Alberto Híjar Serrano

Antoni Tapies i Puig, fallecido el 6 de febrero de 2012, puso en imágenes el debate estético y su deambular del fascismo y el nazismo grandilocuentes al sinsentido de la vida cruel y la cotidianeidad grotesca. Por todo esto, hubo quien, como Worringer, ubicara a la tendencia antinaturista en el umbral de prescindir de toda narración para liberar a las artes de excesos de representación y a la crítica de afanes interpretativos. Otros, como Lukács, dedicaron numerosos escritos a condenar la angustia existencial compañera del idealismo ocultador de la monstruosidad de la guerra y por lo tanto, contra el realismo necesario para hacer conciencia. Ortega y Gasset, difusor en España de la filosofía alemana ontologista, describió la deshumanización del arte como situación extrema del mundo sin espíritu que tanto atribuló en México a Justino Fernández, empeñado en escribir la historia del arte moderno. Quizá quien atinó a clarificar el debate fue Román Jakobson al advertir que eso del realismo era un enredo de equivocaciones porque lo mismo se refería a la exacta descripción que a situaciones sin sentido como el contenido del bolso de Ana Karenina en el momento de arrojarse al paso de un tren o de los muebles en una habitación descrita por Flaubert que incluyen un barómetro. En otros casos es la intención del artista contestatario lo que parece dar sentido a esa masa informe llamada realismo. De más está a su entender, el ejercicio de Lukács de poner palomita de aprobación al margen de menciones a la revolución y el proletariado, y cruces de condena al lado de párrafos sobre la angustia y la melancolía.

Contra el exceso narrativo y progresista, el urinario de Duchamp, el gesto de Lucio Fontana navajeando telas y claro, el de Tápies incorporando el basurero y la calle pintarrajeada a las galerías, todo en beneficio de la realidad ampliada.

            Desde fuera de las escuelas llegó Tápies y su abundante obra llamó al escándalo: una truza en el centro de un espacio vacío, tachaduras rojas con brocha gorda, barnices encimados para hacer de las veladuras suciedad de muros con y sin rayones, señales de tránsito desorientadoras a ninguna parte, gestos de furia y dolor pintados y concretados en cosas de basurero, un gran calcetín usado como monumento de 18 metros para el Museo de Arte de Cataluña que lo redujo a 2.75 metros en una terraza interior cuando en 1991, el artista catalán era una celebridad internacional integrada a las vanguardias no figurativas aunque con lejana relación con las reducciones del op y del pop y más cercano al conceptualismo de la segunda mitad del siglo XX.

            Tápies declaraba y precisaba su admiración por George Mélies el fantasioso cineasta. Viaje a la luna corta -con y por el montaje de situaciones insólitas de historieta- todo sentido épico para propiciar la burla a la epopeya, esa que fatigan Hollywood y las televisoras mercantiles con fondo de trompetas rimbombantes. El montaje de atracción, como llamara Eisenstein a la secuencia insertada para romper la tranquilidad del espectador, es lo que a su manera practica Tápies con su universo de objetos fuera de contexto utilitario y del aura estética, pero sin despeñarse por la simulación literaria de los surrealistas como Dalí, Carrington, Bassi o Varo. Nada de psicoanálisis facilón ni épica ni tragedia, solo la complejidad de la urbana vida loca. De aquí su museo casero de objetos variados a la manera de la propuesta del museo sin muros de André Malraux. En el de Tápies coexiste el románico del asombroso museo ignorado en Barcelona con las porquerías del mercado de las pequeñas infamias y las banalidades para transeúntes distraídos.

            En abril de 2010, el rey Juan Carlos lo nombró Marqués de Tápies en un acto pletórico de idiotez monárquica en todo opuesto a la soberanía estética del artista y a la dignidad de Cataluña. Pocos eventos conceptuales involuntarios como deben ser para los descubridores de maravillas y abyecciones en el universo cotidiano, tienen la gran carga irónica que hizo a Tápies aceptar el dudoso honor. El 6 de febrero de 2012 murió el Marqués y que se sepa no hubo ceremonia real como funeral. Mejor.