Patricia Gutiérrez Otero y Javier Sicilia
Hablar del amor es mostrar nuestros fracasos, nuestros éxitos, nuestras deudas; lo que hemos dado y recibido. Por otra parte, escribir sobre el amor es una osadía: ya se ha dicho mucho sobre él, el concepto es líquido y abarca todo lo que es humano. Por eso, haremos sólo un esbozo pensando en la fecha de San Valentín.
Sentirse enamorado es una sensación exquisita, que puede volverse una obsesión. Ya Jaime Sabines lo plasmaba en su desolador poema “Los amorosos”: “Los amorosos buscan,/ los amorosos son los que abandonan,/ son los que cambian, los que olvidan./ Su corazón les dice que nunca han de encontrar,/ no encuentran, buscan”. Sentirse enamorado o en estado de enamoramiento se vuelve un fin en sí mismo, y no un medio.
Si hablamos con la ligereza de quien ha leído algo de psicoanálisis, sin ser psicoanalista, diríamos que estar enamorado es un sentimiento narcisista centrado en “mi” sensación de placer. Cuando la sensación desaparece, el o la amorosa dicen: “ya no te amo”, para salir a buscar nuevamente el cosquilleo perdido. Denis de Rougemont, en su muy recomendable obra El amor en Occidente, lo describe como amor romántico, hijo accidental de la herejía cátara y que aún triunfa en nuestra época: el deseo de la sensación de unión que rompe con nuestra realidad: ser seres separados, cada uno con su soledad. Añoranza del tiempo de estar en el vientre de la madre, siendo uno con ella y con el todo. El enamoramiento desvanece por un momento la dolorosa impresión de separarse. Sin embargo, si el enamoramiento no madura, sentimos que el amor termina cuando el contacto con lo real quiebra la imagen del otro o de la otra o cuando la fusión nos asfixia y resurge nuestro legítimo deseo de mantenernos como seres autónomos.
Entendemos que sentirse enamorado nos atrae hacia el otro, la otra, lo que es ajeno. Algo en esa persona me despierta una sensación particular, el deseo de estar juntos e incluso de unirnos física, emocional y mentalmente. Pero, como toda sensación, puede ser pasajera o tener múltiples fuentes, sucesivas o en secuencia. Por eso es un trampolín que nos permite lanzarnos, pero no nos sostiene en el aire, tarde o temprano aterrizamos en el agua o en la tierra. ¿Cómo el amor, en su sentido más amplio, surge durante ese vuelo rápido o lento? Por una descentralización del yo y una apertura a la otra, al otro, a lo otro. Desgraciadamente no es un trabajo fácil, y como todo aquello que es humano es o no favorecido por la cultura, la nuestra, hedonista, individualista, impuesta por el sistema neoliberal, exacerba nuestro narcisismo. El amor forma así parte de un crecimiento emocional que nos abre para que otro pueda entrar en nosotros; también es conciencia de que como individuos somos indisociablemente seres sociales (de ahí el uso que Mounier hace de la palabra persona) y cósmicos: por eso podemos ponernos, realmente, en los zapatos del otro. El amor nos descentra y nos abre a todos y todas, al todo y a Todo. El amor verdadero es empatía hacia el dolor y la alegría incluso de aquellos que no conocemos, en particular de los más jodidos de toda suerte, de las víctimas cuyo rostro es también el nuestro. Ponerse en los zapatos de la otra y del otro no es un acto de masoquismo, sino de profunda apertura, factor esencial para reconstruir el tejido social de nuestro país y hacer renacer la esperanza en lo humano. Como un regalo, sabernos parte de comunidades locales, de grandes grupos sociales, de toda la naturaleza termina con esa moderna soledad cuyo único refugio es el amor de dos.
Además opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.
