Claudia Morales

Cerró las cortinas para evitar que la resolana entibiara el cuarto, aunque lamentó esconderse del paisaje. Dejó una rendija abierta. Volvió a la cama, observó la pantalla de su computadora, tenía dos correos del trabajo contestados a la mitad, pero en lugar de continuar redactándolos Edna no pudo quitar el ojo de una pequeña ventana de conversación.

La última vez que había hablado con Eugenio lo hizo por teléfono, entonces, le pareció poco probable que volvieran a comunicarse, así que intentó retener la costumbre de su acento gutural, sus muletillas y los titubeos de su voz. Él dijo algo trivial antes de despedirse, ignorando la solemnidad fílmica que ese evento debía tener, era ridículo que dos personas con una educación similar, con un monótono estilo de vida, infestados de las películas dramáticas de todos los géneros, se despidieran con tanta irrelevancia, como si faltara muy poco para verse, tomar un café o ir por unas cervezas, como si aceptaran que la vida de dos personas comunes que se encuentran, estuviera siempre regida por una lógica mediocre. Edna no corrió por él al aeropuerto, ni intentó despedirse con un discurso revelador antes de que tomara el avión, en lugar de eso, le dijo: bye y cerró el celular después de oírlo colgar, se puso el teléfono en la boca mientras orinaba y regresó a la cama, un amigo se había quedado con ella la noche anterior. Abrázame, le dijo.

Justo ahora, años después de esa llamada, años que ella ocupó haciendo las mismas actividades de cualquier otra persona, él volvió a aparecer, pero en la pantalla de la computadora que trajo a Resort Paraíso para contestar correos urgentes.

Hola. Le había escrito, Edna se quedó leyendo las letras expresivas pero lacónicas de su saludo y le escribió una serie de preguntas casuales ¿Cómo te va en el trabajo?, ¿cómo ha estado tu papá?, ¿viste las noticias?, sí, terrible situación; pero de pronto, casi de la nada, después de un comentario que pensó frívolo, la conversación viró de tono, fue como el equivalente a que él, en medio de una plática amistosa de rencuentro, le rozara la mano y ese acto los llevara a intercambiar una mirada tensa que desencadenaría de nuevo ese impulso fílmico en ambos y ellos, que no han vivido, o no recuerdan ninguna otra vida, tendrían que besarse, tendrían porque es la inexorable lógica de sus tan adiestrados impulsos. Con ese mismo raciocinio ella le escribió: ¿Qué te gustaría hacerme en la cama?

Edna apagó la laptop y la dejó sobre las blanquísimas sábanas del cuarto, bajó a la recepción, su esposo la esperaba, tenía puestos los lentes de sol y leía una revista de turismo; Fede había sucumbido a fingir interés en ella para evitar que lo molestaran los agentes de turismo, que los habían estado acosando para que compraran un paquete vitalicio de vacaciones en Resort Paraíso, que Edna se negó a aceptar, no le agradaba la actitud de las vendedoras, la habían asediado desde que llegó al hotel, y mientras bajaba las escaleras esquivó a dos empleadas más que intentaron abordarla; sobre todo ahora, no tenía interés en lidiar con nada. Después de lo que acaba de ocurrir con Eugenio, el internet y la conversación en la que se habían inmiscuido, lo único que deseaba era ir a la playa, alejarse del cuarto y del resort.

No creía que aquella conversación calificara como infidelidad, aunque tampoco la angustiaba demasiado que lo hubiera sido. Llegó a donde estaba Fede, lo besó. Su piel estaba tibia. ¿Y tu madre? Fede siempre invitaba a su madre a sus vacaciones.

Salieron sin ella para que Federico pudiera tomar el paquete turístico de pesca que habían comprado en el hotel, llegaron por ellos en un diminuto cochecito de golf con el logo del hotel: dos palmas caribeñas entrelazadas con un listón celeste; Edna se subió y se puso bronceador en el camino a la playa. No le molestaba ir a pescar, en realidad le gustaba observar a Federico a todas horas, le gustaba ver la forma en que guardaba sus cosas para hacer una maleta, se colocaba los lentes de sol y se ponía crema protectora sobre la nariz. A su esposó lo había conocido en el trabajo, él fue su jefe hasta que la cambiaron de área, pero siguieron viéndose, él la consultaba siempre con el pretexto de que confiaba más en su criterio que en el de la nueva encargada de diseño. Se casaron pronto y sin dudarlo, desde entonces, tomaban siempre vacaciones en esa época del año, en un destino diferente, pero siempre acompañados de Edith, su suegra.

