Miguel Capistrán

La vida de Nahui Olin transcurre en un país que a principios del siglo XX aún vivía bajo el peso de una hiperbólica mojigatería que ahogaba la plena realización vital de sus habitantes, sobre todo del conglomerado femenino, que si bien, como en todas partes, estaba sujeto a una hegemonía masculina que impedía verdaderamente la libertad de las mujeres debido a ese dominio que se magnificaba por el machismo que hasta la fecha caracteriza a esa nación, que resulta ocioso mencionar que se trata de México, como ocioso resulta igualmente señalar que todavía en pleno siglo XXI el estado de cosas no ha cambiado mayormente en general, aun cuando la mujer mexicana actual en algunos aspectos de su existencia es desde luego, con sus asegunes, una persona diferente de sus antecesoras de tiempos pasados.

Ahora bien, no obstante el carácter restrictivo y de hecho asfixiante en el que vivía anteriormente el sexo femenino, mientras el hombre gozaba y sigue gozando de todos los privilegios que le otorga su condición de omnipotente al grado de que hoy como nunca se ha llegado a un creciente número de feminicidios como se observa no sólo en nuestro país sino también en España por ejemplo, hay que decir que no obstante esta situación, en las primeras tres décadas del siglo anterior surgieron en México varias mujeres que, además de inteligentes, esforzadas, seguras de sí mismas y que en particular se rebelaron contra los convencionalismos de su época, contra todas las cortapisas que limitaban desde la franca manifestación de las ideas hasta la permisividad respecto a la libre disposición del cuerpo humano.

Así, en virtud de ese universo masculino prepotente y en una sociedad inmersa hasta el tope en la gazmoñería, surgieron los nombres y las actitudes libérrimas de Carmen Mondragón, (Nahui Olin) Antonieta Rivas Mercado, Dolores del Río, una aristócrata que, como se decía antes, se fue de cómica a Hollywood, Frida Kahlo, Lupe Marín, Concha Michel, Isabel Villaseñor, o Elvia Carrilo Puerto, que en el Yucatán de los años veinte consiguió el voto para las mujeres, por mencionar sólo este puñado de féminas fuera de serie que destacaron de muchas maneras en ese pletórico universo de manifestaciones culturales del período vasconcelista y de años posteriores.

De una de ellas, de Carmen Mondragón, a quien el Dr. Atl bautizara como Nahui Olin, una avezada, consumada investigadora, Patricia Rosas Lopátegui, nos ofrece el fruto espléndido que es su más reciente trabajo en el que aborda tanto la figura como la obra de esa mujer fascinante que fue Carmen-Nahui, y así, en la investigación que hoy nos entrega, revela nuevas y sorprendentes facetas de la personalidad de una mujer que en primer lugar destaca por su extraordinaria, singular belleza y señaladamente por la singularidad de sus sorprendentes y felinos ojos que durante el día desafiaban al sol y en la noche refulgían como los de una pantera.

Esa mujer que por eso recibió el llamado de Hollywood, al cual no acudió no obstante su enorme belleza que, tengo para mí era superior a la estrella de los años veinte Gloria Swanson, su contemporánea.

Pero divago, decía que a la ya conocida capacidad de pintora y caricaturista de Nahui, se añaden ahora las muestras de su incursión en el mundo de las letras de lo cual vienen en este libro los testimonios de su producción poética y las pruebas de sus reflexiones de hondura filosófica, vale decir, de sus preocupaciones existenciales que la revelan como una más que interesante pensadora.

A todo ello se añaden reproducciones de su obra plástica, la que originalmente dio a conocer Tomás Zurián, su apasionado admirador, que en esta ocasión encamina sus afanes sobre lo que llama “La incontenible pasión por servir” (de Nahui Olin) en el texto introductorio del volumen con el cual añade un texto más a su incansable tarea de revaloración de esa mujer que lo sedujo para siempre desde que la descubrió por medio de una fotografía.

En fin, este notable trabajo de rescate se complementa con las visiones y comentarios de otros escritores y admiradores de esa mujer que destacó en el México de hace ya casi un siglo por tantos aspectos como trae a cuento este formidable y fructífero esfuerzo acometido por Patricia Rosas Lopátegui, quien una vez más ha volcado su atención sobre las mexicanas excepcionales que han ido lenta y rotundamente manifestando su presencia en un país que ha ido relegando su presencia en infinidad de actividades, pero que demuestran sus capacidades excepcionales y no sólo la abrumadora mayoría que hoy tienen en términos demográficos.

En la bibliografía de Patricia que ha estado dedicada a mujeres de calidad singular, sus afanes en torno a Nahui Olin se ven coronados con este esfuerzo que merece el más amplio reconocimiento, que hay que hacer extensivo a Tomás Zurián, quien inició la recuperación de esa figura notable de nuestro universo nacional.