Vicente Francisco Torres
(Tercera y última parte)
Se ha destacado el elogio de las virtudes morales que pregonan las novelas de nuestro autor, pero poco se ha dicho del humor sencillo que lo acompaña:
—“El agua es una buena bebida; pero he notado que las lágrimas de ese tamai caspi sólo sirven para lavar los intestinos. Si tú, Moko, eres realmente una persona decente, debes encontrarnos algún otro árbol que suministre algo más sólido (…) Entonces, querido Moko, busca otro tamai caspi que llore pollos asados, por ejemplo.
—“¡Te vuelves exigente, compadre blanco! —dijo el negro—. ¡Ni aun en África he visto plantas que den pollos asados!”.
Un rasgo de la prosa de Salgari consiste en su adjetivación a menudo grandilocuente, que suele impactar al lector poco avezado:
“Pero cuando oyó hablar del Duque, su rostro, habitualmente dulce y bello, había tomado un aspecto tan salvaje, tan feroz, que daba miedo.
“Sus grandes ojos límpidos habíanse tornado tétricos: cruzó por ellos una llamarada de odio, mientras su frente se fruncía borrascosamente”.
En Honorata de Wan Gud, el grupo de corsarios que, en la novela anterior, habían quedado en la laguna de Tamiahua, llegan al puerto de Veracruz, dando un rodeo por Xalapa ¡Y todo en siete horas!, unas a pie y otras a caballo. Ya se ha dicho que Salgari se informaba para ambientar sus narraciones; de aquí el error de cálculo. Además, los corsarios y su joven protegida, Yara (una indígena que vivía en las selvas del Darién, hasta donde llegó el duque Wan Guld para asesinar a su familia), espían un campamento de indígenas que tienen veinte caballos. En plena colonia (la novela se desarrolla en 1683) era muy difícil, si no imposible, que los aborígenes vivieran libres y fueran poseedores de tantos equinos.
En Veracruz, los bucaneros asaltan el fuerte de San Juan de Ulúa, pero el duque Wan Guld, a quien habían ido a perseguir hasta allí, se les escapa hacia la Florida.
Hacia allá continuará la persecución y la búsqueda de su hija, Honorata, de quien estaba enamorado el Corsario Negro.
Por las dos novelas aquí comentadas podemos inferir que Salgari había leído a Bernal y a Cortés, a Darwin y a Humboldt, y a otros cronistas porque pone énfasis en algunos elementos que llamaron la atención de los europeos: el canibalismo, las iguanas en particular y, en general, animales y plantas referidos por sus nombres científicos. Si observamos la ruta de los bucaneros hacia la Florida quedará claro que leyó con atención Los naufragios, de Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
Exotismo y aventura, elementos que dieron éxito a las novelas de nuestro autor, ya estaban dados. Faltaba el amor, que aparece al final de esta novela, cuando el Corsario Negro encuentra a Honorata, su gran ideal e hija de su más encarnizado enemigo, quien sucumbió en una batalla, en alta mar. Emilio Salgari, hijo de un terrateniente, se suicidó acorralado por la demencia de su esposa y la miseria. ¡En la miseria, este autor que tanto dinero dio a ganar a sus editores, a quienes entregaba una novela cada cuarenta o cincuenta días!