Ésta era la primera vez que venían a la playa y su marido había decidido comprar el paquete de pesca, no estaba mal, los subieron a una lancha que los llevó al barco adornado con el mismo logo de palmeras caribeñas. Edna pidió una cerveza para beber mientras su marido pescaba, también llevó un libro pero no pudo concentrarse lo suficiente para comenzarlo, eso sí, le gustaba cómo se sentía, la forma en la que la pasta se amoldaba a sus manos. Fede se sentó a cierta distancia de ella, lo suficiente para poder vigilar la caña de pescar, cruzó las piernas, tenía granos de arena que resplandecían entre sus vellos. Edna cerró el libro, hacía mucho tiempo que no venía a la playa, había olvidado la incomodidad de la humedad y del sol, la última vez fue cuando viajó a Barcelona con Eugenio, un año antes de conocer a Fede. Del viaje recordaba un día en particular, había discutido con Eugenio toda la noche, pero decidieron seguir con el recorrido turístico pese a que estaban molestos; recorrieron Parc Güell y compraron postales. Aunque casi no hablaron, Edna tomó algunas fotos para Eugenio y él hizo lo mismo. Salieron del parque e intentaron seguir caminando pero el calor los había aturdido más que la pelea, entraron a un bar. Edna seguía rehuyendo platicar con él, se sentía herida por algo que ahora no podría recordar. Pidió una cerveza. Él también estaba enojado, le temblaba un poco el labio y resoplaba como un niño, Edna sonrío. Sudaban. Ella sentía cómo el sudor le escurría por los muslos, le hizo una señal con la mano. Dejó la cerveza transpirando sobre la barra, se secó los dedos con una servilleta y entró al baño, pronto oyó que él empujaba la puerta; sintió sus brazos tibios alrededor de su cintura, se subió la falda y se quitó las pantaletas, las guardó apretándolas entre los puños.

¡Mira!, Edna, picó uno. Edna vio cómo Fede jaló con fuerza el hilo de la caña de pescar y una lisa plateada se agitó enterrándose más el anzuelo en la boca. Le gustaba ver a Fede realizando toda clase de actividades, incluso orinar, así que aplaudió la muerte de la lisa.

Pasaba de la hora de comida cuando llegaron al club de playa, para eso tomaron de nuevo el ridículo coche de golf. Fede la ayudó a bajar, le gustaba cómo sus manos tenían siempre una amigable calidez. La mesa del bufete estaba atiborrada de turistas gordos, los meseros corrían de un lado a otro rellenando las cacerolas y los platos. Identificó a su suegra sentada en una mesa junto a la alberca, vestía una bata blanca, Edna sintió que sus pantalones de adolescente eran lo menos adecuado para la playa. Intentó arreglarse el cabello y pidió una cerveza. No encontró ningún tema para conversar con ella y se dedicó a observar el mar, siempre se encontraba como una tonta frente a su suegra y Edith rara vez le dirigía la palabra, en cambio, la trataba con una misteriosa condescendencia, era como si le dijera: yo sé. ¿Sabría de la conversación de hoy? ¿Podría saberlo? Edna la vio limpiar la marca de labial de su popote y recogerse el cabello en una cola de caballo; algo que siempre la llenaba de curiosidad sobre la madre de Fede era ese sentido de importancia que emanaba, había sido una simple maestra de preescolar, nunca visitó un país extranjero, fue pocas veces turista, la mayor parte de esas ocasiones lo había sido gracias a que Federico la invitaba a sus vacaciones; sin embargo, era una mujer que aparentaba conocerlo todo, o quizá no era así y lo que ocurría era que Edna se sentía intimidada ante una mujer, que significaba todo para Fede y de quien su esposo había aprendido a caminar y hablar.

Intentó ocuparse en otra cosa, pero no pudo, recordaba como la visión de un gato negro, la conversación de la mañana. Era grotesco recordar específicamente las palabras de su última diálogo con Eugenio, sobre todo porque hacía más de un año que no había hablado con él hasta entonces, incluso le parecía que esa inconveniente plática había sido algo intrascendente, sucesos de la vida off the record. Bebió el último sorbo tibio de su cerveza, pensó en su papá, lo extrañó. Pensó en Eugenio. Pensó en que ella en el cuarto de ese hotel en Resort Paraíso había deslizado sus dedos dentro de su vagina, pensando que era Eugenio quien lo hacía, deseándolo, imaginando su olor, recordando la forma en que se comportaba en la cama.

