Luis Terán

 Ni unos personajes son reales porque sean
ellos mismos, ni otros son mentiras porque
den su voz a nombres que no han existido.

Adolfo Bellido López
(A propósito de su estudio crítico de

Sunset Boulevard, de Billy Wilder)

 Pasearse por las películas en donde las estrellas de cine fulguran y nos deleitan a los cada vez menos aficionados al cine de divas, uno de los placeres más instructivamente ociosos que depara la revisión de films del pasado remoto (el cine silente) hasta los años treinta, cuarenta y cincuenta (auge y gloria del cine sonoro), algo que generalmente para los escritores y directores ha sido el ejercicio de creación más provechosamente banal, ponderan, qué objeto del firmamente cósmico va a brillar más en ese espacio-tiempo del mundo cinematográfico. Un momento decisivo, sutil y evanescente, imposible de atrapar en la realidad porque es fugaz, aunque siempre se puede comprender intelectualmente; objeto de análisis, de investigación, de estudio nunca completamente terminado; de tal instante surge una especie de “pathos”, un fragmento de placer, pieza indescifrable en el laberinto de una obra de arte.

Observemos de pasada a Greta Garbo  como la bailarina en Gran hotel y Margarita Gautier en La dama de las camelias; también en Reina Cristina y en Mata-Hari. En Anna Karenina, de Tolstoi y en Anna Christie, de O’Neill, dos máscaras trágicas y radiantes.

Los críticos de cine, los verdaderos, especies de magos en extinción, se congratulan en descifrar la Roseta fílmica y tras varias capas de artificios, encuentran la historia de un rostro, un instante de hora y media en el infinito serpenteo del celuloide en todas las películas del mundo: Joan Crawford en Un rostro de mujer de George Cukor. Sara Montiel en Piel canela.

Un personaje, una secuencia, el boceto de un escenario, unos parlamentos que dan vida de golpe, y de cuerpo entero enfrentamos a una mujer que como Rita Hayworth en La dama de Shanghai, de Orson Welles , repetida en espejos múltiples, los que la han venerado como Afrodita lo fue en Éfeso, saben que también es Gilda; una mujer que como Lana Turner dirigida por Vincente Minnelli en Cautivos del mal (The bad and the beautiful), se desborda angustiosamente en mil pedazos en una situación límite porque también ha sido la motivación de un crimen en El cartero llama dos veces, de Tay Garnett; y ha logrado que un cineasta italiano de renombre, acepte sus condiciones en Imitación de la vida, de Douglas Sirk, sin alterar su glamuroso busto de diosa de Hollywood. Una mujer que como Ava Gardner clave su mirada de reptil venenoso en un confiado boxeador sueco, Burt Lancaster en Los asesinos, ejercicio maravilloso en cine expresionista del cineasta alemán, Robert Siodmak. Las miradas de la Gardner se tornan lúgubres aunque engañosamente fastuosas cuando es Pandora en el holandés errante y la víctima, James Mason, acepta su destino con su habitual resignación, su acostumbrado fatalismo.

Una mujer que como Judy Garland no sólo es rostro, también es voz y es un conjunto de canciones y de letras que la desproporcionan esquizofrénicamente;  ella es la jovencita del mítico mago de Oz, además es la señora de Norman Maine en Nace una estrella, de George Cukor, un resplandeciente homenaje en vivo y en vida, más allá de cualquier estatuilla dorada, más valioso que mil veces ganar un Oscar, Judy Garland es Judy Garland, luminosa, trágica, deslumbrante, inigualable, única en su especie, la cumbre más alta después de todos sus éxitos con Minnelli en una cadena fílmica con la Metro Goldwyn Mayer; Judy Garland es la estrella que nació mucho antes de que la descubriera Norman Maine en la ficción, excepcionalmente encarnado por James Mason en la obra maestra de George Cukor hecha en la Warner para gloria eterna de la Garland.

Tal es uno de los deleites que procuran las películas con divas. Tan denostados los adictos como los propios films. Resultan atractivos porque han sido fraguados en un taller en donde los sueños y las ilusiones se confunden, los críticos serios se escandalizan, tienen miedo a lo cursi, al melodrama, a las emociones, a la manipulación de los sentimientos. Y las divas, verdaderas furias, monstruos de una eficacia extraordinaria, imponen su tiranía a veces hasta con un solo gesto, único pero definitivo. Dominantes, hechiceras, confirman que viven en el celuloide (y en video, claro) total, íntegramente para seducir fatalmente a nuevos espectadores, seguras de la adoración de sus antiguos súbditos. Más allá de las fronteras fílmicas se extiende lo inefable: ¿hasta cuándo nos atrapa un argumento al que no cabe oponer el menor reparo porque su eje central es una diosa que transforma de inmediato las debilidades en fortalezas? Hasta qué punto ese carácter deliberado que tiene el hábito de imponerse a sí mismo, habla de una búsqueda sistemática de permanecer al margen de la vida, es el caso de las estrellas de cine como Gloria Swanson que interpreta a Norma Desmond, desdoblamiento de la propia Swanson en Sunset Boulevard, de Billy Wilder, una da vida a la otra, transitan ambas y sólo es una que camina por una escala que baja y al mismo tiempo sube, según los cálculos visuales de Escher.

