Mary Carmen Sánchez Ambriz
Desde que se inauguró al público la Estela de Luz, no se ha detenido la polémica a su alrededor. Un grupo de artistas independientes lanzó una convocatoria que fue bien recibida: invitó a rebautizar al monumento más costoso y polémico del país, la Estela de Luz. “A mo a too, matarile, rile, rón, qué nombre le pondremos, matarile, rile, rón”, cantaba entusiasta, magna voz en mano, Luigi Amara. De forma pacífica, se emprendió la construcción de una torre —y no de Montaigne por algunos ensayistas convocados— sino de cartón, emulando a la gran estafa luminosa del sexenio. “La nuestra nos costó 77 pesos”, presumían algunos de los miembros del colectivo La sensacional inoperante.
Los que iban de visita a Chapultepec, quienes acostumbran dar paseos dominicales en bicicleta, los transeúntes que iban sobre Reforma y Lieja, los que atendieron el llamado en varios medios electrónicos y en las redes sociales, formaron parte de este acto simbólico. Cada persona podía tomar un plumón y escribir el nombre que debería tener este inmueble. Después iba con su cartel y lo pegaba en ese pequeño muro de lamentaciones que fue levantado. Bajo el rayo del sol se gestó una cascada —de luz— de calificativos ingeniosos, coléricos, ácidos, irónicos que compartían algo en común: la indignación. Así comenzaron a desfilar los apelativos: La conjura de los necios, La torre de los indignados, El fraude al cuadrado, La Torre Mayor vs. La Torre Peor, La estela de la inconciencia, Y nosotros con focos ahorradores, La mierda geométrica, Estela del ladrón, La lamparita de la vergüenza, Qué horror no se puede ser más ratero a lo descarado, Estela de morbo no de orgullo por la Independencia, La estrecha de razón, La torre de la sangre, El robo del sexenio, La nueva silla presidencial, Estela de los esquilmados, Palito de mantequilla, La torre de los Pisa-dos y Monumento al México que no quiero, entre otros nombres.
Un niño tomó espontáneamente el marcador y colocó en el papel: “La luz chafa”. Después de que corrió a pegar su propuesta, uno de los asistentes, encubierto en una gran caja de cartón, en donde se hacía llamar: Anonymus Prime, simuló derrivar la Estela de Luz cartonera, y así mostró su enojo.
El colectivo La sensacional inoperante está conformado por Antonio Calera Grobet, Adrián Calera Grobet, Julio Ramírez, Amaury Gutiérrez, Miguel Ángel Cid, Alejandro Ortiz, Luigi Amara, Vivian Avenshushan, Ignacio Plá, Andrea Fuentes y Leonel Sagahón. Este acto de renombrar a la Estela de Luz tiene otro propósito: crear conciencia entre la comunidad cultural e invitarlos a que no participen en actos culturales que se piensan organizar próximamente hasta que no se aclare el excesivo gasto que se realizó. Se sabe que la sep tiene planeado entregar la Estela de Luz al Conaculta para que en la planta baja sea un espacio destinado para cine, multimedia y arte.
Tras la lista de epítetos, los organizadores iniciaron el juego de “Atínale al precio”. El público debía decir cantidades y así llegar a la estratosférica cifra que se invirtió. Aquí había tres opciones: la cantidad que se presupuestó inicialmente —393 millones—, la que dijeron las autoridades que se gastó —1,035.88 millones— y la extraoficial —1,575 millones. La gente decía un número y la joven del altavoz replicaba: más, más, más, hasta llegar a los tres montos. “Así de grande es el despilfarro”, se escuchó entre los asistentes.
Los integrantes del colectivo recordaron lo que expresó Juan Villoro cuando se inauguró el monumento: “Desde el principio, el proyecto fue un despropósito monumental. La convocatoria invitó a diseñar un arco para conmemorar el bicentenario. Dejemos a un lado el reparo menor de que en la historia de las ciudades el arco se asocia con triunfalismos romanos y napoleónicos bastante alejados de la valoración de nuestra patria. Lo decisivo es que se propuso una forma concreta y numerosos arquitectos ofrecieron respuestas de interés. ¿Qué hizo el jurado? Premiar una torre”. Y no de Montaigne.
