Donde la política es todo

René Avilés Fabila

La ciudad capital padece toda clase de problemas, entre otros un pésimo sistema de transporte público y un elevado nivel de contaminación, visible, incluso. La publicidad de aspirantes a senadores, delegados y diputados, sobre todo del PRD, le concede un feo aspecto con un desagradable rostro llamado contaminación visual.

Una multitud de obras simultáneas hacen que el tránsito sea lento y pesado. A ello hay que sumarle marchas, plantones, vendedores ambulantes por miles y miles. Por más que las autoridades se ufanen de la seguridad que tenemos los capitalinos, no pasa un día sin atracos espectaculares y asesinatos. Hace un par de semanas fue asesinado un profesor de la UAM-I para robarle su paga. El crimen fue de día y en una zona poblada.

No es necesario hablar de la inmensa corrupción del gobierno capitalino, de sobra es sufrida por los habitantes, aunque Armando Quintero no la vea en el área que le corresponde: Secretaría de Transporte y Vialidad. Total, tampoco Marcelo Ebrard cree en su existencia. Ambos imaginan, por ejemplo, que los microbuses son ejemplares, cuando la lista de accidentes y muertos por accidentes que los choferes han provocado sea ya larga.

Honestamente, el Distrito Federal es un infierno, y en el papel de Satanás tenemos al “mejor alcalde del mundo”. Para qué hablar del ecocidio que ha significado la destrucción de miles y miles de árboles para privilegiar el automóvil.

Pero hay cosas, dado el festivo carácter del capitalino que tiene la necesidad de divertirse a cualquier precio, que no debería fomentar el Gobierno del Distrito Federal bajo pretextos de salud física. En una ciudad bien gobernada, con tan altos niveles de contaminación, producidos en buena medida por el transporte público, ruinosas carcachas, no es posible organizar carreras de toda índole: de ciclistas y de corredores. El deporte al aire libre provoca infinidad de problemas que sólo se notan a mediano plazo, cuando ya es tarde para evitar una enfermedad pulmonar o de piel.

El diario La Crónica de la semana pasada protestaba: “Carreras de bicicletas… bajo una capa de esmog”. Se llevó a cabo, como todo lo que quiere imponer Ebrard.

La respuesta a su terquedad es normal en México: da buenos resultados políticos, las personas están felices y así lo indican las estadísticas de risueños capitalinos. El reventón a toda costa. Por eso el Gobierno del Distrito Federal ha convertido monumentos funerarios como el de la Revolución en puntos de festejos de toda índole,  junto a los restos mortales de varios héroes de la gesta, la burocracia perredista inventa toda clase de fiestas, incluidas las que hacen en honor a personajes televisivos.

El deterioro de la ciudad capital, por más segundos pisos que le pongan, avanza. Sin embargo, de nada sirven las protestas, al final, Ebrard se sale con la suya y los capitalinos, masoquistas como somos, volvemos a las urnas a votar por ellos.

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