En el Distrito Federal

Humberto Musacchio

En este país de continuas decepciones, de vez en cuando hay que detenerse a celebrar lo positivo. Los grupos feministas han salido a recordar que hace cinco años, en una decisión histórica, las autoridades del Distrito Federal despenalizaron el aborto.

Lo primero que cabe destacar es que la medida evitó la pérdida de cientos o miles de vidas, pues se brinda atención médica gratuita y segura a las mujeres que deciden interrumpir el embarazo por razones médicas, económicas, profesionales o de otra índole, las que antes tenían que someterse a legrados y otros tratamientos en condiciones que por clandestinas eran  antihigiénicas y con peligros de todo tipo.

Para Pro Vida y otros grupos que promueven la maternidad obligatoria, cada aborto significa una vida perdida. Pero nadie, ni siquiera el señor Serrano Limón, ha llevado al registro civil o a la pila bautismal un embrión, un cigoto o un feto, sencillamente porque en ese caso no hay persona, no para efectos legales.

El aborto libre, gratuito y —no sobra decirlo—reglamentado que existe en el Distrito Federal, reconoce el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo de manera informada. Se acabó el tiempo en que los hombres, fueran legisladores, gobernantes, policías o jueces, decidían por ellas.

Por supuesto, las fuerzas que todavía defienden el machismo, ahí donde pudieron se levantaron en son de guerra contra el sexo femenino. Las legislaturas de 17 estados de la república endurecieron las penas contra las mujeres que optan por interrumpir el embarazo y, como en Guanajuato, se ha dado el caso de enviar mujeres a la cárcel por tomar esa decisión.

Los enemigos del aborto tienen nombre y apellido. En esos estados donde se persigue como delincuentes a las mujeres que abortan tiene un enorme peso la iglesia católica, pero quienes votaron por la penalización fueron personas, seres de carne y hueso llevados por su fanatismo o por la conveniencia política del momento.

Por supuesto, los legisladores del PAN, tan piadosos ellos, han decidido no esperar a que la justicia divina condene a las mujeres que abortan y han votado unánimemente por castigarlas aquí en la tierra. La mochería panista ha tenido como su gran aliado al PRI, sí, al PRI que en esa cruzada antifemenina tenía como máxima dirigente a una mujer: a Beatriz Paredes, quien ahora es candidata a gobernar la ciudad de México. Las mujeres de la capital decidirán si le entregan el voto a quien promovió su persecución y hasta su encarcelamiento.