Juan José Reyes
De pronto ante el público lector aparecen libros de veras importantes, puestos en circulación en las arterias de la literatura y al aire libre luego de años de pacientes lecturas, pesquisas y deslumbramientos. A fines del año pasado, el Fondo de Cultura Económica dio a conocer uno de esos libros, debido a las luces de Tedi López Mills, una muy buena poeta mexicana: Traslaciones, justo título en tanto que sirve para dar cuenta de los climas, las estaciones, los campos, mares y montañas que mira desde su propia tierra un buen número de poetas mexicanos. Traducir es necesario, en especial para los poetas. En cada caso la tarea del traductor se origina en la voluntad de apropiación, o, para decirlo de una manera tal vez más precisa, de comunión. El poeta traduce las palabras, los versos, los poemas de otro poeta al percibir la necesidad de apoderarse de aquella voz creadora, o, de acuerdo con la precisión, de hacer aún más intenso el sentimiento de comunión que existe entre lo que registra la otra mirada y dice aquella otra voz y la mirada y la voz propias. El poeta/traductor tiene delante de sí mismo un haz de palabras que dan un sentido a una emoción, un sentimiento, una figura de la imaginación. A la vez, y aquí la fuerza seductora del poema que tendrá que vertirse a la otra lengua, hay una música. ¿Es posible traducir con fidelidad las palabras y la música al ritmo con el que corren o yacen mientras brillan? Hace ya décadas varios escritores de importancia —como Juan José Arreola, Marco Antonio Montes de Oca o José de la Colina— tradujeron “El desdichado”, el célebre poema de Nerval. Cada uno —habrán sido unos diez, doce escritores— facturó de modo distinto su versión. ¿Cuál habrá sido la más fiel? Lo altamente probable es que ninguna de aquellas versiones habrá sido del todo fiel al poema original. Pensar en la fidelidad absoluta es, en este campo, una pérdida de tiempo. Hay, eso sí y sin duda, como, recuerdo, ha señalado José Emilio Pacheco, aproximaciones. Tales aproximaciones poseen un doble valor: traen a una nueva constelación la obra primitiva y son ya una obra nueva. ¿Qué tanto de esa novedad es verdadero? ¿A quién le corresponde la autoría de la obra estrenada? Estas preguntas carecen de respuestas posibles, o al menos de respuestas de auténtico sentido, valioso. Lo cierto es que ahí está la novedad, con algunas notas musicales diferentes a las de su generatriz y con vocablos que sencillamente no estaban en aquel cuerpo. Queda, a no dudarlo, el espíritu, por decirlo así. Y no sobra decir que inclusive ese espíritu ha sido trastocado.
Es de mucho interés el muy breve prólogo de Tedi López Mills, en donde la autora se asoma a estos asuntos. En cuanto al contenido mismo del grueso volumen, dos cosas: es una continuación de El surco y la brasa, que hace cuarenta años, y también en el Fondo de Cultura Económica, publicaron el poeta Montes de Oca y su esposa Ana Luisa Vega. Traslaciones comienza su inventario con trabajos de José Emilio Pacheco (1939) y concluye con los de Alfonso D’Aquino (1959). Entre ambos tienen movimiento las miradas de poetas como Elsa Cross, David Huerta, Adolfo Castañón, Myriam Moscona, Fabio Morábito, Luis Miguel Aguilar, Francisco Segovia o Pedro Serrano. Los poetas más traducidos son Eugenio Montale, Fernando Pessoa y Wallace Stevens, a quienes acompañan autores remotos o cercanos, como Shakespeare o Cesare Pavese, William Carlos Williams, Pierre Reverdy, John Ashberry, T.S. Eliot.
Tedi López Mills (compilación), Traslaciones / Poetas Traductores (1939-1959). Fondo de Cultura Económica (Poesía), México, 2011; 875 pp.
