Y llegó para quedarse
Jorge Carrillo Olea
El que menosprecie a nuestro país como innovador de la cultura política occidental está ciego o piensa de mala fe. Nuestras grandes aportaciones al buen humor, además de Clavillazo, el Negro Durazo, Fox y demás ejemplos para el surrealismo, se adentran en la sociología de un hecho transformador de la vida pública.
Pero lo que se desea es seriedad para plantear un fenómeno que si bien no nació ayer, sí por sus dimensiones actuales es para registrarlo. Es una muestra más de la perversión que nuestra política está sufriendo y que parece que en plena ladera electoral toma aún mayor velocidad. Ningún partido se salva. Algunos candidatos a elección popular a lo que sea tienen interesantes méritos propios pero nunca es ésa la razón primordial de su selección. La primordial es el ahora de moda ius sanguinis, el derecho de sangre.
Sus nutrientes: la voracidad y la corrupción políticas. Sus fines: el enriquecimiento vía puestos de elección. Sus actores: políticos de todos los partidos, ya en puestos de elección popular o sus esposos o amantes, hijos, hermanos, cuñados, yernos, compadres, cómplices y demás, unos ya in situ, otros en trayecto.
¿Habrá manera de que nuestro país se sacuda esta degradación? Probablemente no. No, como casi toda forma de corrupción. Mientras quienes mantienen cualquier forma de poder, fuerza o influencia, ya sean miembros de eminencias sociales, políticas o civiles, sean simultáneamente los beneficiados y sus persecutores, nada la extinguirá. Esperar un redentor fuerte y puro a la vez es una expectativa de carácter bíblico.
Vista así, la genealocracia llegó para quedarse. Llegó para sumarse a tantas formas de corrupción como ya nos agobian. Todas se entretejen en la vida pública, sea ésta oficial, civil, eclesiástica, militar, parece que nada se salva. Los implicados parecieran decir: “Es el momento de dejar cubiertos a los nuestros, de capitalizar nuestros esfuerzos por tanto que hemos dado, acogiéndonos al derecho de sangre”.
Ningún partido puede sentirse incomodado por esta expresión, lo practican todos aunque es más visible en el PRI, el PRD y el PAN en ese orden. Es una práctica que aún no se analiza como sería necesario, al menos públicamente, en sus demoledores efectos. Tal vez el más contundente e inmediato sea el desánimo, la desilusión de las bases, sobre todo las juveniles, que ante este fenómeno no ven cuándo o cómo vaya a llegar su oportunidad. Están ante la antidemocracia. Pareciera que el talento, lealtad, constancia, adhesión o el trabajo partidista han quedado fuera de consideración si se antepone esta cáustica innovación.
La relación entre corrupción y política es mucho más profunda de lo que quisiéramos y que los políticos estaríamos dispuestos a admitir. En primer lugar, no hay que perder de vista que la corrupción no sólo es una acción más o menos consagrada como práctica simple, sino también como un importante medio de influencia con manifiestas ventajas respecto de la pura persuasión, por un lado, o bien la coacción por el otro.
La corrupción sigue y seguirá siendo un facilitador de la vida pública. Miguel de la Madrid rechazaba visceralmente esta frase e hizo lo posible por limitar su práctica. Creó la Secretaría de la Contraloría y las contralorías internas, pero sólo de burocráticos resultados, frecuentemente entorpecedores de los procesos administrativos. Por este camino de envilecimiento en su expresión genealocrática vamos a la ruina, hay que decirlo no con resignación sino con firme intolerancia.
Difícil predecir el fin de esta perversión. Lo que sí es absolutamente predecible es que por este camino de muy difícil retorno, vamos sólo hacia la inmolación consecuente. El envilecimiento de la política inevitablemente será el de la vida nacional.
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