noble al fin, como indica su nombre) atacaron no sus ideas, sino la caricatura de ellas. El hombre natural no era el hombre vuelto a la selva, que andaría en cuatro pies, sino el hombre que buscaba su condición libre de la desigualdad, de la violencia y la enajenación de la sociedad de su tiempo, misma que desató la revolución francesa. De ahí la importancia de sus ideas en la América independentista, en donde sus libros fueron prohibidos por la administración colonial y por la inquisición.