“Ah no, a mí ya no me engañas. Si no hay gemelos siameses dentro de un frasco, no es una feria”
Edgar Díaz Yáñez
Carlos Monsiváis, en “Parábola de la sobrevivencia. Temas de la baja y alta metafísica” en Apocalipstick, interroga:« ¿Qué fue primero, la pregunta o la respuesta?», y agrega «La salida más fácil es adjudicarle el debut a la pregunta, pero —es notorio— ninguna interrogante surge en el vacío, sino siempre en respuesta a algo, a la ignorancia por ejemplo, así como toda respuesta algo le debe a la pregunta.».Con la Feria Internacional del Libro de Cuba 2012 —del 9 al 19 de febrero en la Habana, hasta el 4 de marzo en todas las provincias del país caribeño— a la vuelta de la esquina (benditos lugares comunes), y la segunda edición de la Feria del Libro en Español de Los Ángeles —11, 12 y 13 de mayo— tras ella, fue casi imposible evitar el cliché —por algo son tan efectivos— y evitar por igual el parafraseo (fusil) de la pregunta. ¿Qué fue primero, el libro o el lector? La respuesta se antoja lógica: el libro, grita una multitud desaforada en medio de un stand vademécum. Sin embargo, no podemos obviar el hecho de que sin personas afanosas por leer algo, el libro no hubiera podido existir. Ya sea el nacimiento primo de uno o de otro y antes de enfrascarnos en una discusión por demás bizantina, tratemos de responder, ya no qué es un libro o qué es un lector —definiciones de cualquiera de los dos existen tanto diversas como sinnúmero, procaces como líricas—, tampoco para qué es un libro y para qué es un lector. Preguntémonos, mejor, para qué es una feria del libro, ese otrora lugar donde se generan los encuentros más pintorescos entre los dos protagonistas de estas palabras.
Según el Conaculta (http://www.conaculta.gob.mx/dgp/ferias), sólo en el último semestre del año recién fenecido, 2011, hubo en el país 15 ferias del libro —sin contar la del Zócalo— entre las que se encuentran la XXV Feria Internacional del Libro (Guadalajara), la XXXI Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil ( Cenart, D.F.), la XXX Feria Internacional del Libro FIL Politécnica 2011 (Zacatenco, D.F.), y la no listada pero sí muy visitada Décima Primera Feria Internacional del Libro en el Zócalo. Hemos de notar que aun cuando las ferias antes mencionadas han sobrevivido por más de tres décadas —algunas no mencionadas, más—, el halo que las cubre es de, todavía, reticencia, escepticismo y misterio, digamos, fundados. En tres décadas (o más) el hábito de lectura en los mexicanos no ha cambiado favorablemente. Recordemos que hace no mucho (tan sólo cinco años nomás) Gabriel Zaíd mencionaba en su ensayo “La lectura como fracaso del sistema educativo” que
Según la encuesta [la Encuesta nacional de lectura del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes], los mexicanos de 12 años o más leen en promedio 2.9 libros al año: 45.7% comprados, 20.1% prestados por un amigo o un familiar, 17.9% regalados, 10.2% prestados por una biblioteca y 1.2% fotocopiados. Sumando los comprados y regalados (63.6%, o sea 1.8 ejemplares), se pueden calcular los ejemplares vendidos: 103.3 millones de habitantes en octubre del 2005 x 75.7% de 12 años o más x 2.9 libros al año x 63.6% vendidos = 144 millones de ejemplares vendidos en el país el año 2005, lo cual parece exagerado.
En la ciudad de México (DF y zona metropolitana), según la encuesta, se leen 4.6 libros al año: 64.7% comprados, 16.5% prestados por un amigo o familiar, 10.2% regalados, 5.4% prestados por una biblioteca y 1% fotocopiados. Esto daría 18.5 millones de habitantes x 76% de 12 años o más x 4.6 libros al año por 74.9% comprados o regalados = 48 millones de ejemplares vendidos en la ciudad de México el año 2005, lo cual parece exagerado.»
