Triste y decepcionanate

René Avilés Fabila

No deja de llamarme la atención, pues siempre he estado vinculado a la educación y la cultura, que ninguno de los candidatos, tal vez de pasada Gabriel Quadri, se haya preocupado por poner en su agenda el tema cultural. Andrés Manuel López Obrador lo ha mencionado al recurrir a una de sus habituales simplezas: creará la Secretaría de Cultura y allí pondrá a Elena Poniatowska. Una ocurrencia para que las figuras intelectuales vinculadas a él desde hace tiempo se sientan satisfechas y a él le pasen algo de su brillo literario, pictórico o educativo.

El PRI tendría que haberlo incluido, ¿o es que ha olvidado que toda la enorme infraestructura que existe en México es obra de gobernantes salidos de sus filas? Al parecer sí. Si antes el general Lázaro Cárdenas, Adolfo López Mateos, Luis Echeverría, Carlos Salinas o Luis Donaldo Colosio eran amigos de connotados intelectuales y se preocupaban por que dentro de la Cámara de Diputados hubiera algún representante de este gremio, hoy los priistas no aparecen, son refractarios a los temas culturales. El libro de Mario Vargas Llosa, notable por cierto, La civilización del espectáculo, advierte del cambio. Los nuevos tiempos (dicho sea de paso, de neoliberalismo globalizador) han desplazado la alta cultura por el espectáculo. A Marcelo Ebrard, por ejemplo, no se le ocurriría poner una ópera de Wagner en el Zócalo, es preferible traer a las figuras de la cultura popular, son infinitamente más exitosas y atraen popularidad y votos. No dejemos de lado que Marcelo aspira a ser candidato para 2018, cuando haya desistido López Obrador de sus intentos de llegar a Los Pinos.

Del lado de la sociedad, aquéllos que aman la cultura, son una minoría, como siempre lo han sido, pero hubo de minorías a minorías. En la extinta Unión Soviética, la élite que gustaba de la gran música, de las mejores obras literarias, era enorme. Como en Cuba. En México es realmente escasa y tímida ante la avalancha de cultura popular del peor gusto que manejan los políticos, todos ellos novatos o desinteresados en el tema.

El caso mexicano es triste y decepcionante porque se trata de una nación que ha producido, y sigue en ello, cultura de muy alto rango. Tanto en música, como en literatura y artes plásticas, México no pertenece a las naciones atrasadas, al contrario, es una potencia, pero las recientes administraciones han vulgarizado la cultura y puesto en manos ineptas el CONACULTA y el INBA. Ahora la élite se ha restringido. Son unos pocos los beneficiarios de los apoyos oficiales. El Sistema Nacional de Creadores es un fracaso y las quejas sobre la deplorable gestión de Consuelo Sáizar, cuyo apoyo le viene de Elba Esther Gordillo y de la Presidencia de la República, aumentan. Su autoritarismo y estilo majadero, su necesidad de estimular más todavía a las celebridades, hace que el país, en materia de administración cultural, funcione pésimo.

Por fortuna, con el interés de la burocracia o sin él, de los políticos y de los partidos, la alta cultura mexicana sigue avanzando y cosechando éxitos. Falta saber qué ocurrió con la agenda cultural de los políticos mexicanos. ¿Dónde se les extravió en un país cuya gran preocupación era justo ésa?

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