Ricardo Muñoz Munguía
Nietzsche le da a la música la justa razón en nuestro ser. En una maravillosa expresión realza el que “Sin la música la vida sería un error”, con ello se justifica nuestra existencia en este mundo. El arte, en su amplio universo, nos junta en su bondad. Y alejarse del arte es una desgracia, como lo palpamos en la actualidad, donde alguien llama mentiroso a otro que también habrá de llamarlo de igual manera, donde la violencia, en sus distintas formas, es la reina a la que se le brinda la vida.
Un merecido homenaje a la música es el poemario de Eusebio Ruvalcaba. Para quienes tenemos el libro en las manos es un verdadero deleite encontrarnos con datos sobre los grandes de la música o anécdotas que los marcaron o el de señalar diversos aspectos que delinearon su carácter o su labor musical. Para Eusebio es un merecidísimo homenaje a su padre. Así pues, La música, sobre todo, es mostrar diversas manifestaciones que ganan el honor de reconocer al estupendo violinista Higinio Ruvalcaba, que en el arte musical colaboró como compositor y director de orquesta, además de dirigir recintos culturales tanto en su estado natal de Jalisco como en la Ciudad de México. La presencia del padre de Eusebio, Higinio Ruvalcaba, a lo largo de las páginas aparece salpicadamente. Por supuesto, su padre fue pieza fundamental en su formación musical, la que Eusebio retoma a través de las letras, con su voz se retrata en el poema “Eusebio Ruvalcaba”: “Tuvo dos preceptores: Mozart y Brahms./ Desayunaba a la mesa con Schubert,/ comía con Beethoven/ y cenaba con Schumann./ Perdió la cabeza cuando puso papel pautado/ en la máquina de escribir”. Las diversas estampas en las que están Schumann, Rachmaninov, Mozart, Chopin, Haydn, Vivaldi, Debussy, Revueltas, Borodin, Ravel, Liszt, Dvrák, Paganini, Chaikovski, Bach y, por supuesto, Higinio Ruvalcaba, por mencionar algunos, nos abre la puerta para nutrir el espíritu.
El arte musical, por supuesto, tiene sus hacedores, pero no olvidemos a los escuchas, que en cierta medida viven la transformación que provoca la música. Así pues, los ejecutantes de instrumentos, los compositores con el trazo de notas, hasta llegar a los propios instrumentos pasando por las anécdotas y los frutos musicales se encuentran en las páginas de La música, temas que interesan a todos. Por otro lado, la enorme sensibilidad del narrador, poeta, dramaturgo y periodista no sólo aparece, no sólo se deja ver, sino que atina a contagiar de lo que la música ofrece. No podemos dejar de mencionar el estupendo humor que bien motiva la risa, también nos abre la imaginación y, por ende, nos deja en la memoria diversas imágenes.
La música, volumen de versos de Eusebio Ruvalcaba (Jalisco, 1951), nos permite de algún modo adentrarnos en un túnel donde poesía y música muestran su estatura gracias a la brillante tarea que ha llevado a cabo el autor de la magnífica novela Un hilito de sangre. El poema abridor de La música, titulado “Beethoven”, a modo de ejemplo, delinea la fina estampa que se ocupa en el volumen: “Dicen/ que Jesucristo le tuvo envidia./ Le envió la sordera/ para silenciarlo./ Pero no pudo./ Mejor lo hubiera matado./ Dicen que a Beethoven/ se le mira en el paraíso haciendo música./ Que es incontenible./ Nadie lo invitó/ y está ahí./ Nadie le dijo ven/ y está ahí./ Rodeado de ángeles, arcángeles, santos y querubines,/ vírgenes y mártires/ cuya misión es distraerlo./ Conducirlo por caminos equívocos./ Las hojas de la música que deshecha,/ las arroja al vacío./ Son las nubes que vemos pasar.”
La música con La música puede contar con su tejado de dos aguas construido por Eusebio Ruvalcaba, y las paredes, que son raíces en el tercer apartado A modo de epílogo. El poemario se dicta principalmente en dos apartados, como debiera estar así trazado el cuerpo de la música. En el primero, Galería, se dan una especie de biografías poéticas que pueden encargarse de un instante o de una vida que fueron tatuajes en los hacedores de la música. En el otro, “Cadencia ad libitum”, está la otra cara de la música, como se menciona en el título del poema inicial de la segunda sección, “La otra cara de la música” a través del involucramiento con este arte y su ejercicio, y descubrir lo que podría ser cotidiano al enfocar el Ser de los instrumentos. Los ejecutantes como los hacedores de música, sobre todo, habrán de disfrutar a toda plenitud este bello libro que nos reafirma que la vida tiene una importante razón en nuestro ser, la estética que permea a la sensibilidad.
Eusebio Ruvalcaba, La música.
Unas letras (poesía), México, 2011; 130 pp.
