M3: Movimiento Migrante Mesoamericano
José Jacques y Medina
La emigración es un fenómeno mundial producto de la desigualdad política, económica y social generada por el sistema neoliberal que ha provocado el éxodo de los pueblos, reduciendo a los seres humanos a simple mercancía. La expulsión de emigrantes de sus lugares de origen se debe a la ausencia del empleo y de oportunidades para su sobrevivencia. La falta recae en los gobiernos donde abunda la corrupción y la sumisión al extranjero.
A partir de ahí, la ruta de la emigración está rodeada de extorsiones. La indefensión y extrema vulnerabilidad del emigrante es moneda de la moderna mercadería humana. Empresas millonarias que lucran a través del secuestro masivo, la trata de personas y del mercado de órganos, son fenómenos criminales donde ha quedado demostrada la complicidad de los gobiernos al omitir descaradamente políticas publicas de protección a quienes en estado de movilidad buscan llegar a su destino.
Ya en el lugar de destino, el común denominador es la explotación. El egoísmo del capitalismo salvaje demanda obtener mayores ganancias por la vía de la explotación y ha convertido la emigración en un sistema de esclavitud moderna en el cual, para generar mayor plusvalía y asegurar su reserva de mano de obra barata, se aprueban leyes racistas promotoras de la exclusión de derechos humanos, constitucionales y laborales de los emigrantes. Derechos flagrantemente eliminados con lo que se evita la acumulación de antigüedad, de derechos adquiridos y del debido proceso de ley.
De esta manera, la emigración es tema principal en procesos electorales actuales en una sociedad que enarbola la supremacía racial, y encubre las fallas de su modelo neoliberal, culpando al emigrante de la crisis humanitaria que vivimos.
Sin embargo, a pesar de las calamidades económicas de esta época global, el factor proactivo de la emigración es su movilidad global, promotora de la emancipación universal. Su exilio forzado se traduce en internacionalismo proletario al no reconocer fronteras, ni nacionalidades y que demuestra su fuerza al promover, en las entrañas de las urbes imperiales, movilizaciones inéditas para reclamar sus derechos económicos, políticos y civiles.
Así, la migración nos obliga a concebir una nueva visión binacional y a impulsar una política renovada que se sustente en el respeto a nuestra soberanía y promueva la cooperación para el desarrollo con los países vecinos, sin militarización, ni intervencionismos; sin muros que nos dividan y confronten, política que nos obliga a revisar los tratados de libre comercio buscando cooperación no militar, sino de crecimiento económico y generación de empleos, para eliminar las causas que generan la emigración, y protejan los derechos humanos y laborales de quienes cruzan la frontera por necesidad. Predicar con el ejemplo y proteger a los emigrantes centroamericanos quienes, en tránsito, intentan llegar también a la frontera norte.
Esta es la visión humanitaria y esperanzadora donde el emigrante es el protagonista transportador de riqueza cultural y anuncia que: Ningún ser humano es ilegal, todos los derechos para todas y todos, sin fronteras, “que a dónde tu vayas, seas bienvenido/a” (Miguel Angel Ramírez, filósofo del pueblo indígena wayúu).
