Francisco Martínez Negrete

Como su título indica, De la vida retirada, el libro más reciente de poesía de César Arístides (Ciudad de México, 1967), no deja de hacer alusión a la Oda 1a de Fray Luis de León, si bien casi seis siglos de existencia separan ambos textos. Esto se debe, en primer lugar, a que César es buen conocedor de la tradición latina de poesía bucólica que en Horacio, Fray Luis de León, Garcilaso de la Vega y Luis de Góngora encuentra, entre nosotros, a sus más altos exponentes, así como al hecho de que el poeta, desde su más temprana niñez, ha tenido y conserva un cercano contacto con San Lucas el Grande, tierra de sus mayores, enclavada en la bella serranía de Puebla, que con sus campos, nubes, bosques, estanques, riachuelos y extensa profusión de vida natural constituye el marco idóneo o background esencial donde toma lugar y se desarrolla el poema. Porque, hay que decirlo, el de César es un largo poema que, dividido en 3 secciones (La Anunciación, El Hundimiento y La Buenaventura) precedidas, cada una, por tres octavas reales, y compuestas por nueve, once, y trece cantos respectivamente, escritos en verso blanco y seguidos, en cada caso, por una octava real y un poema en prosa, revela una cuidadosa y deliberada voluntad estructural y estilística así como la pericia del poeta para desarrollar su arte y moverse con soltura en todas estas formas en las que la tradición convive de la mano con la actualidad más delirante.

Podemos entonces afirmar que a César Arístides y a Fray Luis los une un evidente amor por la forma. Sin embargo, si las liras de Fray Luis son un elogio a la vida retirada como elección consciente de escape del mundanal ruido, de la agitación y alterados trajines que conlleva la vana búsqueda de poder, riqueza, prestigio y vanagloria, para tomar “… la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido”, en el poema de César la vida retirada toma el cariz de inevitable o fatal consecuencia de la conjunción de una temprana y dolorosa conciencia de la muerte, un amor —y desamor— vividos hasta sus últimos y más amargos términos y una creciente y devastadora susceptibilidad ante el alcohol, mismos que desembocan en una negra depresión y en un obligado retiro de la vida para poder, mediante el auxilio de ansiolíticos y antidepresivos, lidiar con ella. Este solo hecho acerca más al libro de César Arístides a obras de poesía en gran medida autobiográfica que se desarrollan desde el principio de la alienación o locura tales como la del romántico Friedrich Hölderlin, y, más cercanas entre nosotros, la del sudamericano Martín Adán y la del enorme poeta español contemporáneo Leopoldo María Panero.

Llámese indistintamente ausencia, botella o mujer, la fatalidad que asola al poeta y que lo anula en el espacio vital lo lleva a re-tirar su vida, es decir, a volver a tirarla ante sus ojos y los del curioso lector, ahora en forma de versos: a replantearla, en el espacio mismo del poema, para mejor entender la extensión de su avería. El poema, entonces, adquiere un talante terapéutico, como el espacio mismo donde el poeta puede confrontar su enfermedad o desazón proyectándola, mediante la “alquimia del verbo”, en versos que, conforme avanzan la enfermedad —y el poema—, van siendo presa de una mayor sinestesia o “largo, intimidante, inmenso y racional desarreglo de todos los sentidos” tal como preconizara Arthur Rimbaud, otro poeta con quien César Arístides coincide en más de un lugar.

En efecto, el bucólico y luminoso tono de elegía pastoral que acompaña los primeros cantos del libro pronto se ve intimidado por oscuras inquietudes y premoniciones que descubren “…sobre el ardor de nuestros pechos/ entre la piedad el corazón el sudario/ el círculo de niebla el anhelo con rabia/ y los días doloridos que nos invocaban” (p. 18). A la niñez campirana rodeada de hermanos y de una fe un tanto sofocante aprendida en la escuela pronto suceden terribles golpes y reveses que despojan al poeta de su inocencia para causarle profundas heridas emocionales que lo conducen a un espacio de alienación y de una consecuente subversión de todos los términos de correlación del lenguaje. Es entonces que, desde la óptica trastocada por el dolor, “Dios es latido de animal que columbra el desprecio/ surco ciego en sorda sonata de soledad/ alarido cándido en la boca tapiada/ donde la razón es madre muerta/ hermano destazado y mujer que me abandona/ habito pasmado quemado en herrajes/ aguardo dichoso la jeringa el sedante y el derrumbe/ espero el amanecer negro de la resurrección” (p.25). Acaso estos versos pudieran sintetizar la dirección, el tono general y el espíritu de este oratorio o largo poema que, escrito sin una coma de por medio, se vierte como un aluvión o cascada de intermitentes y sobrecogedoras imágenes acaso contenidas en una Imago mayor, la de un profundo, radical y despiadado ajuste de cuentas del poeta con su vida que, al ser exorcizada de sus principales demonios —ya lo decía William Blake: “el camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría”— puede, entonces, acceder al estadio, tan caro a Fray Luis, de la serenidad.

Con este intenso, logrado, notable poema César Arístides parece cerrar de modo contundente y definitivo el ciclo de experiencia que abrieran sus anteriores libros para posicionarse como un poeta genuino en pleno y cabal ejercicio de sus facultades. Habrá entonces que esperar para ver qué dirección habrá de tomar y qué nuevas sorpresas habrá de depararnos. Baste por ahora saludar con emoción la cuidada edición y publicación de este libro, singular y energético como un trago de vitriolo, en el a menudo letárgico e innocuo panorama de la poesía mexicana actual.

César Arístides, De la vida retirada, Agrupación Para las Bellas Artes, Sonora, México, 2011; 106 pp.