Al comienzo del 2006 esas cifras, como bien leímos, eran exageradas. Ahora, al comienzo del 2012, lo son también. Tan sólo en el año 2010 las ventas de ejemplares, tanto en librerías como en ferias de libros. no rebasó la cifra de 137 millones de los mismos. En este caso, como bien explica Sara Cantera en una nota que puede leerse en la página electrónica del Fondo de Cultura Económica, en el 2010 «se vendieron 783 mil ejemplares en las siete principales ferias del libro del país». ¿A qué se debe todo ello? La respuesta nos la da la misma Sara líneas más adelante:
«Gerardo Jaramillo, gerente comercial del Fondo de Cultura Económica (FCE), comentó que hay dos tipos de ferias: aquellas con fines de venta como la del remate de libros y las de promoción, donde se dan a conocer autores y novedades.
“No creo que deba ser considerado como asombro que representen poca venta en términos de ejemplares, sino que tienen una labor de promoción y exhibición de los libros y materiales recientemente editados”, dijo Jaramillo.»
Pareciera ser que las ferias de libros —a paso y medio de convertirse en festivales—, en este país están dedicados al desarrollo mercadotécnico de las obras o autores, o ambos. Si fuéramos mal pensados —a dios gracias que yo sí lo soy— diríamos entonces que las ferias de libros, al funcionar como marco publicitario, segregan a una gran parte de los mexicanos. Al adquirir un libro en alguna feria del libro, y al ser aquél una novedad, el precio a pagar será demasiado alto—por supuesto que los precios son relativos—. Es por eso que las ferias de libros han dejado de ser un aparador sin cristal al alcance de todos para convertirse en una parte de la pretensión y presunción de unos cuantos.
Expliquemos mejor la parte de que los precios son relativos. Pero para eso es necesario revisar cuáles fueron los libros más vendidos en las principales librerías del país: Ghandi, FCE y Librerías El sótano. El libro más vendido con respecto a cada librería, consultado el dato el día 6 de febrero de 2012, es: Sótano, El prisionero del cielo de Carlos Ruiz Zafón; FCE, El hombre en busca del sentido de Víctor Frankl; Ghandi, El país de uno de Denise Dresser. Los precios son $348.00, $150.00, $229.00 pesos mexicanos, respectivamente. De acuerdo con la página electrónica del SAT, los salarios mínimos diarios vigentes a partir del 1 de enero del 2012, por área geográfica son: A, $62.33; B, $60.57 y C, $59.08 —sería fútil especificar que también estas cifras se encuentran en pesos mexicanos—, y de acuerdo con datos oficiales, más de 50 millones de mexicanos se encuentran en estado de pobreza. Para una persona que vive, por ejemplo, en el área geográfica A (por ser, irónicamente, el salario mínimo más alto) y gane $62.33 pesos, podrá comprar, por ejemplo, El hombre en busca del sentido (por ser el más económico de los más vendidos), con 2.41 días de salario mínimo pero íntegro.
Alguien increpa que entonces la culpa de la poca lectura en México y de los bajos estándares en las ventas de los libros es de los altos precios de éstos ¿no?, o de los bajos salarios. Ni una ni otra —creo—. De hecho no existen culpables palpables (cacofonía a propósito). Alguien más puede observar secamente que no es necesario adquirir libros nuevos para hacerse de un hábito regular de lectura, que de hecho no es necesario presentarse a las puertas de una librería o de una feria de libros. Alguien nos dice que aun cuando las ferias de libros o las librerías en sí mantengan un rango de precios alto (relatividad pura), nosotros, petulantes incansables de la buena lectura (o mala, ya no importa), podemos hacernos de unos cuantos textos a las afueras de las estaciones del metro —sí, de aquellos usados, de segunda, tercera, cuarta, o quinta mano, pero completos, jefe— a precio más que accesible. O en cualquier caso, si a usted no le gusta agacharse —porque comúnmente se encuentran en el piso—, o dedicar horas varias a la búsqueda de un título de su agrado, podrá, como siempre, contar con sus infatigables ferias de libros de remate —aquellos libros que tendrán su última y acaso única ocasión de ser leídos antes de ser destruidos para su futuro reciclaje. Una vez más puede verse, mal pensados, que la segregación ocurre, acaso no a propósito o con un fin malévolo o tirano, pero sucede.
¿A quién podremos culpar? Yo, en este caso, cito a Oliverio Girondo, quien dice:
La desorientación de mi generación tiene su expli-
cación en la dirección de nuestra educación, cuya
idealización de la acción, era —¡sin discusión!—
una mistificación, en contradicción
con nuestra propensión a la me-
ditación, a la contemplación y
a la masturbación…
