Vicente Francisco Torres
(Primera de dos partes)

Cuando Emilio Salgari emprende la redacción de Mis memorias ya no está en condiciones de desear cosas. Está cansado de la labor realizada y de las luchas. Las emprende como una necesidad, como un deber. Desea que sus hijos y sus lectores obtengan enseñanzas de su voluntad de batallar, de sus ansias de aventuras y de gloria. Serán “el coronamiento de toda mi obra: la síntesis, el epílogo”.

Emprende esta especie de testamento moral con plena conciencia de que los grandes autores de libros de aventuras han sido sedentarios, como Jules Verne. Él en cambio, sostiene: “yo he sacado siempre, más que de las bibliotecas, de mi experiencia personal la sustancia de mis libros”. Y viene una confesión que, parece, se aproxima mucho a la realidad: “Fue la necesidad de desprenderme, por así decirlo, del frenesí de aventuras que todavía me poseía, lo que guió mi pluma: y así encontré, en el desarrollo novelesco de sucesos que verdaderamente me sucedieron, una compensación a mi forzosa inmovilidad. No pudiendo ya correr por mares y continentes, lancé sobre el globo terráqueo a mis héroes y a mis heroínas; y escribí, escribí, escribí hasta el punto en que el escribir, de remedio liberador se convirtió en una profesión. Peor; en una dolorosa profesión”. Como siempre lleva las cosas al terreno de los valores y la moral, incluso al hablar de sus raíces invoca las virtudes: “en las largas noches de invierno me hablaba de las estupendas hazañas de mi abuelo, de sus viajes, de su entusiasmo por la liberación de los oprimidos”.

Salgari, mal estudiante en las aulas, guardó vivo recuerdo de un anciano profesor que le señaló uno de los rasgos notables de su persona. Le dijo que estaba marcado por el donquijotismo, expresión que en su momento no comprendió pero que el tiempo y sus libros ejemplificaron con largueza.

Sus Memorias, entreveradas con episodios de la vida real —como su viaje en el Italia Una, o la manera en que, siendo reportero teatral, conoció a su esposa— se convierten en una novela autobiográfica que bien puede ser un episodio de los Tigres de Mompracem porque, dice Salgari, su segundo gran viaje fue a la India. Aquí su inclinación moral resplandece porque asegura que en Borneo conoce a Sandokan, el Tigre de Malasia, su famoso personaje, que defendía su tierra contra el coloniaje holandés e inglés. Desde este momento insiste en que sus personajes no son imaginarios, sino seres tomados de la realidad.