Entre el desempleo, la subocupación y la informalidad

 

Magdalena Galindo

Aunque no se trata sino de la continuidad de varias tendencias presentes en la sociedad mexicana desde hace décadas, los datos sobre el empleo publicados por el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI) son sintomáticos del profundo deterioro de las condiciones de vida que han sufrido los trabajadores, y en este sentido resultan impactantes.

En principio pareciera una buena noticia que la tasa de desempleo disminuyó, aunque sea en una mínima proporción, al pasar de 5.43 en enero de 2011 a 4.90 en enero de 2012; sin embargo, hay que recordar en primer lugar que en general se considera ocupada, es decir con empleo, a una persona con que haya trabajado apenas ocho horas en total en la semana anterior a la que se levanta la encuesta, lo que por supuesto es a todas luces insuficiente para sobrevivir, pero que en términos estadísticos hace aparecer una tasa de desempleo menor.

En segundo lugar, otro de los datos publicados por el INEGI advierte que la tasa de subocupación, o sea de aquéllos que pueden y quieren trabajar más horas de las que han conseguido emplearse, aumentó de 7.94 a 8.83 por ciento, en enero de este año, comparado con enero del 2011. Otro indicador semejante, pero más ilustrativo, es de los que, o no consiguieron ningún trabajo o, independientemente de que no se les haya preguntado si habían buscado emplearse más horas, sólo consiguieron trabajar menos de 15 horas a la semana, y éstos, que se ubican en el rubro llamado ocupación parcial y desocupación, pasaron de una tasa de 11.16 a una de 11.25. Esta tasa es la que cuenta, porque no puede considerarse realmente empleado a quien sólo consiguió trabajar menos de 15 horas a la semana.

La realidad del mercado de trabajo todavía aparece más oscura cuando se observa que la ocupación en el sector informal llegó en enero de 2012 a 29.02 por ciento de la población económicamente activa. Si sumamos los desocupados y subocupados con los que laboran en el sector informal, significa que más del 40 por ciento de la fuerza de trabajo se encuentra en condiciones precarias, sin ninguna clase de prestación y por consiguiente con un ingreso insuficiente o de plano sin ingresos.

Se trata de una situación sumamente grave y que puede considerarse como una consecuencia directa de la crisis de la economía mexicana, y en especial de las políticas neoliberales que se vienen aplicando, cada vez con mayor rigor, desde 1982 hasta la fecha. Y es que de eso se trata, de reducir lo más posible los costos de la producción a fin de proteger las ganancias de los capitalistas. Y eso quiere decir que una gran masa de trabajadores quedan excluidos, esto es, se les despide y no vuelven a encontrar trabajo en el sector formal, o bien los jóvenes no logran entrar al mercado de trabajo. La población entonces tiene que recurrir  a lo que se conoce como estrategias de sobrevivencia que incluyen tanto el sector informal, es decir, los talleres de confección que no llegan a ser empresas ni se someten a la legalidad en cuanto impuestos ni por supuesto en cuanto a salarios y prestaciones, o el comercio ambulante que se ha multiplicado exponencialmente por ciudades y pueblos del país, o la mendicidad encubierta de los limpiaparabrisas, los tragafuego, los payasitos, los malabaristas improvisados de los cruceros. Otro refugio de los excluidos, si bien no aparece en las estadísticas de empleo, aunque es evidente que hoy los ocupados en el sector se cuentan por cientos de miles, son las ramas industriales de  la delincuencia organizada. Se trata de una realidad terrible del México de hoy, a la que han conducido las políticas neoliberales, que han determinado que los excluidos formen hoy ejércitos de millones de trabajadores que no pueden incorporarse a la producción.