Sin contraparte
Jorge Carrillo Olea
Una de las pocas oportunidades restantes para los poderes de la Unión, de hacer un reconocimiento a la lealtad y entrega de las Fuerzas Armadas, hubiera sido el pasado Día de la Lealtad, espacio para un gran reconocimiento. Nada, su comandante supremo no sabe lo que es solidaridad, ni justicia, ni lo que significa ejercer con dignidad un don de mando. Mando sobre los que siempre estuvieron dispuestos a darlo todo, los guardianes de la patria, como esa efigie de bronce que los identifica.
Debió haber sido una conmemoración imaginativa, distinta en su diseño, en la que se reconocieran realidades eminentes. El propio presidente debió haber hablado y no de su monotemático “rollo” sobre el crimen y su guerra. Debió haber subrayado las virtudes militares. El mutismo presidencial no destacó como hubiera sido debido a la que es mayúscula: la Lealtad. No, la asistencia presidencial se redujo a una enigmática cabalgata. ¿Hacia otra Decena Trágica?
Las tropas han demostrado de forma indubitable que la lealtad del Ejército no se vincula con el partido que esté en el poder; que la entienden con claridad, entereza, energía y determinación; con firmeza basada en el valor, en el convencimiento sereno y acerado, sin ningún protagonismo, ni ambición, sin alardes ni vacilaciones. Han demostrado que el cumplimiento del deber, derivación de la lealtad, no tiene más límites que el sacrificio. Sacrificio del bienestar personal, de la deseable convivencia familiar y, en no pocas ocasiones, de la vida misma.
Reconocen con honestidad y pesadumbre que su conducta, distinguida por su verticalidad institucional, se ha manchado por actuaciones individuales intolerables. Las reprueban con verdadera indignación y porque han propiciado un desgaste al crédito que se ha otorgado por décadas de servicio con constancia y sobriedad. Las condenan y aplauden su sanción.
La opinión pública es más proclive a oír descalificaciones que elogios y esto también ha incidido negativamente. Desgraciadamente por décadas los gobiernos no se han ocupado de dar muestras de altura de su conciencia sobre su lealtad. La sensibilidad popular, la más auténtica, la que se expresa desde las llamadas clases populares, principalmente las que ocupan las medianas y pequeñas poblaciones urbanas y rurales, les profesan un gran respeto y admiración por el sencillo hecho de convivir de cerca con las muestras cotidianas del bien hacer militar. Aprecian cómo se benefician de los amplios espacios de su actuación desde que el pueblo es el receptor más sensible.
Pero su comandante no. El ignoró siempre, dentro de sus megalomanías, que el deber de obediencia no tiene una relación de correspondencia con el bien mandar. No creyó su deber el retribuir éticamente las diarias entregas al compromiso, en simple atención a lo que es el derecho natural.
Nunca tuvo en cuenta un antiguo refrán: “Los soldados ni ganan ni pierden las guerras, eso toca a los políticos”. Es cosa de él haber perdido la suya. No supo hacer honor a quienes por él se esforzaron, se sacrificaron. A aquellos que nunca pidieron nada por cumplir con un deber.
Si el presidente no quiso aprovechar esta su última oportunidad, 19 de febrero, Día del Ejército, como no lo hizo el 9, Día de la Lealtad, es su responsabilidad. El Ejército debe tener muy en cuenta que en el ánimo de los mexicanos sí se le guarda respeto, consideración y aprecio porque por encima de circunstancias transitorias se tiene la certidumbre de que el soldado es el “Guardián de la Patria”.
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