Régimen depredador y descapitalizador
Humberto Musacchio
Desde hace décadas, con el aplauso de los últimos gobiernos del PRI y los dos que hemos sufrido del PAN, la tecnocracia repite que Petróleos Mexicanos está al borde de la quiebra y que lo mejor es abrirla a la inversión privada, nacional y extranjera, pues en eso no se hacen distingos porque, ya se sabe, el capital no tiene patria.
En forma recurrente se culpa a los trabajadores de la mala situación financiera de la paraestatal, pues además de percibir altos salarios ¾dicen¾ tienen un régimen de prestaciones capaz de hundir cualquier empresa. Lo que se callan es que desde el gobierno, antes los priistas y ahora los azules, se amamanta a los líderes charros, se fomenta la irresponsabilidad laboral y se tiene por resultado baja productividad, pues eso precisamente es lo que se busca.
Otra cantilena es el presunto subsidio que se otorga a los mexicanos en las gasolinas, subsidio que se está comiendo las ganancias de Pemex y que lleva a una quiebra segura, afirman los tecnócratas y comentan con ceja levantada los periodiqueros a su servicio. Parecen olvidar que de cada litro de combustible, los mexicanos pagamos cerca de 90 por ciento de impuestos, más lo que se acumule esta semana.
De la situación financiera hay que culpar a tododiós y omitir que, desde los tiempos de José López Portillo, Pemex ha sido la nodriza de un fisco que castiga a los de en medio, ignora a los de abajo y privilegia a los de arriba. Pero nuestros gobernantes de ayer y de hoy descubrieron que todo podía seguir igual sometiendo a la paraestatal a un régimen fiscal depredador y descapitalizador que, de paso, permite que la profecía se haga realidad.
Las inmensas ganancias de la empresa nacional se las lleva el gobierno en forma de impuestos. Le quita, incluso, recursos indispensables para la exploración y la operación, para reinvertir y dar un adecuado mantenimiento, pues se trata de convertir la empresa en chatarra que se pueda vender muy barata. Una prueba: pese a que México importa más de la mitad de la gasolina que consume, no se presta un adecuado mantenimiento a las refinerías existentes, que operan, la más eficiente, la de Tula, al 88.6 por ciento, y la de más baja productividad apenas a 45.5 por ciento. Si las seis refinerías existentes operaran a toda su capacidad, la importación de gasolinas podría reducirse a la mitad.
En fin, que una burocracia privilegiada y corrupta está encargada de llevar a la quiebra la empresa emblemática de nuestra posible independencia económica. Habrá que hacer algo para evitarlo.
