Protectora de jodidos, prole y similares

Carlos E. Urdiales Villaseñor

Al definirse la candidatura panista para Josefina Vázquez Mota, el tono del discurso y los destinatarios del mismo cambian de manera importante. Comienza la etapa real del mensaje que habrá de posicionarla frente al electorado nacional. La promesa de JosEvita.

¿Qué distingue a Josefina de Enrique Peña Nieto y de Andrés Manuel López Obrador? Y más complejo aún, ¿qué diferencia a Josefina de Felipe Calderón y de Vicente Fox?

De los adversarios es fácil. Por su procedencia ideológica, sus raíces políticas hacen parte del trabajo, el género se encarga del resto. Habrá de buscar comparar resultados panistas contra los antecedentes, cada vez más remotos, del PRI de Abel Quezada. Pero de los suyos, y sobre todo de la actual administración, Josefina está obligada a ofrecer algo no choteado, algo que no sume más promesas incumplidas, priistas o panistas, al imaginario colectivo.

Del priismo tardío, Luis Echeverria enarboló la bandera del tercer mundo que marchaba arriba y adelante, no hubo buenas cuentas, la economía nacional comenzó una espiral de un cuarto de siglo de crísis recurrentes, ni arriba ni adelante. En lo social, Echeverria carga hasta el último de sus días el epíteto de “asesino”. El juicio social reemplazó el juicio legal.

José López Portillo, último cachorro de la revolución, nos dijo que la solución somos todos, nos pidió llorando perdón por los sacrificios que continuaron y en algún momento de esos vertiginosos años ochenta, nos llamó a aprender a administrar la abundancia envuelta en barriles de petróleo. Lloró al final cuando dijo que defendería el peso como un perro. Construyó una magnífica mansión que fue bautizada como “La colina del perro”. Cimbró a la nación con sus discursos, con su personalidad y más con sus resultados.

Miguel de la Madrid llegó al poder ofreciendo renovación moral, es decir, tantita madre por parte de la clase política que se enriquecía de manera ostentosa mientras el nuevo presidente decía que no permitiría que el país se le deshiciera entre las manos. La tecnoclase política llegó y de la mano trajo los ajustes, pactos y compromisos con bancos multinacionales también. En el terremoto del 85, De la Madrid encontró su condena social, gris.

Carlos Salinas de Gortari sabía que más que prometer debía tomar para sí lo que México había demostrado al mundo, solidaridad. Ese fue el lema, ésa fue la estrategia y la mercadotecnia del segundo presidente más joven en el México posrrevolucionario. Con Salinas de Gortari se consolidó una clase política aún vigente, Manuel Camacho, Pedro Aspe, Paco Gil y el propio Ernesto Zedillo. Modernidad, visión, cambio de paradigmas para un PRI que batalló por acomodar su ideario a uno menos revolucionario y más pragmático, el liberalismo social. Salinas desafió a la nomenklatura política mexicana y el precio lo pagamos todos, no sólo Luis Donaldo Colosio. De tocar las puertas del primer mundo pasamos a negociar la paz con lo revolucionarios zapatistas.

Ernesto Zedillo ganó por y con el miedo de los magnicidios. Ofreció bienestar para tu familia. La ortodoxia económica se endureció y por fin pudo estabilizarla a nivel macro, acabó con las crisis de fin de sexenio y ya no heredó un tablero colgado con alfileres. Rompió con Salinas, lo tocó de cerca con la cárcel de Raúl y se acomodó en la historia de manera no calculada por nadie, el presidente que limpió el tiradero económico y además el de la alternancia, el de la sana distancia, el que anunció al país que el sucesor ya no sería otro priista.

Vicente Fox ofreció el cambio, tuvo que volver sobre sus dichos de sacar a patadas al PRI de Los Pinos, de atrapar peces gordos, tuvo que apechugar a su esposa y a los hijos de ésta. Dejó de hacer, vio pasar un sexenio entre ocurrencias y nadando de pechito. Su único afán político lo consiguió de chiripa, impedir que Andrés Manuel López Obrador ganara. Se metió con torpeza y contó con las propias de Andrés Manuel para su cometido, producto de la arrogancia de quien se vio antes de tiempo ganador.

Felipe Calderón se vendió como el presidente del empleo, no de la lucha por la inseguridad que apenas hace 6 años no figuaraba como el tema número uno de la agenda nacional, no imaginó 50 o 60 mil muertos en su sexenio, no podía saber de la influeza AH1N1 ni de la peor recesión económica de Estados Unidos y buena parte del mundo desde la Gran Depresión del 29. No pudo remontar la polarización social resultado de medio punto porcentual de diferencia a su favor. Calderón prometió empleo, no esto.

Parece que Jos…Evita apelará a ser la protectora de la familia, de los desposeídos, de cuidar el núcleo social que aún predomina. Su condición de género es una oportunidad casi maternal de ver por la seguridad, por el progreso, por la educación de todos. Quizá “descamisados” no estemos, quizá no manejemos el concepto de grasitas, pero qué tal el de jodidos, prole y similares.

Ya veremos pronto cómo la candidata panista define su estrategia, pero sobre todo su promesa. A ver si vemos una.

 

 

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