Poiré, copia fiel de Calderón
Jorge Carrillo Olea
Siendo vocero presidencial sobre seguridad pública, el aún joven Alejandro Poiré nos tenía acostumbrados a un lenguaje oral duro, dogmático, sólo su versión era cierta, pero más allá de esa forma de expresión, frecuentemente su lenguaje corporal endurecido, principalmente el facial, revelaba en él algo que consternaba: un odio hacia las ideas, grupos o personas a las que se refería que creaban desazón.
Impresionaba también que un hombre joven, 41 años, educado e inteligente, permitiera que tan oscuros sentimientos lo desbordaran. Eran vivísimos efluvios de su energía negativa hacia sus temas y hacia el público, emergiendo una gran subjetividad. Pena por él. Muestras de su inmadurez, de su falta de serenidad, de control sobre sí mismo.
Los actos de odio tienen lugar cuando una persona busca actuar lacerando intencionalmente a otra o a un grupo en función de su pertenencia a un determinado grupo social, afiliación política o religiosa, discapacidad u orientación sexual, cuando no se acepta el derecho racional a discrepar y sólo se da lugar a resentimientos, venganzas u odios, y éste es el caso.
La actitud descrita en Poiré se ha moderado sutilmente en cuanto al lenguaje corporal a partir de su nombramiento como secretario de Gobernación, pero no así sus pensamientos y oralidad, que siguen transmitiendo cargas de cólera y desprecio hacia todo lo que no es propio. Sectarismo, intolerancia, fundamentalismo, condiciones muy propias y presentes en la extrema derecha y muy lamentable en un funcionario de su responsabilidad, que no encuentra suficiente explicación en su bisoñez.
Es obvio que por su juventud e inexperiencia, todavía no ha cortado su cordón umbilical con Felipe Calderón y en vez de crecer con ideas u actitudes propias siga, como seguidor e intérprete fidelísimo de aquél, a su imagen y semejanza, siendo muestra de lo que es asumirse como modelo pigmalioniano.
Su reciente explicación, que no venía a cuento de que “los motines se dan en los reclusorios estatales, no en los federales” (sólo le falto decir que de estados gobernados por el PRI) es muestra de su odio hacia lo ajeno, pero no tuvo en cuenta que quien es dominado por arrebatos cae en olvidos. No tuvo en mente que fue de un reclusorio federal del que escapó Joaquín Guzmán hace once años y que durante dos sexenios panistas no ha sido recapturado por sus correligionarios.
Hemos sugerido que Poiré es copia fiel del original: Calderón, a quien imita a cada paso y angustiosamente parece que el modelo a imitar cada día será peor. Calderón da muestra de gobernar con el odio como guía de su conducta y que ese odio lo lleva a olvidar que su investidura le demanda gran dignidad en cada acto. Ese olvido lo rebaja, pierde la gran altura de su sitial e incurre innecesariamente en la controversia terrenal cargado de encono.
Ese encono lo llevó a exigir la expulsión de Carmen Aristegui de una radiodifusora. Su odio se canalizó la semana pasada contra una señora a la que irritado mandó callar porque pedía explicaciones por alguna falta de ayuda. Hoy su aversión por lo que es distinto a él, lo ha llevado a canalizarlo mediante una injustificable provocación enalteciendo los supuestos avances de su candidata a la elección presidencial. Esto será quizá sólo una manifestación de la aversión hacia el PRI que según Manuel Espino narra para Julio Scherer, fue el padre mismo de Calderón, el señor Luis Calderón, el que lo enseñó a odiar a ese partido, sólo porque no existía el PRD. Odia a Cuba no sólo a Fidel, a Chávez y a Sarkozy.
También surgen de él ya a cinco años de ostentarse, que como canalización o concretización de su odio, con un alto nivel de conciencia y definición conductual, como un personaje desleal, insolidario, vengativo, rencoroso. Estas condiciones psicológicas en un hombre con su poder lo hacen particularmente peligroso, no solamente para su encomienda sino en lo individual para todos aquéllos que él cataloga como sus enemigos. No admite a nadie como leal antagonista, sólo ve enemigos.
La identidad de este carácter en algunos de sus colaboradores, como Javier Lozano o Molinar Horcasitas, es una multiplicación del riesgo de ser odiado. No son pocos los que se manejan en la vida pública con ese envenenado carburante en su ánimo. Enfrentan con odio todo aquello que de manera prejuiciosa juzgan distinto, sea una persona, institución, idea o circunstancia. Calderón no debería por ahí presidiendo a más de cien millones de personas llevando el odio como sentimiento central.
Esta actitud de él y sus operadores centrales acusan que los días por venir estarán cargados de nubes grises. Por su naturaleza los meses siguientes serán difíciles. Más difíciles serán si a la serenidad, la mesura, la cordialidad las sustituye el rencor no sustanciado.
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