¿Cómo estuvo la pesca? Edna observó a su suegra, había olvidado que estaba ahí, buscó a Fede con la vista. Él la saludó desde la alberca.

Bien, pescamos dos lisas, no muy grandes, pero se las cocinaran a Fede en la cena. Su suegra le sonrió. Todo es posible en hoteles como éste, un gran castillo de arena, veo a la gente y pienso en mi juventud, nunca fui a un lugar tan elegante era imposible, mi padre era un señor de campo, ¿sabías? Y luego después de casarme con el papá de Fede, ya sabes que  quedé viuda muy pronto… agradezco siempre que mi hijito sea tan generoso con una vieja jubilada y boba. Un mesero se acercó para rellenar con agua mineral su vaso. Edna no supo si debía o no contestar, o si había algo que debía replicar a eso como esposa de Federico, volteó a la alberca y sonrió a su marido. Son tiempos distintos, le dijo al final.

Bueno, sí y al mismo tiempo es el mismo tiempo. Por ejemplo, tú sabes, así como nosotros vemos estrellas que ya han muerto, es posible que desde otra estrella o planeta, nos observen a nosotras, pero no nos verían a ti o a mí en este hotel, en esta mesa, nos verían en otro momento histórico. Incluso cuando la tierra hubiera dejado de existir. Siempre pensé, ¡oh pobres estrellas, nosotros las observamos desde acá y ellas están muertas desde hace siglos y no lo saben! pero es lo mismo para nosotros, quizá en este momento, en este mismo momento, tú y yo apenas estamos coincidiendo en este hotel tan bonito, por una milésima de segundo una coincidencia tremenda: una insinuante coincidencia diría yo. Edna la había estado oyendo con mucha atención, era por momentos como éste que se sentía incómoda con su suegra, le parecía más que inteligente: ingenua y extravagante. Estaba a punto de contestar, pero Federico le pidió que le alcanzara una toalla, se paró de la mesa y pidió a uno de los asistentes de la alberca que le dieran una seca. Regresó con su suegra, pero ella había cambiado de tema de conversación, aunque esta vez tampoco pudo comprender del todo lo que le decía. Aun así, decidió que le gustaba su compañía, observó las curvas de sus pechos que se intuían debajo de la bata, eran los mismo pechos que su esposo había mamado, quizá los había acariciado, inocente, con sus manitas cálidas.

Más tarde, en el cuarto, Edna se quitó la ropa frente al espejo y observó sus pechos, quizá ella tendría un hijo que bebería leche de ellos y un día él acariciaría los pezones de otra mujer y esa mujer, su suegra, Fede y Eugenio, desde otro punto en el espacio estarían muertos. Desde otro lugar en el universo todos ya estaban muertos. Universo le pareció una palabra muy vacía para esa contradicción, se puso agua en el rostro, se metió a la regadera. Pensó en los pechos tiernamente arrugados de la madre de su esposo, tocó los suyos, insolentes y redondos.

Recordó un día mientras estaba con Eugenio, ella había despertado temprano para poner café, le sirvió una taza, se la llevó a la cama, pero él seguía dormido. Edna sintió el calor de la bebida entibiándole las palmas de la mano, pero no se atrevió a interrumpirlo. Él despertó, la observó también durante un rato, no habían hablado, no dijeron nada trascendente, ni interesante, no sabía bien por qué recordaba eso en especial y no pudo recordar qué había ocurrido después. Oyó a su esposo entrar al cuarto. Escuchó que le hablaba, pero no pudo descifrar lo que decía, estaba muy lejos aún. Fede empujó la puerta del baño y le siguió contando algo sobre el itinerario de mañana, oyó cómo subía la tapa del escusado. Edna abrió la puerta de la regadera, lo saludó. Sus gotas de orina chocaron con la taza, Fede continuó hablando, pero Edna seguía sin poner atención, le gustaba verlo: observó sus nalgas, el cuerpo que conocía, los vellos delicados de su espalda, la forma de su cabeza vista por detrás. Sin esperarlo, se topó a sí misma en el espejo del baño: ahí estaba ella, húmeda y desnuda, contemplando a Federico. Una coincidencia. Entonces, pensó que quizá desde el espacio ella no estaba en el baño del cuarto de un resort junto a la playa, sino caminando con una taza de café entibiándole las manos, mientras cruzaba el pasillo que llevaba al cuarto de aquel departamento en Madrid. O ni siquiera eso, quizá desde otro espacio no existía ya ni siquiera eso.