Josefina, sin brújula
Humberto Musacchio
Mal le ha ido a Josefina Vázquez Mota en campaña y precampaña. Los dislates se acumulan y los errores de ella y de su equipo se han convertido en una pesada carga, al extremo de que se especula ya con sustituirla, como si el problema fuera la candidata y no el desbarajuste en que viven tanto su partido como el gobierno federal, que es a fin de cuentas el que controla a los azules.
Josefina ha cometido varios pecados políticos y por lo menos en dos ocasiones ha mostrado que no está en su mejor forma física. Caro le ha costado emplear con ligereza expresiones ofensivas para la Ibero, la universidad en la que estudió, el haber tildado a la UNAM de “monstruo” o su involuntaria invitación “a fortalecer el lavado de dinero”.
A lo anterior hay que agregar el desastroso acto del estadio Azul, donde pusieron a la candidata a hablar cuando se había iniciado la desbandada y el coso presentaba un vacío desolador que mostraron la televisión y los diarios del día siguiente. Para colmo, algún genio de su equipo de campaña metió a la candidata en una fonda de Tres Marías, justamente el jueves de Semana Santa, cuando la gente huye de la rutina y de la política. El rechazo de la gente hacia la abanderada panista fue evidente y ahí la campaña tocó fondo.
Los focos rojos se encendieron en los cuarteles panistas y al equipo de la candidata arribaron siete individuos, los que fueron presentados como los salvadores de la campaña. Los siete magníficos son Miguel Székely, eficiente colaborador de Josefina cuando ésta era secretaria de Estado, pero sin experiencia político partidaria; Ernesto Cordero, que debe estar feliz de aparecer como mera comparsa de quien le ganó la candidatura; Juan Manuel Oliva, el yunquista que desgobernó Guanajuato; Max Cortázar, uno de los responsables de la pésima imagen de Felipe Calderón; Juan Ignacio Zavala, que tiene el altísimo y único mérito de ser cuñado del ocupante de Los Pinos; el inepto Germán Martínez, quien debe una explicación por los 49 niños de Hermosillo, víctimas inocentes del burocratismo panista que priva en el Seguro Social; y ¡Gustavo Madero!, presidente del PAN que por lo visto y actuado no estaba incorporado a la campaña electoral.
Quien haya nombrado a ese septeto hace evocar a los entrenadores de futbol, que cuando van perdiendo sólo se les ocurre amontonar gente adelante, aunque desordenen más a su equipo. Porque es el caso: muchos sargentos habilitados como generales no son promesa de triunfo, sino garantía de fracaso.
