Halina Vela

Desde que se subió al vagón del metro y me miró, sentí un escalofrío por todo el cuerpo, como si me llevara la delantera en una complicidad compartida. Sí, de algún modo me era familiar.

A lo largo del trayecto, la imagen de mi amiga y esos ojos clavados en mi persona se volvieron lo mismo. ¡Quién me iba a decir que él era Rubén, el novio de Luisa, el que siempre encontró excusas para no conocer a nadie de su mundo. Todo fue muy raro desde el principio. La visitaba únicamente de noche y se iba antes de que amaneciera. Luisa aceptó todas sus condiciones. Eso sí, debe haber sido un buen amante porque el brillo en los ojos de mi amiga la encandilaban a una con sólo oír su nombre. La veíamos girar alrededor de su órbita como uno entre tantos planetas alrededor del sol. Para Jorge y para mí —que éramos sus mejores amigos— Rubén era un hombre casado o arrejuntado; mi amiga, una más de tantas. Y él, cual típico macho, nunca quiso usar condón.

Cuando ella le dijo que tenía tres meses de embarazo recibió la primera golpiza por negarse al aborto. Yo la vi al día siguiente, toda ella era un solo moretón, pero ni así hubo manera de denunciarlo porque ella ni siquiera tenía su teléfono, y seguro hasta su nombre era falso: Rubén Fuentes.

La segunda paliza no tardó mucho, y lo peor, mi amiga le dio la razón: ¿quién le garantizaba su paternidad? Porque esas mentadas pruebas del adn eran una vacilada. Ella tenía otro amante, así vinieron la tercera y cuarta golpizas, en la quinta la mató. La policía no pudo hacer nada, ni un dibujo hablado. Ninguno de nosotros lo conocía.

Para el Ministerio Público Luisa resultó la responsable de lo ocurrido. El tipo que le tomó la declaración a Jorge le comentó: “por andar de calientes luego ni se fijan con quiénes se meten. Las dejan bien serviditas y se los quieren amarrar con su domingo siete, pero ya ve, el tiro les sale por la culata”.

El caso se cerró por falta de pruebas. Como no quedaban parientes vivos, fui yo la que recogió y guardó todas sus cosas. En una pequeña cajita escondida bajo su cama encontré, junto al crucifijo de su madre, una foto que parecía haber sido rota y pegada varias veces, tal vez las mismas que ella luchó para dejarlo. En la parte trasera de la fotografía, en una dedicatoria sin firma apenas legible se leía: “para mi chiquita”.

Han pasado dos semanas de la muerte de mi amiga y tengo la sensación de que me espían. Jorge debe ir a la provincia por asuntos de trabajo, y yo decidí mudarme de vivienda.

¡Cómo se pasa el tiempo! Luisa cumplió ayer seis meses de muerta. Estoy en el Metro frente a un sujeto extraño, y por absurdo que parezca, me la recuerda. Finalmente llego a mi destino. El carro se vacía. Salgo de la estación. Él me sigue. Cada vez se acerca más. Inevitablemente nos dirigimos a un callejón sin salida. Está oscuro. Sabe que nadie llegará, yo también. Disminuyo la velocidad de mi paso. Él me alcanza. Me dejo hacer. Susurra frases en mi oído. De pronto dice: “mi chiquita”. Comprendo. Pienso en el extravío de mi amiga, recuerdo su mirada resplandeciente después de estar con él, y deseo girar en su misma órbita, después… ¡qué importan los después!