Juan Antonio Rosado
No hay gran literatura que sea infantil, sino más bien una literatura para niños, dirigida, en principio, a ese imprescindible y a menudo olvidado sector social que a la larga se convertirá en los nuevos ciudadanos, dirigentes y profesionistas. Escribí “en principio” porque muchos de los libros concebidos originalmente para niños pueden ser leídos y disfrutados por adultos: esto ocurre —en mi caso, por lo menos— cuando en ese libro hay un trabajo artístico, cuando se trata, en efecto, de una obra de arte. Lo anterior me ha sucedido recientemente con el libro León panza arriba, de Rocío González López, oaxaqueña comprometida no sólo con el sector infantil, sino también con el zapoteca, ya que este bello volumen ha sido publicado en dos lenguas: en español y en zapoteco, con ilustraciones del artista Demián Flores.
Un elemento lúdico y muy original de la edición es que la portada verde, con el texto en español, se mira y se abre en un sentido; si volteamos el libro, aparece la portada rosa, con el texto en zapoteco. La autora ha pensado en el niño oaxaqueño zapoteca, pero sin caer en el lugar común. La historia nada tiene que ver específicamente con la realidad de esa etnia ni con su situación social. Es un cuento-poema que puede leer y disfrutar cualquier lector. Cito el inicio, con la advertencia de que en cada primer renglón se utiliza una tipografía diferente:
Había una vez
un pueblo que vivía en una caja,
una caja escondida en un sombrero,
un sombrero colgado de una pata
de un león que dormía panza arriba.
Este principio atrapa a cualquier lector. De inmediato nos enfrentamos con un muy imaginativo juego de “cajas chinas” o Matrioskas, pero en que los elementos disímiles, a veces antagónicos, se insertan, se entremezclan, se asocian y producen la auténtica desautomatización del lugar común o del habla cotidiana, a pesar de la tradicional frase introductoria (“Había una vez”). Un pueblo dentro de una caja sostenida por un león panza arriba sigue siendo un pueblo, y allí ocurren muchas cosas.
Una estación de trenes bostezaba
como aguinaldo adentro de la caja,
convertidos en casas pasajeras
los vagones del tren fosforecían
vestidos de color y de macetas;
rodeado de gardenias y claveles
vivía Juan, curioso y parlanchín,
astuto como un gato callejero.
Es evidente la búsqueda de la autora por desautomatizar el lenguaje y alejarlo en cada verso del lugar común. Aquí ya introduce a Juan y luego a Francisco, “un niño que cantaba como pájaro” porque su voz —nótese la sinestesia— “tenía alas y plumaje,/ crecía hasta llegar al fin del mundo,/ aunque su mundo fuera tan pequeño/ que todo entero cabía en una caja”. Se nos recuerda que el mundo humano es a fin de cuentas pequeño, y también se nos explica por qué ese león que sostiene el mundo duerme panza arriba.
La narración de González López no es sólo emotiva: estimula la imaginación, despliega belleza y educa en los valores, particularmente en la amistad.
Rocío González López, León panza arriba. Edición bilingüe. Dibujos de Demián Flores. Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca / Fondo Editorial Identidades, México, 100 pp.
