Ricardo Muñoz Munguía
(Segunda y última parte)
Los signos de que se ocupa Miguel Ángel Muñoz en su Fuego de círculos están persistentemente clavados en sitios estratégicos a lo largo de los poemas. Estrategia que, al finalizar el volumen, nos provoca el sabor de habernos internado por un mismo sitio donde cada uno de esos signos terminan por formar un solo cuadro, paisaje abierto con el fino toque del escalpelo poético y que provoca el hundimiento de la mirada hasta el subconsciente.
Entre tales signos, como lo señalé en la entrega anterior sobre la luz y el silencio, también destacan el mar que atraviesa y rebasa los horizontes, agua que nace y renace y muestra sus conexiones, como se presenta en “Ausencia”, en que Muñoz la atrapa: “La nieve no es transparente/ sino prisionera de luz.// Ella está en reposo/ y fluye bajo el Sol// Sed, deseo y transparencia/ bajo el destino del tiempo/ que abre centelleos junto a las laderas”. El tiempo es una presencia importante en los versos de Miguel Ángel, quien voltea hacia los rastros del tiempo que paralelamente corren junto con los poemas: “Evocar ramas en el tiempo,/ aguas extendidas/ en un cielo arañado/ interminable”. Por último, otra constante que, quizá, mejor se afianza, es la del cuerpo del espejo, en el que se traza la dualidad provocada por la fuerza del reflejo: imágenes vertidas en sombras, palabra transformándose en luces. “Espejo de agua,/ único signo/ que expande mundos”.
Fuego de círculos, como es de esperarse, se acompaña de ilustraciones, en este poemario, de Ignacio Iturria. Las imágenes prevalecen en la figura de la palabra para dictar el panorama de la memoria, un recorrido en que se conjuntan la pintura con el poema y destellan su reflejo para fundirse en un mismo cuadro/poema.
Miguel Ángel Muñoz, Fuego de círculos. Praxis, México, 2011; 60 pp.
