Claudio R. Delgado

Se están cumpliendo 110 años del natalicio de Don Jaime Torres Bodet (17 de abril de 1902-13 de mayo de 1974), el poeta, el escritor, el humanista y crítico deslumbrante, disciplinado estudioso que nos dejó magníficos textos de crítica literaria; el  político y diplomático, el educador sensible y visionario, el memorista delicioso que legó a la historia de nuestro país un baluarte de entrega y pasión, pero sobre todo de servicio a la nación.

Torres Bodet fue, es un escritor en el que “todo surgió temprano”. En 1918, al contar con tan sólo 16 años de edad, publica su primer libro de versos titulado Fervor, el cual aparece con un prólogo escrito por el ya consagrado autor de La muerte del cisne; su precocidad es deslumbrante pues a los 19 años  desempeña cargos de alta responsabilidad, ya que entre 1921 y 1924, se desenvuelve como Secretario de la Escuela Nacional Preparatoria y como secretario particular del entonces Rector José Vasconcelos.

Del apóstol, Don Jaime, en su magnifico Tiempo de Arena (primer volumen de sus memorias), cita unas líneas de un poema en prosa (“de ímpetu muy genuino” hasta nuestros días) que dice: “Aprovecha la lección del sol. No basta resplandecer. El ser a quien buscas… ha de ser capaz de deslumbrar”. Y Don Jaime, cumplió a cabalidad con lo dicho por Vasconcelos en su poema, durante su vida y su gran labor, no sólo como escritor sino sobre todo, como el gran educador y maestro que fue, que deslumbró y supo dar lecciones altamente significativas.

Torres Bodet, personaje de “asombrosa ubicuidad”, se procuró tiempo para todo. En 1922, como jefe del Departamento de Bibliotecas, impulsó la revista El Libro y el Pueblo, y varios tipos de bibliotecas populares; junto con Bernardo Ortiz de Montellano, fundó y dirigió la revista literaria La Falange (1922-1923); formó parte de la creación (según José Luis Martínez) “de uno de los más hermosos libros mexicanos”, Lecturas clásicas para niños (1925); en 1928 publica su primer libro de crítica literaria, el cual le diera nombre al grupo al que perteneció: Contemporáneos; entre 1928 y 1931 aparece como codirector, precisamente de la revista que le daría nombre a su generación, la cual representaría a uno de los grupos de escritores más importantes y fundamentales para el desarrollo de las letras nacionales, el cual junto con El Ateneo de la Juventud y la Generación de Taller, marcarían el rumbo de la literatura contemporánea del siglo XX mexicano.

Don Jaime debe ser considerado no solamente el poeta o intelectual de espíritu disciplinado y laborioso, sino además, uno de los educadores más destacados de nuestra historia patria, tarea que por cierto, lo eleva al nivel de dos grandes impulsores y verdaderos fundadores y formadores de nuestra educación: el positivista Justo Sierra y el filosofo José Vasconcelos. Son estos tres grandes, los únicos que nuestra historia educativa deberá perpetuar como ejemplo de verdadera vocación pedagógica y que habrá de avergonzarnos ante los calamitosos resultados emprendidos en los últimos 20 años, por nuestro sistema educativo y por los vicios y componendas de un magisterio sin vocación educativa y entregado al interés político y beneficios particulares de sus “lideres” y aduladores.

Considerado junto con su generación un divulgador del arte nuevo dentro de nuestras entonces, rezagadas letras nacionales, Torres Bodet se abrió y decidió (contrario a lo que hicieran sus compañeros de generación) mostrar su poesía, la del aprendizaje, la cual, es animada por su ímpetu de madurez.

Su predilección por las letras francesas, acaso heredada por su madre, y su temperamento reflexivo, culto, imbuido de curiosidad de intelectual, le permitió en sus primeros trabajos literarios demostrar las “huellas de sus lecturas y de sus admiraciones”, mientras iba cincelando con su pluma las partituras de su particular estilo.

Aunque Torres Bodet entró a la literatura por la poesía, desde su primera juventud la prosa sería su compañera y parte de su “espíritu crítico”, y se plantearía como un problema de educación literaria, “el placer de amar la prosa”.

“El prosista para afirmarse, decía Don Jaime, debe acudir a una magia más invisible que la del versificador. Frente  a determinados párrafos de Quevedo o de Cervantes, la malicia misma de un Góngora resulta a veces demasiado ostensible…”.

Dentro de sus primeros relatos se cuenta Margarita de Niebla (1927), la cual, junto con la muy breve Dama de corazones, de Xavier Villaurrutia, son libros (según Rafael Solana) “hijos del mismo momento, de sensibilidades muy parecidas y tal vez de lecturas idénticas”. Resultan estos dos relatos, un magnifico ejemplo de (para mi gusto) rebuscada y tal vez “elegante”  prosa de aquellas primeras décadas del siglo XX mexicano. Es un estilo más bien plagado de ornamentos literarios. Es  tal vez, con Sombras, Nacimiento de Venus, Entrada en materia, Parálisis y Antonio Arnoux, que el escritor se encuentra ya más madurado y con más cuerpo en sus trabajos narrativos.

Y cuando digo “tal vez”, lo señalo así, porque en los extraordinarios ensayos que Torres Bodet escribió sobre Balzac, Tolstoi, Proust, Galdós, Dostoievski y Stendhal muestra grandes dotes de prosista consumado, elegante y sabio conocedor de personajes, novelistas cumbre de la literatura universal que mediante la prosa analiza “científicamente” y demuestra conocimientos variados.

Nuestro país ha tenido grandes poetas que nunca lograron un dominio de la prosa, pongamos por caso a Othón, a Nervo o al mismo González Martínez. Y ha habido otros en cambio, que dominaron de forma admirable tanto el verso como la prosa, tenemos como ejemplo al Duque Job, al gran José Martí, un innovador en la America de habla española. Urbina, López Velarde, a Villaurrutia y Novo, contemporáneos de Torres Bodet, y más recientemente el mismo Rulfo, Rafael Solana, José Emilio Pacheco, en fin, grandes prosistas de acendrada calidad narrativa.

En cuanto al dominio y calidad de la prosa de Don Jaime, podemos decir que ocupa un lugar de primera fila entre los escritores modernos de nuestras letras, y que es sólo comparable a la fina y bien pulida prosa de Martín Luis Guzmán o a la bien labrada narrativa del maestro Altamirano, lo que en cualquiera de los dos casos Don Jaime Torres Bodet no es inferior a ninguno de estos dos grandes escritores.

La obra de Don Jaime abarcó, según Emmanuel Carballo, “casi todos los campos de la literatura”: poesía, prosa narrativa, ensayo, crítica, notas de viaje y de lectura, discursos y memorias. Del último son dignos de destacar Tiempo de Arena y Años contra el tiempo; de sus discursos México y la cultura 1946 y los pronunciados en la UNESCO, cuando fungió como director de dicho organismo internacional.

Sigue siendo el trabajo literario y humanista de Don Jaime Torres Bodet, un ejemplo, un baluarte y una necesidad para un México que hoy, está ávido, de hombres de deslumbrante inteligencia y guía como él, de incondicional y desinteresada entrega en favor de la patria y que desafortunadamente, no se les encuentra por ningún lado, porque simplemente ya no existen.