Juan José Reyes

Han de haber sido los chilangos los que pusieron a circular la expresión “flor de asfalto”, empleada para resumir su destino. Si aquí nos tocó, como se dice en La región más transparente, de Carlos Fuentes, de aquí no nos sacan (aunque algunos busquen en la provincia refugio, en vano, y consiguiendo hacer de aquellos parajes fraccionamientos conurbados sin carácter ni vitalidad mínima). Nada a la vez parece sintetizar mejor la dialéctica actitud del morador de la Ciudad de México que los títulos de dos célebres poemas (escritos con intensidad en plena época de ebullición del nacionalismo cultural y con no velados toques de intolerancia por Efraín Huerta): “Declaración de odio” y “Declaración de amor”. No sería sino con las más recientes generaciones que la gran ciudad dejó de suscitar sentimientos tan hondos, para provocar más bien sólo sensaciones. En cuanto a los escritores la preferencia trajo una avalancha de textos que privilegiaban lo que bien llama Vicente Quirarte lo siniestro: la noche, lo densamente oscurecido, lo prohibido como campo de una liberación buscada. Lo cierto es que la magnífica ciudad ha sido vista a lo largo de siglos del modo en que dice el adjetivo aquél: una ciudad majestuosa, única, maravilla trasatlántica. Y una ciudad magnética: no resulta fácil abandonarla, es memoria y futuro compartidos, con toda su elegancia y con todas sus miserias.

En nuestras letras nadie como Vicente Quirarte se ha afanado con tanta fortuna por saldar sus deudas con su propia vida citadina. A Quirarte habrá que agradecerle la fluidez de su prosa elegante, su luminosidad, y su vastísimo conocimiento en zonas varias: la historia metropolitana, la historia de nuestra literatura, la historia de la gran literatura del mundo. En este libro, titulado con un verso del mucho más nombrado que leído José Martí, Quirarte anda a pie, en carruaje y en forcito por la historia de la Ciudad de México al lado de autores que la soñaron o la vivieron (¿no es en cierto grado un pleonasmo la expresión?) De Miguel de Cervantes a Elena Poniatowska, pasando por Balbuena, Cervantes de Salazar, Juan A. Mateos, Francisco Zarco (a quien el autor dedica uno de los apartados más justos y notables), el gran Agustín Yáñez (otro texto espléndido), Juan Rulfo. De la modernidad, sólo a manera de ejemplo va la referencia, Quirarte espiga la puesta en la calle de la mujer nueva en la poesía de Gutiérrez Nájera. El libro en fin es encantador en varios sentidos: un libro sabio, fresco, original, imaginativo. Un libro de amor irremediable.

(Por último, no puedo dejar de contar un breve episodio: un sábado en la mañana, a comienzos de los años setenta, cuando nos veíamos varias veces a la semana, íbamos Juan Rulfo y yo a bordo de su Rambler American, amarillo. Él manejaba. Nos dirigíamos hacia el sur, sobre la avenida Revolución. En un alto Rulfo me dijo: “¿No le parece que esta avenida es la más fea del mundo?”. Yo le respondí que sí.)

Vicente Quirarte, Amor de ciudad grande.
Fondo de Cultura Económica / Universidad Nacional Autónoma de México
(Vida y Pensamiento
de México), México, 2011; 226 pp.