El primer golpe está dado
Humberto Musacchio
Con información escasa, difusa y confusa, el “gobierno” de Felipe Calderón difundió la firma de un acuerdo con Estados Unidos, el que establece una sociedad para explotar los yacimientos petroleros del golfo situados en territorio de ambas naciones.
Los firmantes fueron Patricia Espinosa e Hillary Clinton y fungió como testigo de honor el propio Felipe Calderón, que de esta manera comprometió un recurso natural propiedad de la nación, dizque para protegerlo del llamado efecto popote, según el cual, si México no explota el petróleo del subsuelo marino, llegarán las empresas gringas a succionar desde su territorio lo que es nuestro.
El pretexto que se esgrime para justificar lo firmado es que México carece de capacidad financiera y tecnológica para explotar los yacimientos marinos ubicados a gran profundidad, lo que es relativamente cierto, pues Pemex ha sido sistemáticamente descapitalizada en los últimos treinta años y no está en situación de adquirir la tecnología necesaria para la explotación.
Sin embargo, en lugar de plantearse un saneamiento de las finanzas de Pemex, el calderonato se empeña en entregar las riquezas nacionales a cambio de una incierta ganancia, pues si la extracción la realiza una empresa estadounidense, será muy lógico que sea para su beneficio, no para el de Pemex, que tendrá que conformarse con ser mero observador de un proceso donde la otra parte difícilmente cederá el control.
La señora Clinton, más consciente que su contraparte mexicana de la importancia del acuerdo, habló por supuesto de que el documento “genera nuevas oportunidades”, pero no para quienes vivimos al sur del Bravo, sino para las trasnacionales que tienen su sede del otro lado, pues “por primera vez ¾dijo la secretaria de Estado del país vecino¾ las compañías estadounidenses podrán colaborar con Pemex”.
El recordatorio de doña Hillary resulta oportuno, pues antes de la expropiación las empresas extranjeras no colaboraban con México, sino que hacían y deshacían a su antojo en territorio nacional. Después del 18 de marzo de 1938, Inglaterra y Estados Unidos declararon un boicot para no comprar petróleo mexicano e incluso cerraron sus puertos a los buques tanque que portaban la bandera tricolor.
En efecto, ésta es la primera vez que se llega a este extremo, pues ni gobiernos tan entreguistas como los de Miguel Alemán o Carlos Salinas se habían atrevido a tanto. Será difícil que en el Senado se apruebe un convenio que no arroja claros beneficios para México, pero lo cierto es que todo puede pasar. Por lo pronto, el primer golpe está dado.