¿Quién es Stella Maris?

El arquetipo de la estrella es que por citar a una grande, Bette Davis no deja nunca de hacer el papel de Bette Davis, aunque sea la mujer de Mr. Skeffington, una de sus máximas glorias fílmicas; puede calificarse de “Davis assolutta”. Su percepción de su propio papel en La malvada (All about Eve) degrada necesariamente a Margo Channing, personaje central de la película y desdoblamiento de  Davis, para no quedar en un segundo plano frente a la villana de la historia, Eve Harrington porque la obra es de Davis y nunca de Channing o de Harrington (este último papel actuado por Anne Baxter), mucho antes de que la película empiece a contar su historia. Bette Davis es Margo Channing y no tiene ni necesita ningún logro en La malvada, su descubrimiento sobre la traición y abuso de confianza de su asistente, sólo le permite reflejar un rostro; y en sus ojos, un cambio de mirada, la mirada de una diosa que por encima de todas las cosas, lanza su exuberancia narcisista.

     Stella Maris, aunque paródica, es una deidad fílmica “summa”: pretende ser sin proponérselo muy en serio, un conjunto de divas que traen como resultado una figura tan esencial como importante, dentro del “pantheon”, templo de todos los dioses, del cine latino: María Félix, Sara Montiel, Dolores del Río, Miroslava, Zully Moreno, Mecha Ortíz, Tita Merello, Libertad Lamarque, Rosita Quintana, Leticia Palma, Marga López, Silvia Pinal, María Elena Marqués, Elsa Aguirre, Esther Fernández, Ana Luisa Peluffo, Kitty de Hoyos.

     Stella Maris, como personaje es a la vez, visiblemente excesiva, difícil de mantenerle el paso, una fuente inagotable, pródiga de inventiva, aunque su cambio de perspectivas, desconcierta por constante; de otra suerte es deliberadamente opaca puesto que no se ofrece al público en charola de plata como muestra la cabeza de San Juan Bautista, Herodes a Salomé; ella no sabe si está siendo ella misma o actuando como ella misma.

     María Félix viaja a España e Italia  para actuar desde fines de los cuarenta hasta mediados de los años cincuenta en versiones fílmicas de obras de autores de privilegio: Mare Nostrum, de Vicente Blasco Ibáñez, Una mujer cualquiera, de Miguel Mihura, La noche del sábado, de Jacinto Benavente (Premio Nobel); La corona negra, de Jean Cocteau , Mesalina, adaptación del propio director Carmine Gallone de diversas obras de autores latinos acerca de la sulfurosa mujer del emperador romano. La Félix representa para Stella Maris un corte transversal, sobre todo en las películas de referencia; lo mismo ocurre con Sara Montiel que le sirve de plano secuencia a Enrique Rodríguez Mirabal, el escritor de Stella Maris, una especie de Svengali, carácter creado por George Du Maurier en la novela del mismo título, para perpetrar los mohínes étnicos, visiblemente extraídos de Ahí viene Martín Corona y El enamorado.

     La vida de Stella Maris debe transcurrir frente al público, inmersa en una incesante labor corporal y gestual, casi ininterrumpida, un trabajo de filigrana como para cubrir todos los vacíos con la suculencia de su personalidad arrolladora; no hay apenas espacio para la causalidad ni para la casualidad o la especulación, ella envuelve el ambiente  con su exactitud (un engaño) matemática, y es que su método se ha convertido por arte de magia en divinidad. Su musicalidad es una cálida evocación de lo que México, España, Francia, Estados Unidos, un dejo de Alemania y, por supuesto, la Rusia soviética, le dejaron marcado en un sendero una especie de gozos y de sombras.

     A Stella Maris el peso de la lingüística no la detiene, se abre paso con su belleza y su exaltado poder de la conversación. Así, ella dejó la piel de la “starlet” y se transforma en una loba de la escena neoyorquina, se torna en contestataria y viaja a la tierra en donde no hace tanto, reinaron los zares. Mucho más “leftist” que Rosaura Revueltas, busca en la sal de la tierra bolchevique un sentido claro de su existencia y sólo encuentra los pasillos eternos y las habitaciones cerradas de un sanatorio para enfermos mentales. Es decir, el laberinto de la locura.

     La imagen de Stella Maris conocida por todos,  se desdibuja hasta el grado de desaparecer frente a los espectadores de este espectáculo teatral, aun no montado en los escenarios; su imagen artística se evapora y fluye hacia un lugar del espacio, sostenido en forma extravagante por sus caminatas en peldaños que ni vienen de ninguna parte, ni van hacia ningún lado, tal y como se ven en las armoniosas escalas ideadas por el artista holandés Escher.