No hubo deterioro

Manuel Espino

En la opinión publicada, aunque no en la opinión pública, permanece irresuelto el debate alrededor de la relación entre las religiones y el Estado.

Como recién demostró la visita del papa Benedicto XIV, es sumamente fácil que en nuestros periódicos, en nuestras redes sociales y entre nuestros políticos estalle una confrontación estéril y altamente virulenta en un tema ya superado en naciones con una cultura cívica firmemente consolidada: la libertad de culto y el Estado laico.

Me pareció preocupante que entre quienes se oponían y quienes apoyaban la visita del Papa se pasara airadamente del cuestionamiento al insulto y de la crítica a la descalificación, con una actitud de profunda intolerancia hacia las libertades cívicas y al elemental derecho humano a profesar o no creencias espirituales.

A pesar de la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos y de que ya desde el 4 de diciembre de 1860 se promulgó la ley sobre libertad de cultos, los siglos pasan y subsisten los prejuicios, prácticamente con los mismos argumentos.

Evidentemente existe un substrato ideológico, que no religioso, en muchos ataques contra la libertad de culto. Desde que en 1844 Marx acuñara su máxima de que “la religión es el opio del pueblo” no se ha dejado de hacer eco a esta absurda aseveración.

No obstante, incluso muchos de los herederos de Marx se han apartado de esta visión y han reconocido el aporte de las ideas religiosas al bienestar humano y social; algunos incluso han llegado al extremo de utilizar las enseñanzas de Jesucristo con un enfoque subversivo, como en la llamada Teología de la Liberación.

Ya en la etapa de madurez ciudadana que México tendría que haber alcanzado, sería necesario comenzar a vivir uno de los más básicos valores de la convivencia democrática: la tolerancia.

 

El camino del respeto

Una vez pasada la visita del Papa y calmados los ánimos, habría que hacer un análisis objetivo de la misma, con lo cual encontraremos que no se causó el menor deterioro al Estado mexicano.

Muy por el contrario, alrededor de Benedicto XVI se encontraron de buen ánimo grandes sectores de la población, todos nuestros candidatos presidenciales y la sociedad en general, conviviendo cordialmente a pesar de diferencias ideológicas y partidistas. Ante la amenaza de polarización que conlleva el proceso electoral, esta muestra pública de armonía no debe considerarse poca cosa.

Reconocer este hecho innegable podría llevarnos a admitir que la vida religiosa de las personas en nada daña nuestra nación, todo lo contrario. En un país tan vasto, y con tan profundas diferencias culturales como el nuestro, los ritos religiosos constituyen uno de los más grandes espacios en común para todos los mexicanos, a través de los cuales nos encontramos no políticamente, pero sí socialmente, lo cual en última instancia fortalece la unidad nacional.

Porque un genuino Estado laico lleva en su esencia el respeto de quienes creen, no su condena o discriminación. Bien dijeron Bobbio y Matteucci que “el laicismo no es tanto una ideología cuanto un método”, es decir, un camino a través del cual avanzar juntos como nación.

Seguramente con una visión más tolerante, más lenta para condenar y más rápida para comprender, los mexicanos podremos evitar que sucedan desencuentros como el de las anteriores semanas, dándonos la mano en un común acuerdo que expanda nuestras libertades.

 

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