Patricia Gutiérrez-Otero y Javier Sicilia

No sabemos muy bien el porqué del nombre de esta columna. Imaginamos que cuando la gente escucha “pensar a fondo”, cree que es dejar de lado temas superfluos; y aunque así es, se pierde de vista que raramente algo es superfluo, porque éste no es el punto crucial, el punto es, más bien, desde qué perspectiva se considera el asunto o fenómeno del que se habla.

En las historias humanas no hay cosas superfluas, el desgarramiento es parte de nuestras vidas. Muchas historias, llenas de dramatismo, pueden volverse banales en la pluma de un reportero, y, otras, aparentemente insignificantes, develar su profundidad a través de la percepción de un artista. La consciencia de que somos “seres para la muerte”
—como dijo el filósofo Martin Heidegger— se hunde en nosotros profundamente, y señala nuestra fragilidad y vulnerabilidad, nuestro límite. Somos mortales. Esta es, al menos, la posición “dramática” en la que se basa el Occidente judeocristiano.

Otras tradiciones, occidentales o no, resuelven el enigma de la volatilidad del ser humano a través de la teoría de la metempsicosis o transmigración de las almas (Platón) o con base en la creencia de las reencarnaciones (el hinduismo).

Estas teorías no dejan de tener su encanto: tengo una oportunidad de crecer (cumplir mi tarea) en el ser en el que estoy encarnado actualmente durante este ciclo (una cucaracha, un gato, un perro, un delfín, un ser humano…) o de no hacerlo y recaer en una dimensión inferior: entonces, en mi nueva reencarnación, tendré que luchar por realizar mi karma para subir varias casillas en el juego kármico de serpientes y escaleras. Sin embargo, aunque esta posición religiosa parece dar más posibilidades para que el ser humano se libere, pues no todo depende de los actos de una vida única y particular, sigue teniendo algo dramático. Por lo que entendemos de ese universo tan culturalmente ajeno, no es deseable continuar en el ciclo de las reencarnaciones, hay que liberarse de él para llegar a la unión con el todo: la liberación.

Nuestra hipermoderna sociedad occidental en donde se teme tanto a la muerte que se le niega, o en que se lucha contra ella de muchas formas, entre ellas el uso de muchas técnicas que alargan la vida, lo que ha dado lugar a los estudios sobre la criogénesis o congelamiento controlado de un cuerpo para que llegue a su estado de sobrevivencia en un estado de disminución casi total de sus funciones orgánicas, yendo más allá de la hibernación de los osos.

La tecnología actual permite muchos acercamientos. Estudios de la biología, la física, la química, las ingenierías retan la fragilidad de los seres humanos y del universo físico en general y dicen haberlos dominado. Lo que hace que surja la pregunta, ¿qué queremos? Realmente, ¿qué tipo de vida queremos? Llegamos al fondo de lo superfluo.

Además opinamos que se respeten los Acuerdos de San Andrés, se bajen los salarios de diputados, senadores y otros servidores civiles, se detenga el acoso a los grupos indígenas, se limite a las transnacionales y al tlcan, se salve a Wirikuta, se acuda al diálogo para llegar a convenios… Que lleguemos a revertir la nocividad del sistema neoliberal.