Juan Antonio Rosado
La historia se repite una y otra vez. Tras las libertades, la represión. Antes del surgimiento del nacionalsocialismo en Alemania; antes de la conformación de los fascismos en Occidente, el poeta hindú Rabindranath Tagore había denunciado el espíritu bélico y de conquista como centro y origen del nacionalismo. Esta idea, sin embargo, puede aplicarse a cualquier movimiento organizado para excluir, destruir, purgar, a fin de generar una sociedad “higiénica” donde no quepa el “mal”. Cuando un gobierno se convierte sólo en una organización de poder —y no en un servidor del pueblo—, son pocos los crímenes que no esté dispuesto a perpetrar en nombre de cualquier justificación. Tagore tiene razón al afirmar que el éxito es el objeto de una máquina. Si se trata de una maquinaria para aniquilar, su único fin es la muerte. Es, en efecto, una máquina la que domina nuestro país. El ser humano es suprimido porque ya no cuenta sino como ser mecánico. En el momento en que se aleja del engranaje y deja de ser mecánico, su lugar en el mundo carece de justificación.
Las cosas han empeorado. Las cifras, los números siguen dominando las naciones. El éxito —siempre efímero— no ha dejado de ser, al mismo tiempo, una trampa mortal en que constantemente caemos para salir y volver a caer. Podrá purgarse la sociedad de lo que el Estado considera maligno, pero esa purga será cada vez más efímera y alimentará las larvas de los nuevos males, que brotarán doblemente sin ser vistos. Nuevas generaciones de delincuentes —tanto en el gobierno como en la sociedad— se desarrollarán imperceptiblemente.
En nuestro país, como en el resto del mundo, el éxito —tanto a nivel individual como colectivo— se ha convertido en un fin en sí mismo. Cuando esto ocurre, se regodea en su soberbia y cruza sus propios límites, destruyendo —a veces sin desearlo— cuanto hay alrededor. A la larga, quien llegó al éxito saldrá de éste hacia la vaciedad. La competencia ha sustituido la cooperación porque una humanidad personal ha sido sustituida por una humanidad corporativa, institucionalizada, que rige incluso los deseos y carencias de la población. El poder entonces es pura abstracción —como los números— y se separa de los individuos; ejerce su dominio de forma corporativa, partidista o personalista, pero olvidándose de los individuos, de su dolor, de su desesperación, y usándolos más bien para acrecentarse y reivindicarse.
Una organización unilateral, que huye del diálogo, cuyo interés es egoísta o complaciente de intereses personales, se halla constituida por el hombre político y el comercial; allí, el hombre moral ha dejado de existir y ha sido sustituido por la eficacia de los números, de las fórmulas. Nuestra sociedad se ha estado petrificando de forma sistemática. Nuestras ingentes abstracciones de eficiencia y rapidez han matado todo atisbo de vida y nos han hecho inclinar la cabeza ante el poder profesional, ante una maquinaria para asesinar que cubre la nación entera.
Vuelvo a Tagore, quien en un pasaje se refiere al ser humano cuyo poder mental y material se ha desarrollado muy por encima de su fuerza moral. Lo compara con una jirafa cuya cabeza de repente ha brotado arriba, a kilómetros de distancia del cuerpo, lo que hace difícil la comunicación entre ambos: “Esta cabeza codiciosa, con su enorme organización dental, ha estado masticando todo el follaje alto del mundo, pero el alimento llega demasiado tarde a sus órganos digestivos, y su corazón está sufriendo por falta de sangre. De esta actual desarmonía en la naturaleza del hombre, el Occidente parece haber estado felizmente inconsciente”.
¿Podrá una civilización tan polarizada como la nuestra seguir ignorando la salud, la educación, las bases morales para continuar en la competitividad infantil, produciendo cada vez más cadáveres, y también cada vez más bienes materiales, y con ellos una perpetua inflación? Mientras no haya regulación ética, todo seguirá a pique porque no hay restricciones sobre los apetitos individuales o gubernamentales cuando se trata de ejercer control, dominar o crear miedo entre la población.
