Ricardo Muñoz Munguía
Los valores no son cuestión de soslayo. Y no se trata de un aspecto inmoral o amoral, es una reflexión a fondo sobre la grave crisis en donde cabemos todos.
Morris Berman, historiador y crítico social, descubre a una sociedad dominada por lo inmediato, sin el mínimo reparo de lo que se está creando. Principalmente retrata a los estadounidenses bajo una óptica aguda, que caracteriza al autor de El crepúsculo de la cultura americana, sobre sus formas que se enfrascan en lo meramente personal, en una individualidad que amenaza no el futuro sino el presente inmediato. “No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que la sociedad norteamericana funciona por competencia y no por cooperación. No ayudar a los demás es una cuestión sistemática en Estados Unidos; de manera literal, forma parte del tejido social de la vida norteamericana, si no es que de nuestro adn”. Por otro lado, el ensayista cree en México, a pesar de todo, por eso ha venido a vivir a Guanajuato: “Con ello no quiero decir que México esté exento de tener serios problemas sociales y políticos; no soy ningún soñador romántico en ese sentido. Pero México posee un gran corazón que late con vigor, y una gentileza que forma parte del aire que los mexicanos respiran”.
Sin embargo, por poner un ejemplo de la saña natural que embriaga nuestra población mexicana, dio muestra de una enfermedad que nos devalúa constantemente: hace unos días mi sobrino Óscar, estudiante de Economía, que viajaba en el camión que se dirigía a Michoacán con otros estudiantes de la unam, en el que desgraciadamente perdieran la vida seis personas, vivió en primer lugar la fatalidad de la pérdida de dos amigas cercanas (Daniela y Fernanda) y la de otros compañeros y, también, las heridas graves a otros tantos pero lo que le inyecta amargura a su tristeza —a reserva de unas cuantas personas— es que la gente del lugar, como otros que se estacionaron, se acercaron a meter mano y llevarse las pertenencias de los estudiantes; luego, desde otros vehículos se escuchaban chiflidos y tarareaban el “lero, lero” burlón y, para cerrar, los cuerpos que se habían cubierto los volvieron a descubrir para que los reporteros tomaran sus fotos.
¿De qué se seguirá nutriendo nuestra sociedad para tomar qué rumbo?
Cuestión de valores ( Sexto piso, 2011) es el asunto crucial para el autor, por ello titula así su volumen, el que está construido con diversas experiencias, buenas y malas, pero que siguen estando en el sótano de lo imperceptible y que parece no tener una propuesta dirigida a la solución. Por ello, Morris Berman cita a Benjamin Barber, quien subraya que “la solución que ofrece consiste en ‘recomponer el ethos cultural’, trasladando nuestros valores de las compras a la vida del espíritu. Necesitamos, dice, un nuevo puesto en el gabinete para las artes y las humanidades, que de alguna forma haga que los norteamericanos piensen en términos de creatividad e imaginación, y no en términos de irreflexivo consumismo”.
La preocupación no es reciente pero avanza a grandes pasos porque, como lo escribió hace más de un siglo el sociólogo Georg Simmel, “si se hace del dinero el centro del sistema de valores, finalmente no se tiene un sistema de valores, porque el dinero no es un valor”.
La percepción futura de Berman sobre la sociedad debiera no espantarnos, sino atender con la voluntad individual que la cuestión de valores, que muy constantemente pertenece a un segundo o tercer término o, de plano, es nulo, se tendría que rebasar pues “para 2050 se espera que el planeta tenga una población de entre diez y once mil millones de personas. La competencia por comida y agua será feroz; en general, los recursos serán escasos. La mayoría de la población probablemente vivirá con menos de dos dólares al día, y surgirán gobiernos de ‘hierro’ para manejar situaciones políticas inestables. Sin embargo, es posible encontrar un extraño rayo de sol en todo esto, conforme nos precipitamos de lleno hacia el mundo retratado en Blade Runner: la mano de cada hombre, mujer y niño sujetará con fuerza un imponente teléfono celular, y frente a cada individuo se encontrará la computadora personal más cool del mundo. Es cierto que quizá sea un proceso de muerte colectiva, pero al menos seremos muy chic”.
Un asunto nada menor que, principalmente, los que ostentan poder deberían mirar, aunque sea de reojo.
